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En esta noche oscura, con la ausencia de la luna y una gran escasez de estrellas, me encuentro solo y perdido en este pueblo solitario y casi muerto. Mi casa, otrora un reducido espacio con una pequeña cocina, una cama empotrada, una mesita, una televisión y un escondido cuarto de aseo, mi casa, digo, esta noche me parece inmensa.

No veo las esquinas, no reconozco las sombras que proyectan las mortecinas luces de la calle sobre los muebles. Me parece otro mundo, otra dimensión, cuya puerta está anclada en el centro de mi cuarto.

Me trasladaron a este pueblo perdido en una costa, muy lejos de mi hogar, para trabajar en una excavación salina. La playa donde se ha instalado la maquinaria es horrorosa; la arena es espesa y pegajosa, se adhiere a la piel como sanguijuelas y cuesta mucho quitarla. El agua tiene un color azul oscuro insondable, haciendo imposible ver su interior, como si quisiera ocultar algo. Además, del mar viene de vez en cuando un horrible hedor que nos provoca violentas arcadas, obligándonos a interrumpir el trabajo varias veces para vomitar. Últimamente ya nos hemos acostumbrado y no hacemos tantas interrupciones.

El mar, que entraña tantos misterios, tan oscuro e impenetrable. El mar, que exige de nosotros un tributo por vivir tan cerca de sus límites, por sustraerle su esencia y quitarle las vidas que alberga en su seno. Deberíamos respetarlo más, porque del mar provenimos, del mar vivimos... y en el mar moriremos.
Nunca antes lo había sentido de esa manera. He trabajado en muchas playas y zonas costeras, pero el mar nunca me había hablado. Estos últimos días no sólo me llama, me necesita, requiere de mí una oración diaria. Lo oigo a todas horas, siento su presencia en las calles, en los bares, en la gente... y dentro de mi cuarto.
¿Y mis pensamientos? Creo que me voy a volver loco. Mi mente no para de pensar, de ver cosas. Son retazos de realidad, piezas de un puzzle dispersas que se presentan ante mí sin avisar, inconscientemente. Pero lo que veo no puede ser real. Nunca pensé que pudiera tener una imaginación tan fértil. Puede deberse a mi nueva afición a la lectura de libros de terror.
Empecé a leer libros de innumerables autores, pero fue uno de ellos el que más llamó mi atención: H.P.Lovecraft. Sus historias sobre seres de lejanos mundos extraterrenos, adorados como dioses por los humanos, me cautivaron: casi podía sentir el poder de los seres primigenios llamándome para que los despertara; Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgahnagl fhtagn. ¡Oh sí! ¡El Gran Cthulhu duerme en la ciudad sumergida de R´Lyeh, en algún lugar del Pacífico, esperando ser despertado por sus seguidores! Esta mitología disparatada me llamaba mucho la atención, pero en ningún momento creí que pudiera ser real. Todo forma parte de la imaginación del escritor.

La realidad nos confunde. Tenemos diferentes puntos de vista, vemos el mundo con muchos ojos. La Humanidad es como una bestia con millones de ojos que socava los cimientos de la Creación, es un parásito que se alimenta de sí mismo, comiéndose su propia carne, hasta que cae al abismo del que no hay retorno. Y, como la realidad es tan subjetiva, me he visto influenciado por Lovecraft hasta el extremo de que este pueblo me parece una imagen perfecta de Innsmouth. En los mitos de Cthulhu, el pueblo de Innsmouth albergaba una secta que pretendía despertar al Gran Dios Primigenio Cthulhu, un monstruo con cuerpo de dragón alado y cabeza de pulpo. Todo historias, todo leyendas oscuras, todo ficción, que se acumula en mi mente y me hace sentirme incómodo cada vez que voy andando por las sombrías calles del pueblo. Presiento que la gente me rehúye, me mira mal, me ataca con la mirada y el pensamiento. He pensado seriamente en dejar de leer esas historias... hasta que encontramos aquello en la playa.
