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El mundo entero es incapaz entrar en razón, de hasta donde, le es posible llegar al espíritu o el alma, e inclusive a la mente misma, cuando se obliga y se aferra con sus fuerzas totales a ver concluido un fin. No hay razón científica que pueda expresar ni comprobar como esto puede obtener su naturaleza.

 

No me es posibleprecisar una forma que ante sus ojos sea comprobable. Cuando un espíritu o una mente
rebasan los límites del deseo, aquello llega a trastornarse en algo incierto que
atropella cualquier traba en su paso y rebasa los parámetros del deseo. Empero,
según antiguas creencias de índole oriental, la manipulación del destino propio se
alcanza a través de un despertar a la contemplación del ser mismo dentro de un
cosmos. Así, de esta manera, uno mismo puede visualizarse como una entidad ajena al
cosmos. La energía personal se encuentra entonces en el poder de control del mismo
ser. El mundo es energía, uno mismo es el mundo, uno mismo mismo controla su mundo
de energía.

Los tempos del Rey eran casi inmaculados. Las denigraciones absurdas del poder eran
esclarecidas por su buena voluntad, por sus deseos de compartir en conjunto el
poder, antes unitario, con el pueblo. Su reino no representaba ante sus ojos, una
vid de la cual pudiera extraer el jugo para después enriquecerse con el mejor de los
vinos, si no que, con culto proceder, optaba por dar a sus vasallos el mejor
armamento, disponer hasta saciar, al pueblo de sus necesidades, nunca impuso una
regla represiva , no hubo un solo cortesano ante el cual no hubiera de exponer su
crítica y le hiciera comprender que, el pueblo era el centro de su atención. No hubo
época igual, ni si quiera sus descendientes tuvieron la oportunidad de gozar de tan
amplias virtudes. Desde la gleba, hasta su trono no hubo nunca una queja en su
contra, por el contrario, los cortesanos, trabajaban siempre bajo su custodia
tratando de imitar tan grandes actitudes de honor y justicia, tanto para con Dios,
al igual que para el pueblo, que representaba la piedra angular de la fuerza,
producción en cuanto a la agricultura.

No obstante, semejante belleza, ilusoria hasta cierto punto, no podía dejarse llevar
por la libertad y la gracia del viento. Siempre existirá un punto no menos sublime
y sin embargo horrendo. Lo estético prescinde de una serie de altos ornamentos que
desdeñan una hermosura particular, lo estético salta ante nuestros ojos
acaparándolos, llevándonos en el instante de la contemplación, al sentimiento mismo
de su autor. Lo estético es un sentimiento transformado en arte, a esta
magnificencia grandes críticos podrían llamar estético. No obstante, dicho concepto
podría ser violado brutalmente, cuando en la pieza, en la obra misma, resaltan
caracteres que rozan con mucha habilidad en los territorios de lo obsceno, la
morbidez y por si fuera poco en lo repugnante. Por ejemplo, la negra vacuidad
despedida por un halo de estética puede desenfrenar la terribles olas de
sentimientos eufóricos, y la vista en su preciso momento, puede salir disparada,
virando los ojos, ante la grotesca imagen de lo repugnante, para después buscar, a
toda costa, la huída de tan tremendo momento. Posteriormente la inteligencia se
torna ingenua y en una incauta forma de proceder, aquello se convierte tan solo... en
una muestra de obscenidad y en su defecto, en una manifestación de lo depravado y
cínico.

El Rey Modesto fue siempre un artista al expandir su forma de gobierno, un artista
singular, un líder de preceptos altamente conservadores y por consecuencia, morales.
Nunca incurrió en una falta, nunca violó una regla, debido a esto se expandió la
grandeza y la ortodoxia de su no efímera labor. Como todo Rey, tuvo el sagrado
honor de acaparar el corazón de su muy querida esposa la Reina Akiria. Ella era una
mujer singular, ni una aspereza podía salir de su carácter, era siempre dócil para
con sus súbditos y dados sus dotes genuinos, le dedicaba, día a día, un recorrido a
los límites del reino para tratar directamente con los vasallos y el pueblo entero,
con la finalidad de quebrantar cualquier problema que pudiera suscitarse. El
matrimonio de aquellos reyes era como un retrato único donde el pintor dejaba caer
su pincel dejando en el óleo sus sentires, proyectando en los rostros de los Reyes,
sus más felices momentos o sus más terribles achaques. En cualquiera de ambos casos
había una pequeña puerta llena de moho, raramente apolillada, que en su rechinar, en
su movimiento de apertura, daba paso a una psicótica y malhechora locura sin
precedentes. Dicho cuadro, lleno de perfectas líneas y trazos, no podía evadir tan
fácilmente una mancha, un pequeño desliz, que en el momento de pasar la mirada por
encima de él, se contorsionaba de tal manera que, un horrendo caos de figuras
morbosas y subliminales aparecen en la perspectiva para transfigurase en las
horrendas tinieblas.

