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Anna nunca olvidará las historias que le contaba su abuela sobre los seres que rondaban las casas cuando estas quedaban vacías. Sabía que eran tonterías, pero aún hoy, más de 18 años después le causaban cierta inquietud, por eso no le gustaba entrar en casa de la abuela.

 

La anciana siempre le había dicho que, cuando el último habitante de la familia salía y cerraba la puerta tras de él, los muertos hacían su aparición, vagaban por la casa en busca de un poco de consuelo y los animales de compañía, amedrentados, se quedaban quietos en los rincones. Por supuesto no les gustaba ser molestados y nunca debías entrar en casa sin hacer ruido, ya que ellos al verse sorprendidos, tendrían que acabar contigo. Esta era la razón por la que la abuela de Anna llamaba al timbre aunque sabía que la casa estaba desierta.

Pensaba en esto mientras se dirigía a la casa, siempre le ocurría igual. Sacó las llaves y las introdujo en la cerradura. La mareó el fuerte olor a humedad que tienen las casa que llevan tiempo deshabitadas, mientras abría las contraventanas para que entrara aire fresco, se dijo a sí misma que sólo eran fantasías de vieja, en todos estos años nunca había visto nada extraño y sabía que tampoco lo vería.

Transcurrió la tarde apaciblemente y cuando las sombras se adueñaron del salón, encendió las luces. Se dispuso a preparar algo de cena y leer un buen libro hasta la hora de acostarse. Mientras leía oyó un ruido en la habitación del fondo, se sobresaltó, pero era consciente de que todas las casas viejas tienen ruidos y ella ya no era una chiquilla; atravesó el pasillo hasta la estancia, encendió la luz y no vio nada; era justo lo que esperaba. Sonriendo apagó las luces de la casa y se acostó.

Intentaba dormirse cuando volvió a oír un sonido, estaba vez más claro; se recostó en la cama intranquila y escuchó de nuevo... nada. Cerró los ojos y de repente tuvo la sensación de que no estaba sola en la habitación, su respiración se hizo cada vez más rápida. Fue en ese momento cuando escuchó claramente que alguien había abierto la puerta de la entrada; armándose de valor abrió los ojos y vio a los pies de la cama unos rostros que le resultaban conocidos, eran los retratos de sus familiares, pero estaban ¡¡¡¡ saliendo de los cuadros!!!!, se levantó de un salto y uno de ellos le dijo:

- Ven, tenemos visita.

Como en un sueño Anna se dirigió con "ellos" al pasillo y vio de pie, espantado a un chico de unos 30 años, inmóvil mientras sus parientes se abalanzaban sobre él abriendo sus desencajadas mandíbulas, intentaba gritar pero ya le habían desgarrado la garganta. Anna se unió al grupo y con voz ronca dijo:

- Nunca debiste molestarnos, nosotros no te hemos molestado a ti.

Mientras le arrancaba los ojos al chico, pensaba con tristeza, qué habría sido de ella, si haciendo caso de la advertencia de su abuela , aquella tarde de hace 18 años hubiera llamado al timbre antes de entrar... Quizás ahora no formaría parte de tan macabra reunión, la misma que ella se encontró y de la que sabía, jamás podría escapar.

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