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Me llamo Thomas Beresford, y quiero relatarles un suceso, del que fui, a mi pesar, parte y protagonista. Un suceso, que escapa a la razón humana. Corría el invierno de mil novecientos noventa y cinco, y yo, acababa de heredar una pequeña cabaña de montaña, propiedad de un viejo tío abuelo mío, por parte de padre, al que tan sólo había visto un par de veces cuando niño, y del cual, no guardaba el más mínimo recuerdo, ni bueno, ni malo.

 

La propiedad en cuestión, se hallaba en un pequeño pueblo, más bien una aldea, klamado: "Big Mount", ubicado en la ladera de una ridícula colina, en cuya cima, se encontraba la casita de mi antepasado.

A decir verdad, los problemas comenzaron nada más bajar de mi coche, y preguntar a uno de los lugareños por la vieja casa de mi tío abuelo.

-¿Se refiere a la cabaña del viejo Beresford? -El hombre, me dedicó una mirada larga, me observó, de arriba abajo, y meneó la cabeza-. Olvídese de ella, vuelva a la ciudad, éste no es un pueblo para la gente de la capital.
-¿Qué quiere decir? -Le pregunté, un tanto mosqueado, por el comentario del aldeano-.
- Mi tío abuelo me ha dejado la cabaña en herencia, y me gustaría saber en qué condiciones se encuentra.
-¡Vuelva a su casa! -De repente, para mi sorpresa, el tipo, se lanzó a correr,
mientras se santiguaba-.
-¡No se acerque a la cabaña del viejo Beresford, si aprecia su vida, amigo!.

Yo, como es lógico, me limité a sonreír, y entré en el que parecía ser el único bar del pueblucho.

-Buenas -me acerqué a la barra, e intenté mostrar mi mejor sonrisa.
-¿Qué desea? -El barman, me dedicó una extraña mirada.
-Una cerveza, por favor.
-No nos gustan los forasteros.
-¿Eh?
-Somos como una gran familia -el hombre, sacó una cerveza de la nevera y, tras abrirla con el abridor, añadió-.
-No nos gustan los extraños. Haga lo que tenga que hacer, y lárguese del pueblo.

Yo, sorprendido y dolido por el comportamiento del dueño del local, tomé le botella de cristal, y me senté en una de las mesas del lugar, la más cercana a la puerta, lejos del resto de los clientes, que me miraban, y murmuraban.

Estaba a punto de marcharme del bar, cuando, un hombre, elegantemente vestido, se acercó a mi mesa, y se sentó. Llevaba un maletín de piel en su mano izquierda.

-¿Es usted Thomas Beresford? -Me tendió su mano derecha.
-Así es -se la estreché, al tiempo que le miraba a los ojos-. ¿Puedo saber con quién hablo?.
El tipo, sin embargo, parecía no haberme escuchado, y se limitó a abrir el maletín encima de la mesa, y a sacar un puñado de papeles.

-Me llamo Robert Bakerson -me tendió uno de los papeles-. Era el Abogado de su tío abuelo.
-Ah -me limité a tomar el folio que me ofrecía, y a leerlo por encima, sin demasiado interés.
-Estoy aquí por deseo expreso de Mr. Beresford -el hombre, seguía hablando-; me pidió, antes de morir, que le acompañase a la vieja cabaña, para atestiguar el buen estado de la misma.
-Si mi tío lo creía conveniente -le devolví el documento-. No voy a ser yo quien le niegue su última voluntad.
Tras unos breves instantes de charla, Bakerson, se ofreció a pagar mi cerveza, y su "Gin Tonic", y salimos del local.
-Gente hostil -me susurró, mientras caminábamos, intentado evitar los charcos formados por las recientes lluvias, hacia mi viejo "Ford" del 65-. El viejo Beresford, no se llevaba muy bien con la gente del lugar.
-La gente de los pueblos, ya se sabe -para mi sorpresa, me vi intentando justificar la hostilidad de los lugareños, mientras daba la vuelta a la llave del contacto.
-En fin -Bakerson, suspiró hondo, y se acomodó en su asiento.

