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Ya hacía un rato que había anochecido. Tras tomarse la cena, la vieja señora Gilbert vagaba por la casa, el frío se le calaba en los huesos pero a ella le daba igual; no podía acostarse, es más no quería acostarse. Sabía que ocurriría de nuevo, como llevaba ocurriendo hacía ya dos noches.

 

Al principio no le dio ninguna importancia, siempre que había tormenta se estropeaba el teléfono, alguna vez se había quedado sin línea durante semanas enteras y no tenía miedo; quizás debido a que su sobrino Paul venía a visitarla cada mañana y el día daba una mirada diferente a las cosas. Pero ahora todo era distinto, ya no tenía miedo: estaba aterrorizada.

Armándose de valor subió al piso de arriba donde la aguardaba su cama y el teléfono. Mientras subía lentamente por las escaleras no pudo evitar recordar como empezó todo?.
Aquel martes por la noche se acostó como hacía siempre: ahuecó los almohadones y reposó la cabeza intentando así conciliar el sueño. Ya estaba medio dormida cuando el teléfono la sobresaltó. Se incorporó en la cama y con su huesuda mano descolgó el auricular y preguntó:

- ¿Diga?

No le respondía nadie, pero se escuchaba un zumbido al otro lado. Mientras aguzaba el oído para escuchar mejor, el viento comenzó a soplar con más fuerza y la lluvia empezó a golpear con furia los cristales de la casa. Volvió a preguntar con más fuerza para ahogar el ruido del exterior:

- ¿Quién es? Por favor hable más alto, las líneas van mal debido a la tormenta.
Esta vez oyó como un lejano y leve susurro le contestaba:
- Señora Gilb? ya pron?. ?.la.

Como no conseguía entender nada, se disculpó y colgó el aparato. No pudo reconocer la voz, pero tenía algo que le resultaba familiar; quizás era Paul que llamaba para asegurase de que se encontraba bien. Y mientras pensaba en esto se quedó dormida. A la mañana siguiente mientras desayunaba le preguntó a su sobrino por la llamada de la noche anterior y tras negar este haberla hecho la sra Gilbert, pensó que se habrían equivocado de número.

El día transcurría lentamente, el cielo plomizo hacía presagiar que una nueva tormenta se cernía sobre la casa y tras despedirse de su sobrino decidió llamar a la operadora para comprobar el funcionamiento de los cables telefónicos.

Soy la Sra. Gilbert ? dijo- creo que mi teléfono no funciona bien Alice; ¿podrías comprobarlo por favor?, anoche recibí una llamada y apenas pude entender lo que me decían.

- Enseguida lo hago Sra. Gilbert, cuelgue y la llamaré enseguida; además me encargaré de localizar la llamada que me dice.

Transcurridos unos minutos el teléfono sonó.

- Sra. Gilbert, su teléfono funciona perfectamente, no tiene que preocuparse de nada. En cuanto a esa llamada, a debido de ser un cruce de líneas, ya que nadie marcó su número de teléfono anoche.
- ¿Estás segura Alice? ?preguntó extrañada la Sra. Gilbert-, juraría que había oído mi nombre.
- Totalmente, ya sabe que cuando hay tormenta estos malditos aparatos se vuelven locos, buenas noches Sra. Gilbert.

Mientras colgaba el auricular seguía pensando que era su nombre el que habían pronunciado, pero se dijo a sí misma que eso no podía ser puesto que la llamada no era para ella. Alejando de un plumazo esos pensamientos de la cabeza decidió acostarse, la tormenta empezaba a descargar su furia sobre el pueblo y no quería enfriarse con la humedad del recibidor.

Apagó las luces del piso bajo y se encaminaba a las escaleras cuando oyó el zumbido del teléfono.

-¿Diga?
- Sra. Gilbert nunca más estará sola ?dijo la voz al otro lado del auricular- yo me encargaré de que tenga usted compañía, debe sentirse muy sola desde mi marcha.
- ¿Quién es? ?preguntó temblorosa la señora Gilbert, creía haber reconocido la voz pero no estaba segura.
- Soy Albert, Sra. -respondió el desconocido- como es posible que no me recuerde.

La Sra. Gilbert colgó aterrorizada el teléfono y se dirigió, lo más rápido posible que sus piernas la dejaban, a su habitación en el piso superior. Se estaba volviendo loca o alguien quería gastarle una broma de mal gusto. No podía ser Albert, al menos el que ella recordaba; su jardinero había muerto hacía casi dos años, y los muertos no llaman por teléfono. Alguien quería asustarla y lo estaba consiguiendo.