Era una figura pequeña. Estaba enterrada en la arena, a varios metros. La talla parecía antigua, muy antigua, y tenía la forma de una criatura con escamas y cabeza de sapo. La dejamos en la cabina del director de proyecto, Phillippe Jansou, porque mostró un grandísimo interés por la figura e insistió en custodiarla personalmente.
Desde que encontramos la estatuilla han pasado cosas muy raras. Hay un nerviosismo antinatural en el equipo, como si nos tuviéramos que dar prisa por acabar la tarea. Estamos mucho tiempo juntos y hay camaradería, pero la última semana se notaba entre nosotros mucha tensión.
Además, parece que el tiempo se ha vuelto en nuestra contra. Los pocos días soleados que teníamos cuando llegamos se convirtieron en días negros y tristes, con fuertes vientos que provenían de más allá del mar, lluvias torrenciales cuyas gotas caían como púas en nuestras cabezas dificultándonos la visión, incluso subidas de marea muy poco habituales que dejaron varias veces anegadas las zonas del complejo que estaban más cerca de la playa.
Aparte, la poca gente del pueblo que queda aún (en su mayoría viejos marinos y pescadores retirados) me mira con una frialdad estremecedora. Cada vez que regreso a mi casa casi puedo ver dentro de sus cabezas, leer lo que piensan, lo que les gustaría hacer conmigo. Quizás sólo sean imaginaciones mías, producto de la poderosa influencia que ejercen en mí las historias de Cthulhu, pero todo ha cambiado mucho desde que Jansou custodia esa estatuilla.

Puede ser creíble. A fin de cuentas, ¿por qué no iba a ser verdad todo lo que cuenta Lovecraft? ¿Por qué no ha podido haber recibido ese conocimiento inconscientemente de alguna entidad cósmica, tremendamente antigua, que la ha instado a convertir en relatos de ficción unas viejas leyendas de culturas perdidas en las islas del Pacífico? Y R´Lyeh existe, tiene que existir. DEBE existir, porque es donde reside el Gran Poder, el gran maestro que enseñó a nuestros antepasados. No concibo el mundo sin oscuridad, es necesaria para que haya luz. Pero en el fondo del océano no entra la luz porque Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgahnagl fhtagn.

El otro día fui a tomarme una cerveza a la taberna que hay en el puerto. Los parroquianos eran fríos como el resto de la gente con la que me encuentro. Había un hombre muy viejo, diría que tendría por lo menos unos 90 años, que no paraba de mirarme. Estaba cerca de mí en la barra, con las manos metidas en los bolsillos, mirándome descaradamente. Vestía un viejo chubasquero y un sombrero de pescador raído y sucio. Me incomodaba sobremanera, pues había algo en él que no era normal. Parecía una estatua terriblemente real, como si estuviera hecha con carne, pelo y piel humanos, y hubiera jurado que era una estatua si no fuera por sus ojos. Eran de una profundidad absoluta, un abismo insalvable, oscuro y tétrico; en ellos se reflejaban las sombras de mundos lejanos que navegaban a ras del tiempo, mundos terribles con seres terribles y enfermos, tan enfermos que agonizaban durante milenios. Podía oir sus gritos, los sentía en lo más hondo de mi alma y me estremecían hasta lo inimaginable, ¡oh, Dagon! Cuánto dolor, fueron mundos hechos de dolor; por eso vinieron aquí en el principio de los tiempos. Aquel hombre me miraba pero yo no le miraba a él, y entonces me habló: "No puedes quedarte aquí". Lo oí pero no recuerdo que moviera los labios en ningún momento; me habló con su mente. Entonces, aquellos mundos tenebrosos se apagaron para siempre, y el viejo pescador pasó por mi lado y salió a la calle.