Nadie sabía a que Dios se refería tan grandioso Rey en sus oraciones personales,
ni siquiera él lo comprendía, no tenía pleno conocimiento de las creencias de
ascendencia oriental de su esposa, no conocía a cierta ciencia, en que medida podía
afectar aquellas imágenes y símbolos a las cuales rendía culto pagano. No hubo una
sola persona entre los miembros de aquella corte que opusiera su voto ante la
nupcias del Rey modesto y la Reina Akiria, por el contrario su sano juicio de
gobierno, marcaba , para decirlo en forma precisa, la pauta de sus libertades.
Todo iba bien, lo sublime estaba en su rumbo, pero lo grotesco crecía también a la
par, dicha manifestación de los hechos sublimes estaban situados en el mágico
encanto del enamoramiento entre ambos diligentes, el Rey Modesto jamás logró
mirar a otra mujer en la cual encontrara tanta belleza y que pudiera colmarle de
tantas y tantas bienaventuranzas. Como he dicho, lo grotesco también crecía, no
puedo asegurar que se tratara de una decadente maldición que proviniera de tan
sagrados objetos de adoración traídos desde oriente, ni tampoco puedo dar crédito a
una versión, en la cual, los hechos terribles y malditos, fueran causados por el
arrebatamiento que la Reina Akiria, haya hecho ante los ojos cristianos de Dios.
No obstante, su manía y devoción por tales figuras que variaban en formas, como
dragones de miradas extrañas, algunos imponiendo con su sola presencia, entre otras
resaltaba una figura de varias formas geométricas, un círculo que en su vacío
mantenía la presencia de un cuadrado, que a su vez, albergaba dentro su área, la
figura indestructible de un triangulo, nunca nadie pudo descifrar para que o que
servía, pero aquella magnificencia de figuras denotaban a mi juicio, una evolución
del universo, así como un crecimiento constante del plano físico y la realidad,
entonando todo aquello en un sola masa que transportaba la simple imagen, la poca
validez del alma, en la conjugación de un ser que se comportaba autónomo de toda
ley, debido a que el orden , tal vez, le daba a aquellas figuras un sentido de
poder único, algo que un ser humano docto puede comprender a simple vista, y sin
embargo, una cualidad que pocos seres tienen la oportunidad de dominar: el rumbo y
dirección del desplazamiento de la propia existencia en el cosmos. Tal vez, hasta
ese momento, nadie había tenido esa facultad.

Los años del Rey Modesto parecían una magia traída desde el mismo oriente, rectitud,
honor, moral..., y por si fuera poco, la compañía de la mujer a quien con tanto
ardid, casi idolatraba. Sin embargo, en ciertas ocasiones no es la realidad la que
se vive; si aquellas tonalidades de fructificación parecían mágicas, increíbles , no
por mucho, tarde o temprano volcarían sus suculentas imágenes, en horripilantes y
descabellados atavíos que nunca se borrarían de la memoria, volviendo aquel cuadro
de esteticismo de tal manera que, la que la ligera mancha en el lienzo, que al
igual que una puerta no tardaría en ser presenciada para empujarse, arrojando, desde
la oscuridad del umbral, una serie de amorfas sombras subliminales que destrozarían
aquel cálido reino, arrumbando y destruyendo a diestra y siniestra esa realidad en
un minúsculos trozos de papel, que salen volando por el viento a raíz de unas
filosas cuchillas de tijera, que en su brusco movimiento, destrozan la magia,
arrinconado por fin sun ilusión en los límites monstruosos de la fantasía, ya que
eso era , de eso se trataba aquello... y en eso se convirtió.

Durante años, el amor del Rey Modesto nunca sucumbió, por su parte la hermosa Reina
Akiria compartía el mismo sentimiento, amor y gloria parecían resplandecer
invencibles en sus corazones.

Una noche en el aposento del descanso, el Rey Modesto fue obligado a hacer un
juramento, la Reina Akira, tomo aquél hermético símbolo rodeado por el negro dragón.
Esa noche la Reina le prometía un heredero. No obstante, no fue sólo la Reina quien
solicitó escuchar aquel juramento, sino que el rey Modesto puso aquel símbolo
frente a sus rostros y en medio de un viento frío ambas almas, solitarias en aquel
aposento, juraron frente a frente, que "Nunca, por ningún motivo, habría un solo
impedimento que logrará separarlos", y que, inclusive "la muerte"—si osaba a
interferir— no tendría la facultad, ni mandato para detener tan siniestra y poderosa
promesa de romanticismo mutuo. Ante aquel ritual pagano, las almas celebraron
fumando una hierba extraída de oriente, la delicia del opio.