El coche, se puso en marcha, con un leve petardeo y, diez minutos más tarde, nos encontrábamos a la puerta de la cabaña del viejo Beresford.
-Bien -Robert Bakerson, maletín en mano, se apeó del vehículo, y caminó hacia la casita de ladrillo y madera-; hemos llegado.
-No parece estar en mal estado -comenté, más para mí que para mi compañero.
-No, su tío abuelo sabía bastante de albañilería y algo de carpintería. No le resultó difícil conservar la cabaña en buen estado.
De repente, me di cuenta de que, ni tan sólo sabía de qué había muerto mi antepasado, ni la edad qué tenía y, en un leve susurro, se lo pregunté al Abogado.
-Oh, no se preocupe. Murió de viejo -Bakerson me dedicó una sonrisa casi paternal-. No sufrió.
-Ah -me limité a asentir con la cabeza, mientras abría la puerta de la casita.
He de decir, en honor a la verdad, que la cabaña, por dentro, no tenía que envidiar a ninguno de los lujosos apartamentos del centro de Los Ángeles y que, el viejo Beresford, había sabido conservarla a la perfección, sin privarse de ningún lujo. Televisión, aire acondicionado, dos cuartos de baño, una pequeña, pero completa cocina, tres dormitorios, y una acogedora sala de estar, que hacía las veces de comedor, con una pequeña chimenea de ladrillo.

Tan ensimismado me hallaba examinando todas las estancias de la cabaña, que no me di cuenta de que Bakerson, había sacado una libreta, y se dedicaba a tomar notas.

-Son para el testimonio de que el lugar se encuentra en buen estado -me explicó.
-Haga lo que crea conveniente.
-Gracias.

Lo dejé tomando sus notas, y me senté a ver la tele.
-Debería hablar con la compañía eléctrica -me gritó mi compañero desde la cocina-. Mr. Beresford..., poco antes de su muerte, tuvo unas desavenencias con ellos, y le cortaron el suministro de luz.
-Vaya -dejé el mando sobre el brazo del sillón, y me alcé del mismo-, tanto lujo, para nada.
-Su tío abuelo, tenía fama de tacaño -Bakerson salió de la cocina, llevaba en las manos dos bocadillos. Me ofreció uno, al tiempo que me explicaba-. La nevera funciona con gas.
Mientras daba el primer bocado al bocadillo, me pregunté de qué más cosas tendría fama mi antepasado, por qué aquel lugar tenía tan mala fama entre los habitantes de la aldea.
La respuesta, no tardaría en llegar. Aquella misma noche.

Serían alrededor de las nueve y media de la noche, cuando mi acompañante, se alzó de la silla, y se dirigió a una de las tres alcobas de la cabaña.

-Me voy a dormir, estoy cansado -por suerte para los dos, el viejo, tenía gran cantidad de velas y un par de lámparas de petróleo, así como una docena de latas de combustible para la chimenea, y una buena provisión de troncos, y Bakerson, haciendo uso de una de las velas, pudo llegar a la cama, sin contratiempos-. Buenas noches, amigo Beresford.

Yo, por mi parte, preferí quedarme un rato más despierto, mirando, como hipnotizado, el baile de las llamas en la chimenea. Sin embargo, no habían pasado ni veinte minutos, cuando, mi compañero, se alzo, y salió del dormitorio.

-No sé qué me pasa -me dijo, mientras se rascaba la barbilla-; no logro conciliar el sueño.
-¿Le apetece una partida de póquer? -Le pregunte, recordando que, en el cajón de uno de los muebles de la casa, había visto una vieja baraja.
-Le advierto que sé jugar muy bien.
-¿A cincuenta centavos la apuesta? -Saqué los naipes, y los arrojé sobre la mesa de la sala.
Bakerson, me dedicó una sonrisa.
¡Debí de hacerle caso!
Media hora después, con cerca de ochenta dólares menos en la cartera, y con la moral por suelos, me alcé de la silla, y me disculpé por ser tan mal perdedor. Bakerson, me sonrió comprensivo, y empezó a recoger los naipes. De repente, una súbita bajada de temperatura, nos hizo tiritar y, me di cuenta que, el fuego de la chimenea, se había casi extinguido, y no quedaban troncos para avivarlo.