No creo que me esté volviendo loco. Simplemente, la gente de aquí es extraña, no les gustan los extranjeros. Ello se mezcla con mi pasión por Lovecraft y sus mitos, que se introducen en el cerebro como gusanos por la nariz, penetrando por todos los rincones de mi cabeza. Muchas veces acabo de leer un relato y siento cómo me posee, cómo me cambia la percepción de la realidad. En mi cuerpo se desatan sensaciones encontradas; se mezclan el puro placer de haber leído una gran historia con la repulsión más intensa, y siento ganas de salir a la calle y correr hasta el mar, y una vez allí subirme al acantilado con las olas rompientes bajo mis pies, calado hasta los huesos por la lluvia oscura que nos regalan los Primeros Antiguos desde los confines del océano, y gritar, gritar a los cuatro vientos y al mundo entero, ¡Cthulhu fhtagn!
Miro al cielo desde donde escribo: bajo la ventana, y sentado en el frío suelo de mi cuarto. Las estrellas ya no brillan como solían hacerlo en mi antiguo hogar, aquí la misma noche las engulle. Intentan brillar con intensidad, luchan para que la oscuridad no les quite la vida, pero pocas lo consiguen. El cielo es negro, negro como los ojos de aquel viejo pescador, como la estatuilla de Jansou; y esta noche parece eterna, escapa al mismo tiempo, se ha salido del camino del devenir y se ha perdido en algún oscuro lugar entre las dimensiones. La noche lo cubre todo, se cuela por mi ventana y se acurruca en un rincón, enfrente de mí. La tengo justo delante, quieta y silenciosa, observándome.

Ayer Jansou me invitó a cenar a su casa. Me pareció extraño que lo hiciera, pues últimamente estaba muy irascible con todo el equipo. La mayor parte del tiempo estaba ausente, pero no ausencia física. Muchas veces parecía encontrarse en trance, con la mirada perdida, escrutando el mar como si estuviera esperando a alguien. Se enfadaba con mucha facilidad y dejaba de supervisarnos durante varios períodos de tiempo, que aprovechaba para volverse hacia el mar y observarlo, silencioso y enigmático. Su misma mirada había cambiado; cuando hablaba con nosotros en realidad no nos miraba, sus ojos estaban más allá. Y varias veces creí ver en esos ojos lo que vi en los del viejo pescador.
Jansou me recibió entre dos estatuas que flanqueaban la entrada. Me comentó que eran Hydra y Dagon, dioses primigenios con cabezas de sapos, que rigen el mundo marino desde hace eones. Me impresionó sobremanera ver esas estatuas negras sabiendo que Lovecraft las citó en su relato "Sombras sobre Innsmouth". El poder de sus miradas pétreas me oprimía de alguna manera, y una sensación de irrealidad se apoderó de mí en ese momento: podría jurar que las estatuas no eran de piedra sino de carne y hueso, veía las escamas de sus cuerpos moverse al compás de una respiración rítmica, y sus ojos me taladraban el cerebro. Daban una sensación de poder inconmensurable, un poder tenebroso que quería ser adorado, necesitado de almas y oraciones para despertar.
Jansou me invitó a entrar en el comedor que estaba al final del pasillo. El pasillo estaba decorado con cuadros grises y fríos, donde aparecían seres horrendos y terribles que salían del mar y se comían a la gente. En otros, esos seres eran venerados con sacrificios humanos. El cuerpo de una joven desnuda era ofrecido a una criatura como la que Jansou dijo que era Dagon, y este ser se la comía rodeado de criaturas más pequeñas parecidas a él: según Jansou, los Shaggoth, sus esclavos. Nunca jamás había visto algo tan obscenamente terrorífico.
El comedor no era distinto. Las sillas, las mesas y la decoración eran inmisericordes con el buen gusto. Desprendían un aura maligna; con sus patas curvadas y deformadas asemejaban gigantescos insectos que tenían madera en vez de piel. Para coronar aquel museo de los horrores, encima de la chimenea colgaba un cuadro con un enorme retrato de Cthulhu, con su cabeza de pulpo y sus tentáculos alargados, siempre vigilante.
