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Un día más, otro día inmerso en el frío, otro día en la soledad de este pueblo. Así pasaban los días y estos eran mis pensamientos. Mis padres acaban de tomar la decisión de venir a vivir a este pueblo, un pueblo perdido en mitad de la sierra con apenas 15 habitantes en invierno.

Yo no quería venir y se lo reprochaba continuamente; ¿Qué se nos a perdido en este pueblo?" y ellos me contestaban:"hijo, el trabajo que tengo ahora es un pueblo muy cercano, y aquí vamos a estar muy tranquilos y cerca del campo" así que no me quedaba mas remedio que tener resignación.

Era navidades, así que en estos momentos tenía vacaciones en el colegio y por suerte en el pueblo había un niño más o menos de mi edad, el único niño que por esos lares había, así que pronto nos hicimos amigos. Su nombre era Andrés, era muy simpático pero en su mirada había algo, no era una mirada ni más rara ni más especial que la del resto de la gente, pero no se porque a mi esa mirada me producía pena. Así pasaron las tan ansiadas vacaciones de navidad: mi amigo y yo en un pueblo cubierto por un manto blanco, sin nada más interesante que hacer que intentar hacer el muñeco de nieve más grande que pudiéramos. Mi madre a menudo salía a la puerta de casa y nos decía: "chicos ¿queréis un vaso de leche calentita?" nosotros la mirábamos y entrábamos corriendo en casa, nos acomodábamos enfrente de la chimenea y nos bebíamos pausadamente nuestros humeantes vasos de leche, no teníamos prisa, al fin y al cabo no había otra cosa más interesante que hacer.

Cierto día estando mi amigo y yo en casa, mi madre le pregunto a Andrés: "oye Andrés ¿tu donde vives? Es que nunca veo a tus padres. Estaría muy bien conocerles y empezar a hacer amigos en el pueblo" en ese preciso momento la cara de Andrés se transfiguro, la sonrisa que siempre tenia en la boca se transformo en una expresión de seriedad. Andrés contesto: "es que yo no vivo en el pueblo, yo vivo en las afueras, en una casa un poco mas alejada" mi madre siguió insistiendo: "bueno da igual, pues un día de estos me dices donde es y me voy dando un paseo hasta allí" el replico: "mejor más adelante, es que ahora mis padres no se encuentran muy bien, con esto del frío están enfermos, no creo que les apetezca tener visitas" rápidamente tras decir esto y sin dar lugar a que mi madre pudiera volver a preguntar Andrés se excuso y dijo que se tenía que ir a casa.

Pasaron los días y no volvió a salir más el tema, hasta que un día le dije que quería ver donde vivía. El me miro y me dijo "¿de verdad quieres venir?" yo asentí con la cabeza, no muy convencido porque en le fondo soy muy tímido y no sabia si realmente quería conocer a sus padres. Andrés también asintió con la cabeza como dándome su consentimiento y dijo: "pues quedamos mañana para ir a mi casa". Esa noche no se porque no pude dormir, tenia una sensación rara, una sensación de inquietud, no se exactamente como describirla pero lo cierto es que me sentía incomodo.
A la mañana siguiente quede con Andrés.. Empezamos a andar por una camino estrecho cubierto totalmente por la nieve. Transcurrido unos 30 minutos a lo lejos se empieza a divisar una casa muy antigua de dos pisos y en muy mal estado de conservación. Finalmente llegamos hasta los pies de la casa. En ese momento me empezó a recorrer por el cuerpo un escalofrío, desde los pies hasta la cabeza. Andrés se acerco a la puerta de la casa y la abrió. "¿Vas a entrar o no?" me increpo. Rápidamente salí de mi éxtasis y entre en casa. El interior estaba muy poco cuidado: muebles muy antiguos y obsoletos y todo cubierto por una fina capa de polvo, normal, pensé si sus padres están enfermos. En ese momento Andrés grito:"Papa, mama mi amigo ya ha llegado" mire para todos lados pero por ninguno aparecieron los padres de Andrés. Trascurridos unos segundos de incertidumbre todo mi cuerpo se volvió a estremecer, note como alguien me rozaba la cara, Andrés me miro y me dijo "este es mi secreto".
En ese momento no sabia que hacer, me quede petrificado mirando a Andrés y por un movimiento involuntario de mis piernas salí corriendo, corrí y corrí hasta mi casa. Me metí en la cama y me tape hasta la cabeza sin poder creer lo que había pasado.

No volví a saber nada de mi amigo, y nunca hasta ahora había contado a nadie esta historia, pero ahora ya con casi 90 años y solo en mi el pueblo la vuelvo a recordar aunque la memoria me falla, pero siempre tendré a mi lado a mi amigo Andrés que, susurrándome al oído, me recuerda cual era su secreto.

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