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Allí estaba, en su cuarto oscuro, tan familiar para él como una segunda piel, rodeado de los innumerables retratos que había ido haciendo a lo largo de su carrera. Ahí se encontraba la chica que conoció en aquel crucero, con su sonrisa de niña y la mirada pícara de una mujer apenas llegada a la madurez.

Le habían fascinado sus tirabuzones negros cayéndole como una cascada por la espalda, la expresión de sus ojos y su risa sonora y franca, aunque sólo se decidió a fotografiarla después de aquella charla en cubierta sobre las estrellas y su formación, sobre su estudio y sus leyendas. Después de eso quiso tenerla en su colección, el encuadre había sido perfecto, con el mar de fondo y una gaviota atravesando una pequeña nube a su derecha.
Un poco más allá estaba el anciano que encontraba todos los días sentado en un banco del parque, con su pelo blanco y su rostro surcado por mil arrugas, testigo cada una de ellas de una batalla ganada a la vida. Cuando empezó a hablar con él apenas le pareció un vejete simpático, pero poco a poco se dio cuenta que era todo un mundo de experiencias vividas condensadas en un cuerpo de poco más de un metro sesenta. Le resultó realmente fascinante. Lo fotografió sentado en su banco, captando la mirada serena que sólo puede dar el haber dejado atrás años vividos entre tempestades y mareas.
También estaban la niña pizpireta y juguetona que le demostró, tras ganarle al ajedrez, un juego complicado para una chiquilla de ocho años, que en el futuro seria una mujer sumamente inteligente. Al lado el jovencito adolescente que apuntaba maneras de genio musical con tan sólo pulsar las cuerdas de una guitarra eléctrica.
Allí estaban decenas de hombres, mujeres y niños que habían sido especiales por una u otra circunstancia. Hombres, mujeres y niños que habían demostrado ser merecedores de pertenecer a su colección. Pensó que deberían haberle estado agradecidos, aunque ahora, visto lo visto...por lo menos él les había pedido permiso.
Mientras los miraba entró ella en el pequeño habitáculo que se había convertido en su segundo hogar, en su verdadero hogar en realidad. Se dirigió a su encuentro, besó sus propios dedos índice y corazón y luego los posó en los labios de él:
Buenos días cielo, todo bien ¿no? Pues a trabajar se ha dicho, y sin esperar respuesta se dio la vuelta y comenzó a verter el líquido revelador en una de las cubetas.
Se la quedó mirando y recordó el día que le dijo que quería fotografiarla, ella se había reído con una risa que recordaba a cascabeles sonando en un día de brisa y le había dicho que no, que salía siempre muy mal en las fotos. Él insistió y le explicó que estaba haciendo una colección de retratos de gente interesante y especial que se cruzaba en su vida:
Me gustaría tenerte en ella, le había dicho.
Su risa volvió a sonar y le pidió que le dejase verla. Debería haber empezado a sospechar entonces, cuando no le preguntó por qué la consideraba especial cuando todo el mundo lo había hecho, pero estaba tan fascinado por ella que ni se le ocurrió. Al ir mirando las fotos las acariciaba con la yema de los dedos y expresaba comentarios del tipo "vaya, vaya" refiriéndose a la chica del crucero, "que interesante" hablando del anciano del banco, "que gracioso" sonriendo ante la niña del ajedrez.... Ni siquiera entonces sospechó nada. Era una mujer que apreciaba la buena fotografía, punto. Cómo se iba a imaginar él....
Una vez en el salón ella había reparado en su cámara que había dejado encima del sofá ya que le gustaba tenerla siempre a mano," ¿puedo verla?" Le había preguntado, retóricamente por supuesto, pues antes que él pudiera contestar ya la tenia en las manos.
Muy buena cámara, si señor, le dijo, me gustaría saber utilizarla. cómo era posible que ni tan siquiera entonces hubiese caído. Había sido realmente tonto.
¿Te preparo una copa y mientras te piensas lo de posar para mi?, le obsesionaba la idea de tenerla en su colección, no podía irse sin haberla fotografiado, sin haber captado el brillo inteligente de sus ojos ni la sonrisa prometedora de sus labios.
¿Sabes por qué no me gusta que me hagan retratos? le pregunto ella destapando el objetivo y mirando a través del visor mientras él se dirigía al mueble bar.
Porque sales mal, eso me has dicho, ¿no? le contestó mientras destapaba la botella de coñac y comenzaba a servirlo en las copas.
No, repuso ella, porque según cuentan cuando te retratan, tu alma queda atrapada en la fotografía.
Un escalofrío recorrió su espalda y entonces cometió su gran error. La miró. Y cuando quiso darse cuenta el flash ya le había deslumbrado, no había logrado cerrar los ojos a tiempo.
Ahora se encontraba allí, entre sus compañeros de pared, entre el anciano, el adolescente, la niña... atrapado para siempre en un rectángulo de papel, viéndola entrar, salir, moverse y hablarle. Viéndola ocupar su lugar haciendo su propia colección, solo que esta vez, y según sus propias palabras, coleccionaba idiotas que se creían más listos que ella.
Encima el encuadre era espantoso.

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