Al preguntarle acerca de aquella colección, Jansou dijo que siempre se había sentido atraído por lo oculto y por las culturas ancestrales. Según él, todas aquellas estatuas, cuadros y demás objetos oscuros habían sido adquiridos en sus viajes alrededor del mundo contactando con numerosas tribus: "En todos los rincones del planeta hay comunidades que han heredado conocimientos desde tiempos ancestrales, pasados de generación en generación, de padres a hijos, la mayoría de las veces con el boca a boca. Todas creen tener el secreto del Universo, de la Creación, de todo lo conocido y de lo que está por conocer. Pero sólo una cultura posee ese conocimiento arcano, y esa comunidad ha permanecido en silencio durante mucho tiempo.
"Están protegidos por los dioses a los que rezan, en una isla en medio del Pacífico. Pocos han mantenido contacto con los indígenas puesto que son muy recelosos con sus secretos. No se les puede recriminar por ello, son los únicos custodios verdaderos del Gran Poder, y los únicos que llamarán a los Primeros Antiguos hasta que revienten sus gargantas cuando el día del Despertar llegue.
"Pero yo sí lo conseguí. Mi velero llegó con 11 hombres a aquellas costas, después de haber sobrevivido a una tremenda tempestad que se desató pocas horas antes. Cuando desembarcamos, los indígenas nos apresaron rápidamente, amenazándonos con lincharnos allí mismo, mientras no paraban de entonar extraños cánticos que penetraban en nuestros oídos como si fueran alimañas que nos devoraran los tímpanos. Nos llevaron a su ciudad, construida en el interior de la jungla, donde se alzaban, gigantescas, dos estatuas de piedra a cada lado de la entrada de su Templo. Eran el Padre Dagon y la Madre Hydra, y su visión, mezclada con los cánticos de los chamanes, aterrorizaron a mis hombres tan profundamente que cuatro de ellos se desmayaron, el resto sufrió graves crisis nerviosas y yo... caí en un abismo dentro de mi propia mente.
"Al despertar, me encontré atado a una estaca dentro de un habitáculo inmenso. Los cánticos aumentaron su nivel al chocar contra las paredes y el techo; aquello era sin duda el interior del templo. Mis compañeros estaban atados también, formando un círculo. A nuestro alrededor habían teas encendidas que creaban sombras vivas que se movían por todas partes, trepando sobre nosotros como si quisieran apoderarse de nuestros cuerpos. Intenté mirar más allá de donde estábamos y vi, por encima de las sombras, una inmensa figura que dominaba el centro del templo y a la que varios indígenas loaban y veneraban con una especie de baile caótico y loco. Ese monstruo de piedra osaba posar su mirada ante todo, reclamando la oscuridad como algo suyo y no nuestro, y lo que era peor: reclamaba el planeta entero. El Gran Cthulhu estaba allí presente, más que en ninguna otra representación suya, con sus grandes alas draconianas y su cabeza de pulpo. ¡Oh, y el Templo era una representación de la gloriosa R´lyeh, donde reside y dormita hasta el día del Despertar! ¡Porque Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgahnagl fhtagn!
"Se acercaron tres chamanes hacia nosotros, provistos de máscaras de Shaggoth. Portaban unas picas emponzoñadas de un extraño líquido goteante que, cuando llegaron, empezaron a pincharnos en los costados. Mis compañeros aullaban de dolor conforme el líquido entraba en sus entrañas. Cuando me llegó el turno, el líquido me quemaba con un dolor insoportable, mezclando mis gritos con los de mis compañeros. En unos instantes, aquel veneno comenzó a hacer su efecto. Los chamanes con las máscaras ya no parecían humanos; la piel se les desprendía del cuerpo dejando visibles unas viscosas escamas. La misma máscara ya no parecía máscara sino sus verdaderos rostros, seres antropomorfos con caras de sapo que se acercaban a mis compañeros para desatarlos. Los tres Shaggoth se llevaron a tres hombres hacia la danza maldita y profana, entre intensos gritos de dolor y sufrimiento. Cuando llegaron a un altar que descansaba bajo la figura del dios de piedra, me di cuenta de que no era tal. Cthulhu vivía. Se balanceaba muy despacio entre su cuerpo deforme, pero los tentáculos de su cabeza se movían frenéticamente, ansiando carne y sangre. Los tres hombres fueron depositados ante el altar para darlos en sacrificio, ante la mirada atemporal de la criatura. Vi con horror cómo cogía con sus tentáculos a los hombres y se los echaba a la boca infecta, vi cómo los regurgitaba ante el frenesí de la danza de todos los indígenas locos, y me estremecí pensando en lo que estarían sufriendo esos pobres desgraciados cuando sentían los tentáculos alrededor de su cuerpo, presintiendo el más horroroso final que jamás podrían haber imaginado.
