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Una noche frenética, alcohol y pastillas en abundancia y llegar a casa a media mañana es todo lo que se necesita para no dormir espléndidamente. Pese a las cuatro horas de sueño obligado, la habitación aún da vueltas y más vueltas. La sensación de pánico debido al incesante movimiento es insoportable.

El abotargamiento que se prolonga y todos los sentidos están de vacaciones, todos menos el del gusto, que se bate cuerpo a cuerpo con un repugnante sabor a vómitos que ni siquiera el agua es capaz de doblegar.

Parece que otro de los sentidos regresa de su viaje a ninguna parte, en este caso es el oído. Un grito salido de una voz femenina lo trae de vuelta a casa. Automáticamente el cerebro da la señal de alarma y el cuerpo que aguanta la resaca presta su atención a lo que sus oídos están oyendo.

Bien, solo ha sido una falsa alarma, nada que no había escuchado antes, un vecino violento y su mujer sumisa, continuemos con los resultados de la excitante noche. Pero antes de volver a intentar que las cuatro paredes de la estancia dejen de dar vueltas, el oído vuelve a llamar a la puerta. Esta vez es un llanto seguido de una amenaza de muerte en toda regla. Un ruego a Dios y el que amenaza está ahora callado, pero su hiriente voz vuelve con más fuerza y una sorpresa. La contraria voz suplicante pide auxilio, preguntando al exaltado qué se dispone a cortar con esa hacha.

El de la resaca acciona todos sus músculos. Tiene tres misiones; vestirse, que el cuarto pare de una vez y evitar caerse de esta especie de tiovivo.

Cuando aún se está abrochando los pantalones, la mujer exclama un NO desesperado. Los gritos cesan para dar paso a un sonido seco, casi inaudible y un quejido quedó, una especie de ié que corta su respiración.

El escalofriante festival de ruidos prosigue. Las voces son ahora de él???ya no volverás a joderme más???.es lo que escupe por la boca. El siguiente sonido es el más horroroso de todos. La mezcla creada en un solo golpe del hacha, rebanando la cabeza y pegando el filo contra el suelo, que hace de freno de tan pavorosa arma homicida. Es lo más espeluznante que el mareado ha escuchado jamás. El mango del hacha cae también contra el suelo y el cierre de tan sórdido concierto es el portazo de la casa.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras y ni tan siquiera la imagen del reciente asesino, que mientras abre la puerta de su coche cruza su mirada con la del testigo auditivo, que a su misma vez lo observa desde la ventana, ni eso es tan terrorífico como lo que sus oídos han sido capaces de oír; ?? pobre mujer??, es lo único que pronuncia.

Las preguntas de la policía no llegan en el mejor de los momentos. La certeza de que esa vecina, con la que apenas cruzaba un pertinente saludo, es el cadáver que introducen en el coche fúnebre se adueña de todos los sentidos, incluidos los únicos testigos del crimen, sus oídos. Cerrando los ojos fuertemente vuelve a solicitar ayuda?. ??que alguien pare esta calle???

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