Por fortuna, aquel heredero empezó a gestarse, empero, es bien sabido que tanta
prosperidad engendra envidias, nadie tuvo la oportunidad de observar como se
suscitaron las cosas, no hubo un alma que pudiera mirar para señalar al culpable de
tan horroroso y despiadado crimen. El imperio del Rey Modesto tenía una gran
cantidad de enemigos, muchos de ellos, impotentes, sin guerreros ni armamento
suficiente para intentar derrocarle.

Sin embargo, había un recio contrincante que aspiraba a su corona, su hermano, el
Príncipe Clarimides, un malvado impostor influenciado por maldad cainita. Cierto
día entró en el reino, aparentando alegría y devoción por el reino de su hermano,
sin embargo, entraría como un asesino despiadado ayudándose de la oscuridad de esa
misma noche. Y entonces, poco a poco el reino... empezó a venirse abajo.

A la mañana siguiente, el Rey Modesto despertó con una emoción, con una locura que
carcomía, su corazón temblaba, mientras en el aposento, la Reina no descansaba como
de costumbre, no amanecía aun del todo, el Rey se levantó de la cama, con el corazón
marchito, con una tristeza imberbe, en una abadía vacía, que nadie, salvo él,
gustaba frecuentar, vio como quien ve al demonio, la imagen más terrible que un ser
humano pueda mirar en la tierra. La Reina Akira, con los ojos inertes, con el cuerpo
lleno de sangre, yacía en las manos de la muerte, su abdomen estaba abierto,
desangrándose aun, con sus manos atadas en un tablón del techo. La horrenda escena
lo volvió loco, la Reina Akira había sido cercenada, sus senos habían sido
extirpados y en una obertura, de por lo menos cincuenta centímetros, se observaba
la ausencia de sus vísceras y el espectral olor de sangre infestaba la abadía casi
oscura y los primeros rayos del sol caían sobre un mazo y sobre los restos
brutalmente machacados de la criatura que gestaba en su vientre.

Nunca se vivió más terror y locura, nunca hubo matanza tal, un deseo de venganza
ante la acción de su hermano, marcó la lucha más sanguinaria de todos los tiempos,
miles de cuerpos yacían muertos y despedazados por doquier, aquel fantasmagórico
suceso hundió los límites del imperio en sangre, quienes miraron a aquella furia
desplayada, aseguran que la horrenda figura de un dragón se dibujó en la infernal y
terrible carrera de polvo que dibujaron los iracundos guerreros en su avanzar, luego
el imperio se hundió en el terror. El Príncipe Clarímides fue llevado al reino, se
le mantuvo con vida, a raíz de ciertas hierbas que le evitaban el dolor y daban
la oportunidad de que un verdugo subiera, en presencia del Rey Modesto, hasta el
punto culminante de la torre de homenaje, donde aislada de la fortaleza fue
dispuesta como picota y cuarto de tortura, hasta que finalmente, después de ser
cercenado día tras día en lapso de ciento ochenta y ocho horas, las partes restantes
de su cuerpo fueron atadas a un madero y expuestas a la contemplación de los
habitantes restantes, para que miraran la horrible calumnia que acababa de profanar
la gracia desvanecida del imperio. Desde entonces el hambre y la locura dieron
raíces por doquier. El pueblo se hundió en la triste miseria y el rostro, antes
alegre, del Rey Modesto se desquebrajó en el rostro de un muerto, las ojeras
horrendas marcaban sus ojos verdes en el desquiciado odio que amedrentaba su alma,
invitando a su espíritu a ser poseído por las descabellada locura. Sus vasallos
fueron muriendo poco a poco y el terrible e incontrolable ser que llevaba dentro
aquel gran Rey de antaño, prohibió la salida de cualquier cortesano, procurándoles
de antemano la mala suerte, mientras esperaba que una desdicha mayor llegara y
destruyera de la faz del mundo la imagen y recuerdo de aquél gran imperio.