"El terror no tenía nombre allí. Cogieron a otros tres hombres de mi expedición, y luego a tres más. Gritos, súplicas, cánticos desenfrenados, dolor. Mucho dolor. Aquello era el Mundo Oscuro, el Reino Esperado por los Primeros Antiguos, por los conquistadores de nuestro mundo; de alguna forma tomaba conciencia de la necesidad de aquel ritual, del holocausto humano: nosotros debíamos ofrecernos a los verdaderos dioses, a los verdaderos amos del mundo, y R´lyeh tendría que ser la nueva ciudad del nuevo mundo cuando llegara el Despertar. Mi conciencia superó el límite, cruzó la frontera entre los Universos y vi, justo encima de mi cabeza, sobre el techo del Templo, a Nagoob y YogSothoth, observando el sacrificio que aquellos Shaggoth le hacían a su adorado hijo. Eran criaturas aún más pavorosas, indescriptiblemente poderosas, que prestaban la atención justa a este mundo tan insignificante para ellos. Y por encima de los reverenciados padres del Gran Cthulhu, en el principio de los principios, escondido entre la Primera Oscuridad, el Ser Informe, el Terror Sin Rostro, el Caos Reptante, el Mensajero del Horror: Nyarlathotep."
Al nombrar a aquel dios sus ojos se volvieron blancos y su rostro adoptó una caricatura inhumana, como si se riera de la vida y de la luz. Conforme contaba su historia, mis miedos más profundos, mis terrores subconscientes, florecieron en una explosión de emociones. Todo lo que había leído de Lovecraft parecía real, casi más real que la misma existencia, y me produjo una fuerte sensación de abandono, de abandono del alma. Sentía que se me escapaba la razón, que todo era cuestionable, que nada era seguro y todo era probable. Y allí, rodeado de sombras y de palabras arcanas y oscuras, lloré. Lloré de miedo, y mis lágrimas huían de mis ojos mientras que toda mi alma quería huir de mi cuerpo. Jansou no paraba de reírse de mí, de él, del mundo, del Universo, de la Creación. Y entonces, como si un telón se cerrara, sus ojos volvieron a ver y a su rostro regresó la humanidad:
"Debes saber que, después de vislumbrar a Nyarlathotep escondido tras las nieblas de la Creación, desperté en una habitación. Estaba acostado sobre una especie de litera y enfrente de mi me observaba sentado un chamán. Tenía la barba blanca como la nieve y larga hasta el suelo. El rostro, tiznado y arrugado por el sol, poseía una fuerza difícil de describir. Su intensa mirada me quería decir algo; se levantó y, cuando se puso a mi altura, empezó a hablarme en una lengua extraña: las palabras sonaban tremendamente lejanas y antiguas; recordaban algo sobrecogedor y oculto pero verdadero. A pesar de no entenderlas, supe lo que aquel brujo me quería transmitir: Tu gente ha sido sacrificada para glorificar al Gran Cthulhu sobre su pedestal, la sangre recibida bañará su cuerpo y lo mantendrá dormido por un tiempo más hasta la llegada de su Despertar. Tú, extranjero, has sido tocado por el Caos Reptante, lo has buscado y te ha encontrado, por tanto tu vida debe seguir. Te perdonamos porque Él te ha perdonado. A partir de este momento, debes incluir en tus oraciones a los Primeros Antiguos. ¡I´a Dagon! ¡I´a Hydra!