-Creo que deberíamos ir a por algo más de leña -me dirigí a la puerta de la cabaña, dispuesto a salir, cuando...
-Espere, amigo Beresford -Robert, se levantó de su asiento, y me puso una mano sobre el hombro.
-¿Pasa algo?
-¿Es usted supersticioso?
-¿Qué quiere decir? -Dediqué a mi compañero una intensa mirada.
-¿Cree usted en los fantasmas?
-¿De qué demonios está hablando?
Robert, se limitó a permanecer en silencio.
El frío, en el interior de la casa, se hizo más intenso. Demasiado intenso.
-¡Mire! -La voz de Bakerson, me hizo dar un respingo hacia a tras-. ¡La ventana, mire la ventana!
Lentamente, giré la cabeza, en dirección al lugar donde él me indicaba. Al instante, noté como una extraña sensación de bienestar me embargaba. Afuera, a pesar de que soplaba una fuerte y helada brisa, alguien, caminaba hacia la cabaña de mi tío abuelo Beresford. Era un joven bellísima.

-¿Quién puede ser a estas horas, y con este tiempo? -No podía apartar la mirada de tan encantadora figura. No aparentaba más de veinte años. Era alta y esbelta. De rostro angelical. Con unos ojos oscuros y tristes. Sus negrísimos y largos cabellos, caían, como una hermosa cascada de ébano, sobre sus pálidos y desnudos hombros. Vestía un sencillo traje negro, de terciopelo, y cubría sus manos con guantes de tela. De repente, su bella y triste mirada, se dirigió hacia la cabaña. Hacia la ventana donde me encontraba. Y, la sangre, se me volvió hielo en las venas.

-Es un fantasma -la voz de mi compañero me llegó lejana, como si, en vez de encontrarse a mi lado, estuviese a decenas de metros-. Sólo sé eso, y que ronda esta zona cada noche, desde hace años -tras estas palabras, Bakerson, enmudeció. Volví a mirar por la ventana, mas la misteriosa dama había desaparecido. Con gesto de clara decepción, me senté junto a Robert.

-¿Quiere explicarme todo eso del fantasma?
-Oh, no hay nada que explicar, amigo Beresford -el hombre, me dirigió una enigmática mirada, y una no menos misteriosa sonrisa y, sin añadir una sola palabra más, se levantó de su asiento. Yo, por mi parte, me encontraba demasiado agotado para seguir pidiendo
explicaciones, y decidí retirarme a dormir a mi dormitorio.

Al amanecer, los sucesos de la noche, seguían en mi mente, como grabados a fuego.
Me levanté de la cama, y me vestí.
Bakerson me esperaba en el saloncito, cerca de la chimenea de ladrillo, en la cual ardían un par de buenos troncos. En el rostro de mi compañero bailaba la misma extraña sonrisa de la madrugada anterior.

-Buenos días, ¿qué tal ha dormido?
-Bien -me di cuenta de que en la mesa de la sala habían dos tazones llenos de café con leche y, hambriento, sonreí.
-¿Sigue interesado en saber algo acerca de nuestra misteriosa visitante nocturna?
-Se sentó a la mesa, y tomó uno de las tazas.
Yo, le imité, mientras asentía con la cabeza.
-En primer lugar, debería saber que no es buena idea que usted sepa nada acerca de..., eso.
Di un sorbo al líquido caliente, y dediqué a Bakerson una mirada cargada de
impaciencia.
-¿Va a contarme algo, o no?
-De acuerdo -se encogió de hombros, y me la misma extraña y enigmática mirada de la noche anterior.
-Le escucho, hable.
Esto es lo que me contó mi extraño acompañante: "Hace cosa de cuatro años, llegó a la aldea un tipo joven, un buhonero, con la intención de quedarse a vivir en el pueblo.
Durante varias semanas, el joven, llevó una vida de lo más normal y pacífica, continuando con su labor de vendedor ambulante hasta que, por azares del Destino y, para desgracia de ambos, pues quedaba por completo fuera de sus posibilidades, se enamoró de esa joven que viéramos anoche rondando la cabaña. A pesar de todo, entre los dos jóvenes, triunfó el Amor y, cada noche, subían hasta aquí para hablar con el viejo Beresford, o para dar rienda suelta a sus impulsos amorosos.
El viejo, llevado por un extraño impulso romántico, mantuvo en secreto la relación de la pareja, pues sabía que la familia de la joven nunca permitiría la relación de los dos enamorados. Por desgracia, alguien, seguramente algún joven celoso, descubrió los escarceos amorosos de la pareja, y puso sobre aviso a los hermanos de la muchacha; dos
energúmenos con menos seso que un mosquito, aunque siempre dispuestos a propinar una buena paliza a todo aquel que les llevara la contraria.