El Rey Modesto enloqueció, se le oía hablar a solas en su ir y venir por los adarves
y luego maldecir mientras situaba su cuerpo sobre una almena, así fue por meses,
incluso en su aposento se le escuchaba hablar de formas grotescas, casi guturales,
algunos creían que el demonio mismo había venido derribar su imperio y quieres
practicaban actos de brujería decían que el Rey no tendría jamás cura y que, ni
siquiera Dios, voltearía la mirada para salvarle. Una noche de invierno, cuando a
los oídos del Rey Ricardo llegaron aquellas narraciones espectrales de lo
acontecimientos, decidió visitar el Castillo del Rey Modesto. A fuerza de engaños,
debido a su visita, y con ayuda de los vigilantes, logró hacer que se bajara el
puente levadizo, para de esta manera introducirse en el Reino. El Rey escuchó todo
de boca de los sirvientes, según sus palabras, el Rey divagaba en las noches, se
decía además que en sus ataques de locura a veces se enfrascaba en fuertes
diálogos consigo mismo y que en otras ocasiones se escuchaba otra voz que les
parecía familiar, no obstante era una voz que gracias al espesor de la puerta, no se
podía identificar del todo, y además de esto, que había una mala aura situada en el
aposento del Rey, donde un dragón descansaba tallado en bajorrelieve en la
arquitectura gótica del umbral, aquella presencia les impide acercarse, ya que
aseguraban que había algo en él, una fuerza mayor que custodiaba la entrada, y que,
debido a esto nadie se atrevía a llegar a la puerta para escuchar de quien era aquella
voz. Empero, para los incrédulos e inconformes con las acciones del Rey Modesto, se
trataba de un caso de locura o una maldición de Dios en venganza ante su traición a
la fe cristiana.

El Rey Ricardo intentó entrar, con altas palabras de fe, invitó al Rey Modesto a
abandonar esa misantropía, a recuperar el reino y así mismo recuperarse de aquel
destino que Dios le tenía reservado para él, en todo su momento sus palabras fueron
precisas, inspiradoras, llenas de un exquisito y creíble argumento litúrgico y
teológico. No obstante no funcionó, el parentesco del Rey Ricardo, tío, para ser
exacto, lo obligaba a tratar de reanimarle, lo intentó por días, meses, hasta que
cierta noche cuando el cielo cuajaba en estrellas y el viento resoplaba con ahínco,
cuando el reloj hubo de rozar la medianoche, justo cuando terminaba sus últimas
notas escuchó un terrible ruido, no había duda, ¡provenía del aposento del Rey!,
salió caminando desesperado, tomó una antorcha, llamó a los vigilantes en las
almenas, algunos otros cortesanos curiosos los siguieron en la búsqueda, ¡aquello
había ido demasiado lejos!, lo sacarían aún en contra de su voluntad.

Al estar frente a la puerta, parecía que aquel endemoniado animal se movía de su
sitio, a unos cuantos pasos nadie se atrevía a entrar, empero aquella puerta estaba
entre abierta y las voces y gemidos se camuflaban, un repugnante olor hediondo
salía, viajando en el aire, desde aposento del Rey, las voces morbosas y jadeos
horripilantes eran casi reconocibles para los sirvientes, en otras una monstruosa
guturalidad las deformaba. Los cortesanos estaban fríos, petrificados al borde de
una huida instantánea, pero anclados al suelo por el peso del miedo en sus piernas.
En aquél afán, enfrente de aquella bestia que custodiaba el cuarto, el Rey Ricardo
no tuvo paciencia, avanzó despacio y sus ojos estaban en los de aquel Dragón, su mano
temblorosa empujó la puerta y aterrorizado ante la prosaica imagen iluminada por la
antorcha se echó para atrás, aquel cuadro del Rey estaba siendo invertido hacia la
perspectiva de la realidad... y todos en este instante de contemplación quisieron
salir huyendo, deseando volverse locos, ya que era preferible perder la razón que
contemplar acto tan descabellado y demoníaco...

Con el alumbrart de la antorcha se iluminaron las imágenes...

El Rey Modesto con asombro miró la intromisión, encontrándose entre las piernas de
un horrendo cuerpo en descomposición. ¡Entre el cuerpo desenterrado de la Reina
Akira¡... En aquel idilio romántico, el cuerpo verdoso y lleno de gusanos afrontaba
las desquiciadas manías de la necrofilia. El cuadro era horrible, el Rey Ricardo
quiso acercarse en el instante y despojarle de aquella locura y pecado. Sin embargo,
la mirada en el rostro de la reina Akiria era insoportable, ahí en la cama casi
descompuesta con una interminable fluir de líquido hediondo y descompuesto, ahí
entre la locura y la enfermedad del Rey, con los ojos rígidos, abiertos y
destellantes, en aquella terrible contemplación... aquella mirada viró lentamente, el
temor en los cortesanos desenfrenó en gritos y súplicas inútiles hacia el suelo y
ante la mirada de los presentes y el Rey Ricardo, aquella masa pestilente de carne
desecha, aquella Reina que controlaba su destino, se levantó como un espectro
demoniaco, con su mirada en la del Rey Modesto, quien le acompañaba en sus
decisiones, la Reina o el demonio de Akiria se dio a una sangrienta matanza y de
ahí...— para evitar hasta el fin que nadie los detuviera, ni aun Dios...— a la
eliminación total de aquél maldito y negro imperio.

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