"Los indígenas me devolvieron al mar, después de haberme perdonado la vida, y navegué con mi velero durante varios días hasta alcanzar el continente. Me aprovisionaron de víveres para que no me faltase de nada, y rezaron a sus dioses marinos para que no tocaran mi barco durante la travesía. El hipnótico vaivén de las olas mecía mi velero como si de una cuna se tratase, y con ese susurro de tranquilidad y confianza que me ofrecía el mar, dormí profundamente. No sé cuánto tiempo estuve así, pero al despertar vi que ya estaban remolcándome al puerto de una ciudad isleña, sano y salvo.
"Desde aquel día agradecí a Nyarlathotep la nueva oportunidad que me brindaba. Juré dedicarle todos los días una oscura oración para mayor gloria de su poder, así como para los Primeros Antiguos, que regirán el destino del mundo. Mi vida fue cambiando a medida que pasaban los meses, mi cuerpo experimentaba cada vez mayor deseo de ver el mar, de percibir su olor, de cubrir mi piel de humedad y sal... y mi mente viajaba en éxtasis más allá de la orilla, surcaba las olas atravesándolas sin dañarlas, hasta que llegaba a un lugar concreto cerca de la isla donde el Gran Poder fue a mi encuentro. Allí, mi mente se zambullía hasta lo más profundo, huyendo de la luz de la superficie y encontrando protección en la oscuridad de los abismos. Viajaba hasta donde ya nada se veía, donde residen las bestias marinas, donde la noche es eterna; y luego encontraba una luminosidad verde de otro mundo, un fulgor extraterreno que llenaba el fondo del abismo, a cientos de kilómetros de la superficie. R´lyeh dormía grandiosa el sueño de los siglos, con sus gigantescas columnas, con sus techos milenarios, sus edificios monstruosos, sus estatuas de sal. Cruzaba las calles por donde alguna vez pasaron criaturas tan horrendas que escapaban a la imaginación humana, y por las que alguna vez volverán a pasar después del Despertar. Y, al fin, en el mismo corazón de la ciudad sumergida, mi mente encuentra al todopoderoso Cthulhu, durmiendo desde hace eones, esperando el momento de su Venida."
No creí que me iba a afectar tanto toda esa retahíla de barbaridades, nunca pensé que mis miedos afloraran tan fácilmente ante semejante cuento de aquel lunático peligroso. Porque Jansou era peligroso, estaba totalmente convencido de lo que contaba, y el poder de las palabras que salían de su boca era estremecedor; penetraban en mí como una estampida y se apoderaban de mis emociones. Hacían que mi mente creyera todo aquello, que viera lo que él veía, que necesitara oír la lengua prohibida de los Primigenios... Me atacaban violentamente, con furia, hasta que le grité. Le dije que parara, que no siguiera más, que no podía soportarlo por más tiempo. Pero no me oía; Jansou seguía con su desenfrenada verborrea hasta que sólo hablaba con palabras extrañas, un dialecto espeluznante que se ponía la carne de gallina. Sus ojos, terribles, estaban viendo lo invisible, mientras que su boca nombraba lo innombrable.