Una noche, amparados en la oscuridad, estos dos individuos, tomaron al joven buhonero a traición y, tras propinarle una brutal paliza, que le costó la vida, lo quemaron en el interior de un viejo coche abandonado. No hubo testigos. Nadie dijo ni hizo nada por acusar a los asesinos. No se atrevían. Tal era el miedo que les tenían a estos dos hermanos. Sólo dos personas lloraron la muerte del joven: El viejo Beresford y su joven
amada, la cual, presa de la pena y la desesperación, huyó de su casa, subió hasta aquí, y se ahorcó de uno de los árboles que rodean la cabaña".

Llegado este punto, Bakerson, volvió a callar, se levantó de la mesa, y caminó hacia una de las ventanas.
-En aquel manzano de allí -me señaló con un leve movimiento de cabeza hacia uno de los cuatro manzanos que mi difunto pariente plantase años atrás, cuando yo era un crío-. Aquél fue el lugar escogido por la joven para cometer el suicidio.
-Pero... ¿Qué tiene que ver el fantasma de esa joven con la herencia del viejo?
-De momento, es todo lo que pienso contarle -me dedicó aquella sonrisa suya tan exasperante, y quedó mudo.
Me limité a encogerme de hombros, con gesto de resignación.
Después, tras recoger los cacharros del desayuno, decidimos bajar al pueblo, en busca de víveres.
A medio camino entre la cabaña y la aldea, y aprovechando que en ese momento cruzaba la carretera un rebaño de ovejas, decidí atacar de nuevo con otra pregunta:
-¿Qué ocurrió con los asesinos del chico?
Mi compañero, pillado por sorpresa, me miró fijamente y respondió:
-Bueno, la verdad no se sabe cierta. Algunos dicen que, arrepentidos por la muerte del joven y de su hermana, cometieron suicidio; otros que fueron asesinados. Lo único cierto es que fallecieron de forma harto misteriosa, pues desaparecieron una semana después de cometer el horrible crimen, y que un vecino del lugar los encontró muertos en el fondo de un barranco.
Una vez en la villa, y hechas las compras necesarias, entramos en la taberna, y pedimos un par de botellines de cerveza. No llevábamos ni cinco minutos, cuando noté como una mano se posaba sobre mi hombro derecho.
-Veo que no siguió mi consejo.
-¿Eh? -Giré la cabeza, encontrándome de cara con el mismo tipo que me advirtiese acerca de la cabaña el día anterior, a mi llegada al lugar, me limité a saludarle con un ligero cabeceo. Tras apurar las cervezas y sin más incidentes, pagamos y volvimos a la casa de la
montaña. al mediodía, mientras comíamos con la mesa arrimada a la chimenea, mi compañero me dijo algo:
-De acuerdo, Beresford, vamos a dejarnos de rodeos.
-¿Qué? -Le miré sorprendido-. ¿De qué está hablando?
-No soy tonto, amigo Thomas -Robert clavó en mí sus ojos oscuros-. Sé que está aquí por el asunto del "tesoro"... Que la cabaña le importa una mierda; al igual que ese viejo tacaño.
Yo, realmente sorprendido, me limité a boquear como un pez que, fuera del agua, busca el oxígeno para seguir viviendo.
-¿De qué diablos está hablando? -Me levanté de la silla-. ¿Un tesoro aquí, en la cabaña de mi tío abuelo? ¡No me haga reír, por favor!
Ahora le tocaba a mi compañero abrir y cerrar la boca.
-¡Habla en serio! -Se alzó de la silla, y caminó hacia donde yo me encontraba-. ¡No sabe nada acerca de la fortuna escondida del viejo!
De repente, de algún modo, comprendí...
-Usted no es el abogado de mi abuelo.
-No -Bakerson, sonrió-. Pero eso es algo de lo que no debe enterarse nadie.
-¿Quién es usted?
-Digamos que, alguien inteligente -Bakerson seguía sonriendo-. Usted elige, amigo Beresford. Unirse a mí o...
-¿Dónde está el abogado del anciano? -Aquella pregunta ya tenía respuesta en mi mente... Y en la sonrisa de Robert Bakerson.
-Digamos que, se negó a compartir -mi compañero, sacó un cigarro, y se lo llevó a la boca-; ¿qué va a hacer usted?