Se acostó temblando en su cama y decidió llamar a Alice, para que localizara la llamada.

- Alice, acabo de recibir otra llamada y me gustaría saber de quién era, creo que alguien intenta gastarme una broma pesada ? dijo intentando que su tono de voz sonara lo más natural posible.

Mientras esperaba la llamada de Alice, pensaba en quién sería tan cruel de hacer eso a una pobre anciana; no recordaba haber discutido en su vida con nadie, ni tampoco haber dado su número a ningún desconocido, quizás algún niño?.. La anciana se quedó helada con las manos en el pecho: el teléfono estaba sonando de nuevo. Era Alice, tenía que ser Alice, pero cabía la posibilidad de que fuera la otra persona?. RING RING RING, el sonido la ensordecía. Con un nudo en la garganta descolgó el aparato, y con voz trémula preguntó:

-¿Diga?- Por Dios que sea Alice, mascullaba para sus adentros-.
- Sra. Gilbert parece que es usted la que quiere tomarme el pelo a mí, - la anciana respiró aliviada-, no ha podido usted recibir ninguna llamada esta noche.
- Pero la he recibido, estoy segura de que era para mí ?casi chilló la vieja mujer-, Alice, por favor?
- Lo siento Sra. Pero le repito que es imposible; esta noche las comunicaciones son casi imposibles y el suyo es uno de los pocos teléfonos que funciona, o sea, que siéntase afortunada. Lo lamento pero no hay nada que pueda hacer por usted, debo seguir trabajando.

Al otro lado del auricular oyó ese clic metálico, señal inequívoca de que no había nadie al otro lado y lentamente lo dejó en la horquilla. Cerró los ojos para calmar su agitado corazón, la lluvia la ponía aún más nerviosa si cabe; y sonó de nuevo? No lo podía coger, estaba paralizada, su respiración era tan agitada que pensaba que se iba a morir. Era el otro, estaba segura, querían asustarla, querían que gritara y gritó; gritó hasta que le dolió la garganta, hasta que no le quedaba aire en los pulmones?. Y se dio cuenta de que ya no oía el incesante ring, ring del teléfono. Se sentó en la cama, descolgó el aparato y?.nada. Lo dejó así toda la noche mientras esperaba que los truenos dieran paso a las luces del alba.

Se levantó en cuanto una ínfima claridad dio a entender que la noche había acabado, se sentía más segura sin las sombras nocturnas y faltaban pocas horas para que llegara Paul. Sí Paul sabría que hacer sin lugar a dudas; mientras esperaba su llegada se aseó y preparó un gran desayuno para dos. Cuando llegó su sobrino le relató los sucesos de la noche pasada, éste la tranquilizó y prometió que al caer la tarde llamaría a la operadora para que le aclarase la situación.

Aunque el día no era claro decidieron pasar el día en el jardín y se sintió una tonta por dar importancia a la que seguro era la broma de un chiquillo, tal fue así que decidió despedirse de Paul y llamar ella misma a Alice para que no la tomara por una vieja chiflada.

- Alice, soy la Sra. Gilbert, solo quería disculparme por mi comportamiento anoche, ya sabes: una anciana sola, una noche de tormenta y un cruce de llamadas hace que una deje volar la imaginación.
- No tiene importancia, después de todo es mi trabajo y estuve bastante grosera con usted. Pero le aseguró que ha tenido que ser un cruce; ¿Cómo si no iba a llamar alguien en una noche así desde el cementerio?. Buenas noches y que descanse.

Ahora en la soledad de su casa, mientras subía los peldaños hacia su cuarto, lo vio todo claro: no era una equivocación, ni una broma o un cruce; había oído su nombre porque la llamada era para ella.

Encendió la luz de la mesilla de noche y se recostó entre los cojines y la almohada de su cama y esperó? Cuando sonó el teléfono supo que no serviría de nada ignorarlo, así que optó por descolgarlo:

- ¿Dígame?- gimió la anciana con el corazón desbocado-. Del otro lado le respondió aquella voz vagamente familiar:
- Sra. Gilbert, soy Albert, me temo que no podré utilizar el teléfono nunca más, alguien más podría estar escuchando; lo mejor será que me espere ahí y yo iré a visitarla, no se impaciente: ahora mismo me pongo en camino y ya no estará sola?.

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