Me levanté de la silla aterrorizado, gritándole que callara de una vez, y huí del comedor por el pasillo de los cuadros tenebrosos. Encontré el cuarto de aseo por una puerta lateral, eché el pestillo y me senté en la taza, con las manos cubriéndome la cabeza y los oídos; pero Jansou estaba justo al otro lado sin parar de hablar con aquella jerga endiablada. De nada me servía taparme los oídos, seguía oyendo esa tortura inmisericorde justo dentro de mi cabeza. Parecía que todas las paredes del baño recogían el eco y lo proyectaban con un volumen cien veces mayor. Desesperado, me levanté y comencé a buscar algo que me ayudara, algo que acallara las voces. Fue cuando corrí la cortina de la bañera. Una cascada escarlata inundó mi visión: desperdigados en un sinfín de posturas, descansaban los cuerpos troceados de tres de mis compañeros de trabajo. Los cortes habían sido profundos; las vísceras salían de sus tripas formando un amasijo informe y sanguinolento, las gargantas cortadas, los ojos abiertos con expresión de dolor, las lenguas colgando fuera de las bocas entumecidas y amoratadas... y los torsos. Tres torsos con las cabezas casi decapitadas, colgando hacia atrás, y los miembros desperdigados por toda la bañera como si fueran maniquíes desmembrados. Vomité como nunca lo había hecho, mareado y asqueado. Me quedé tirado en el suelo, sin fuerzas para resistir mucho más... hasta que al final acabé sucumbiendo a un placentero inconsciente.
No recuerdo nada más de aquella noche. No sé quién me trajo hasta mi casa, ni cómo pudieron abrir la puerta y dejarme en mi cama. Sólo yo tengo las únicas llaves para abrir. Hay lagunas enormes en mi memoria. Dudé de que hubiera estado realmente en casa de Jansou, dudé de que hubiera escuchado realmente lo que me contó. Me parecía lógico que todo hubiera sido un sueño, una pesadilla muy real, y todo por culpa del libro que tenía en la cabecera de mi cama. Yo no podía estar volviéndome loco; los locos no tienen conciencia de que lo son y no se cuestionan si podrían serlo. Y sé que, en algún momento desde cuando comencé a leer a Lovecraft, compré ese cuadro de Cthulhu que tengo colgado encima del sillón. Y en algún otro momento, compré esas estatuas de Dagon e Hydra que tapan la puerta que da a la calle, impidiéndome salir. Y todas las reliquias antiguas, objetos oscuros y estatuillas de dioses arcanos que tengo esparcidos por toda la casa, que no parecen de este mundo y que sin duda no son de este mundo, pues en una noche tan negra como ésta no deben brillar como brillan.

No me encuentro muy bien, creo que no he descansado lo suficiente y, sin embargo, parece como si hubiera dormido una semana entera. Los sueños son n'gai, responden a llamadas de n'gha'ghaa que no siempre son respondidas. La verdadera naturaleza del wyegh no vive en nosotros, sino en el ghagan. Jansou no lo sabía, pero yo se lo expliqué. La estatuilla que encontramos en la playa no era para él, sino para mí. Se lo tuve que repetir muchas veces. Ahora recuerdo que sí estuve en su casa anoche, después de todo. Recuerdo cómo cogí la estatuilla y le abrí la cabeza con ella, porque no entendía que yaghgahn w'rly rthgangah. Recuerdo cómo le corté las dos manos ante la mirada de Cthulhu, así como los dos pies. Es en realidad algo y´dyeh n´gui, pero él no lo entendía tampoco. La estatuilla, empapada en sangre, observaba mis actos con mirada aprobadora, y me pedía que siguiera explicando a Jansou la manera de hacer el ftghun´gahn. Con sus gritos no podía escucharme, y le tuve que arrancar la lengua para que callara. Entonces llegó a comprender el wyegh en su máxima expresión cuando le abrí el bajo vientre, desparramando su w´nguihyogh. Aún seguía vivo cuando acabó por comprender el w´rly rthgan una vez que su cerebro pudo salir del cascarón. ¡Cómo tuvo que disfrutar con esa revelación! ¡Cómo pudo conocer al fin que n´ghui fahg w´tryeh yolnafh gahn!
¿W´ogh taghn? ¡Yeighgnah n´guii yogh w´rlyn wthgahn ph´ngui!
Y´eigh gh´nafhg wyegh ghann nwah y´g ty fagh ph´wayegh w´ryaeh g´yahn nafh ghann nef´whaghn ph´nyeh.
¡Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgahnagl fhtagn!
¡Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgahnagl fhtagn!
¡Cthulhu fhtagn! ¡I´a Cuthulhu! ¡I´a! ¡I´a!

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