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Me llamó David, un muchacho normal al que le gusta viajar. Jamás olvidaré aquel fin de semana en aquel lugar. Nunca debimos meternos donde no nos llaman. La culpa de todo la tiene mi buena amabilidad y sobre todo mi ignorancia. Decidimos mi novia Lourdes y yo hacer un viaje a Cataluña, cosa que desde siempre había deseado.

Barcelona me entusiasmaba desde pequeño ya que había estado allí una vez y quería volver. Había reunido todos mis ahorros para hacer aquel viaje aunque hay cosas que importarían al final más que el dinero. El viaje nos duró varias horas, estábamos muy cansados ya. El día estaba terminando y como no encontrábamos un hotel tuvimos que parar el coche a la orilla de un bosque. Yo estaba muy preocupado porque la gasolina estaba ya en reserva ¿dónde encontraría más combustible? Pero me alivié al ver la hermosa cara de mi novia. Ella siempre me animaba. En ella destacaban sobre todo sus ojos claros, su blanca piel y su pelo teñido de caoba. Era la mujer más preciosa que había visto nunca y de ella me enamoré en cuanto la vi por primera vez en mi instituto.
Con cariño me propuso calmarme y esperar hasta la mañana, y que todo se arreglaría. Nos pusimos a charlar dentro del coche sobre cualquier tema. Uno de ellos era nuestra infancia. Incluso relatamos en voz alta un cuento que yo le tenía mucho aprecio: La Casita de Chocolate. Ese cuento me fascinaba. De pequeño temía que una malvada bruja me secuestrara y me llevara para comerme. Pero en fin, solo eran miedos tontos infantiles. Tras esta conversación nos dormimos en el coche abrazados. Unos sonoros golpes despertaron mis sueños. Los ruidos provenían del cristal del coche trasero en el que pude ver un gato negro que saltaba y me dio un susto terrible. Sin despertar a Lourdes, salí del coche y en plena oscuridad de la noche me dispuse a seguir al gato. El felino se detuvo junto a una extraña figura sentada que apenas se distinguía. La figura se giró y me sonrió amablemente.
El susto que me dio fue de los peores de mi vida. Se trataba de una anciana bastante fea que parecía vivir allí cerca o de algun pueblo cercano. Sus ropas estaban raidas y su pelo alborotado en un extraño moño. Llevaba en su mano un palo y en la otra un hacha ya que parecía estar cortando leña. Al acercarse a mi me dio miedo porque pensaba que iba a golpearme con el hacha, pero en su lugar me habló gentilmente y se dispuso a ofrecerme su ayuda a mí y a mi novia. Yo sabía que no debía fiarme de desconocidos pero al ser una anciana ¿qué peligro puede haber? Fuí a despertar a mi Lourdes, la convencí para acompañar a la anciana a su casa y también recogí los equipajes.
El camino hacia la casa se hizo eterno ¿por qué vivía tan lejos esa anciana? Finalmente llegamos a una gran mansión al parecer bastante cara y parecía ser del siglo XIX. Justo como a mi me gustaban. No me podía creer que semejante edificio perteneciera a una anciana tan pobre. Una vez dentro, la mujer nos ofreció un gran banquete de manjares muy sabrosos. Comimos hasta hartarnos y tras el postre nos ofreció una copa de vino. A mi el alcohol no me gusta así que bebí solo medio trago, mientras que Lourdes se lo bebió entero.
Amablemente la anciana nos invitó a acostarnos en unas grandes camas de una hermosa habitación y mi novia se fué a acostarse. Yo sin embargo me quedé charlando con la mujer ante el calor de la chimenea. La vieja me preguntaba por mi novia y de la suerte que tenía de estar con ella. De esos momentos solo recuerdo frases y palabras sueltas porque la vista se me estaba nublando y comenzaba a marearme y con vértigos. ¿Pero qué me estaba pasando? Tras estos duros instantes lo único que recuerdo es como si me arrastraran por un suelo y unas escaleras. A duras penas conseguí despertarme en un sucio sótano en el que podían verse telarañas y alguna rata. La barriga me dolía muchísimo y tenía problemas para moverme.
La gran puerta de madera estaba cerrada con candados y apenas podía ver nada, salvo una pequeña grieta en la madera por la que se podía observar luz al otro lado. Apoyé el ojo sobre el agujerito y conseguí ver una sucia cocina iluminada en la que destacaba una gran mesa llena de instrumentos cortantes y sangre.
Me tiré al suelo asustadísimo tapándome la boca de terror para no pronunciar gritos. Había visto a través de la grieta de la puerta algo que jamás olvidaría: el cuerpo de Lourdes muerto y desmembrado. La pena y rabia que sentí fue tremenda. Me habían quitado lo que más quería en el mundo ¿cómo podría vivir así? Tenía que sobrevivir a algo así, tenía que hacerlo ¿qué locos propósitos tenía aquella vieja? Tenía que pensar en un plan. Pasaron dos días y la sed y cansancio que tenía eran eternos.
A través de la puerta oía como la maldita vieja comía la carne humana riendo de felicidad. Hasta que de repente escuché sus pasos hasta la habitación donde ella me había encerrado ¿vendría esta vez a por mí?. Me escondí tras la puerta para que al entrar ella no me viera y con todas las fuerzas de mi cuerpo aporreé la puerta con la que se golpeó la cabeza desmayándose. Cerré la puerta con llave dejándo a la vieja asesina encerrada allí. Esta era mi oportunidad para escapar. Evitando mirar el cuerpo destrozado de mi novia me dispuse a salir de la maldita casa y con algo de fuego la incendié. Tras las llamas podían escucharse los gritos de la anciana y pronunciando maldiciones contra mí, pero no me importó nada ya que por fín estaba libre.
No sabía donde estaba y no encontré mi viejo coche pero nada de eso me importó. Conseguí vislumbrar una carretera a lo lejos a la que me dirigí para pedir ayuda a quien me encontrara. Pero ¿debería pedir ayuda a desconocidos? ¿o no?

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