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Se paró delante de la puerta del restaurante y suspiró, había trabajado allí durante los tres últimos años y tenia ganas de ampliar horizontes pero sabía que no iba a ser fácil, Lola, su jefa, no se lo iba a tomar nada bien pero había llegado el momento de echar a volar. Con una inspiración empujó la puerta y entró.

Buenos días Lola, ¿Qué tal todo? la encargada se encontraba tras la barra ordenando unas copas recién sacadas del lavavajillas.
Hola, buenos días. respondió Hoy tenemos faena, han reservado una mesa de veinte comensales y han pedido de primero tu especialidad, así que manos a la obra. Si además lograses una gelatina para el postre como la de aquella vez seria fantástico. Por cierto, ¿Cómo has pasado la noche?
Pues mal, ya lo sabes, la bronca con el tipo ese me dejó mal cuerpo. Yo no valgo para plantar cara, ¿Qué hizo al final? ¿Se marchó?
Puso una hoja de reclamaciones.
¡Vaya! Hacia tiempo que no nos ponían una. no pudo evitar un deje de tristeza.
Si, hacia ya tiempo.
Laura se encaminó hacia los vestuarios para cambiarse de ropa pensando en el hombre, larguirucho y seco como una espiga, que el día anterior les había montado un escándalo porque el pescado, según él, estaba pasado. La verdad, nunca había soportado los enfrentamientos ni las escenas ni los gritos, se manejaba mucho mejor entre sus cacerolas que entre los clientes, y sin embargo ahora le esperaba otro enfrentamiento que la concernía directamente. En fin, valor.
Lola, quería hablar contigo ya de nuevo en la cocina reunió el coraje necesario – voy a marcharme
¿otra vez vacaciones? ¿Cuánto? ¿una semana?
No, me marcho para siempre el sudor comenzó a perlarle la frente quiero hacer otras cosas, moverme por otros espacios
Lola giró lentamente sobre si misma, un cuchillo en una mano y una zanahoria en la otra.
¿Qué? la gelidez de su voz atenazó a Laura en la misma base de su columna vertebral, Sabes que no puedes irte, tus guisos son lo que han hecho de este restaurante lo que es fue apenas un susurro pero que se le clavó en el alma haciendo que un escalofrío recorriese todo su cuerpo
Puedes encontrar a otra persona, enseñarle, puede ser tan buena como yo. Puedo enseñarle yo si quieres, sabes que no tengo problema en eso
Nadie puede aprender como tu. Tienes un don para la cocina, naciste con él
No, Lola, esta vez no. Voy a irme Su voz sonaba tan poco creíble como la publicidad que ensalza un vino barato.
Lola volvió de nuevo a la tarea de cortar la zanahoria en juliana
Sabes que no lo harás, no te dejaré. Puedo mover hilos y no volverás a trabajar en un restaurante de esta ciudad jamás.
Laura reaccionó, de repente odió a su jefa con todo su ser. Supo como se sentían los antiguos esclavos, pendientes de la voluntad de un amo al que poco le importaba el bienestar de las personas que tenia bajo su mando, eso en el caso de que alguna vez las considerasen personas, claro.
Ni se te ocurra amenazarme, Lola, tu puedes mover hilos pero sabes que yo también. Te doy seis meses para encontrar a alguien, enseñarle y que me sustituya. Estoy cansada de todo esto se dio la vuelta para encaminarse a la cámara frigorífica
¿Seis meses? Ni lo sueñes al ver que Laura titubeaba dijo en voz mas alta con media sonrisa en la cara claro que si no te parece bien siempre puedes poner una reclamación
Si el odio pudiese medirse no habría suficientes sistemas de métricos en el mundo para cuantificar el que en ese momento Laura sintió por su jefa
¡Vete a la mierda! – le gritó seis meses, Lola, ni un día mas y girándose definitivamente se dirigió a la cámara
Cómo era posible que la hubiese amenazado de forma tan burda, ahora sí que estaba claro, se iría de allí para siempre, tanto si encontraba a alguien como si no y si el restaurante se iba al carajo no era asunto suyo.
Abrió la puerta y entró en el recinto que se mantenía a una temperatura constante de diez grados bajo cero. Miró los cuerpos suspendidos en ganchos desde el techo, a algunos les faltaban los brazos, a otros las piernas, dedos, orejas, partes de las mejillas o trozos del tronco. Todos la miraban desde la muerte con los ojos blancos, opacos y vidriosos, menos uno que lo hacia desde unas cuencas oculares vacías. Que buena había estado aquella gelatina, Señor, lástima que no abundasen los ojos color ámbar, estaba segura que el toque había sido ese y no otro. Se dirigió a uno de los cuerpos "hoy utilizaré al Sr. Luis," pensó mientras le cortaba un pedazo de pantorrilla "Hay que ver, para lo maleducado y borde que fue a la hora de poner la hoja de reclamaciones, lo melosa y tierna que está siendo su carne. Mañana probaré al larguirucho del pescado a ver que resultado nos da".

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