Apreté los puños.
-Son más de cien mil dólares, una bonita cantidad a repartir.
-¿Acaso sabe usted dónde están escondidos?
-¿A mí?
-Sí. Antes de morir, el albacea del viejo, me dijo que buscara al único heredero del anciano. Supongo que el ver a su esposa y a su hijo abiertos en canal le ayudó a recordar.
Me estremecí.
-No sé de qué está hablando -repliqué.
-Yo sí -entonces y para mi sorpresa, Bakerson, sacó de su bolsillo una hoja de papel, que reconocí como el testamento de mi tío abuelo.
-¿De dónde ha sacado eso?
-Esta mañana, antes de que se levantase, rebusqué sus bolsillos -Bakerson, se acercó a la mesa y extendió el papel sobre la misma.
-¿Tuvo usted algo que ver con la muerte de mi abuelo? -Tenía que hacerle aquella pregunta, no sé por qué, pero era mi deber.
-No, nunca tuve que ver nada con el viejo.
Y, como si aquello lo convirtiese en la persona más bondadosa de la Tierra, me incliné a su lado, sobre el folio extendido.
-¿Ve estos cuatro puntos?
-Sí -me fijé en las marcas a las que se refería Bakerson-. ¿Qué representan?
-Los cuatro manzanos -alzó la mirada del papel-. Esos de ahí fuera.
Me limité a mirar hacia la ventana.
-Su abuelo escondió su fortuna bajo uno de ellos. Sólo hay que buscar.
-¿De cuál de ellos?
-¡Sólo son cuatro! -Me replicó Bakerson-. ¡Sólo cuatro jodidos manzanos!
Suspiré.
Afuera, comenzaba a anochecer y, el recuerdo de la visita de la noche anterior, acudió a mi mente.
-¿Pasa algo?
-No, nada -mentí.
-¿El fantasma? -Pude notar cierto tono de burla en la voz de mi compañero. De nuevo sentí un escalofrío. Aquel tipo había matado a tres personas por conseguir un pedazo de papel-. ¿Qué puede hacernos?
-No va detenerse ante nada, ¿verdad?
-Veo que al fin comprende -me volvió a dedicar una sonrisa.
Y así, un par de horas más tarde, nos hallábamos fuera de la cabaña, llevando un pico yo, y una pala mi compañero. Los habíamos cogido del cobertizo de mi tío abuelo. No creo que le importase lo más mínimo. Ya no.
-De acuerdo, ¿por dónde empezamos?
-Usted por aquél, yo por aquél -Bakerson, dicho esto, comenzó a cavar con furia, como si le fuera la vida en ello.
Llevábamos una media hora de intensa faena, cuando, bajo mi pala, sonó algo metálico.
-¡Aquí hay algo! -Salté al interior de la fosa, y empecé a escarbar con las manos, hasta desenterrar una caja metálica de pequeño tamaño, aunque bastante pesada. En ese momento, mis ojos se alzaron hacia una de las ramas más altas del árbol. Y, el cofrecillo metálico, resbaló de entre mis manos.
-¿Ocurre algo?
-Fue en este manzano -logré articular en un débil hilo de voz.
-¿Qué pasa con el manzano? -Bakerson, tomó la caja del suelo, y miró el árbol.
-La chica, se ahorcó en aquella rama -señalé el trozo de soga, que aún se mecía movido por el viento, y añadí-: Quizás deberíamos dejar eso de nuevo donde estaba...
-De eso ni hablar -Robert Bakerson, apretó la caja contra su pecho, y entró en la cabaña.
De repente, y esto es algo que mantendré hasta el día de mi muerte, el aire a mi alrededor, comenzó a aullar, lo mismo que un animal salvaje herido y, sin pensarlo dos veces, corrí a refugiarme en la cabaña. Bakerson, me dedicó otra de sus odiosas sonrisas, y me pidió que me sentase. Había puesto la caja sobre la mesa, y se afanaba en abrirla con una pequeña palanca y un martillo.
-Al cincuenta por ciento, recuerde.
-Todo esto, me da muy mala espina -me quedé de pie, viendo como intentaba abrir la caja metálica-. Sigo pensando que deberíamos dejarla donde estaba. Finalmente, la palanca, hizo su trabajo, y la tapa del cofrecillo saltó con un sonoro chasquido, dejando a la vista su contenido. Varios fajos de billetes de diez dólares, y una carta, escrita a mano. Reconocí, al momento, la letra de mi tío abuelo y, raudo, la cogí.
-Quédese con la carta, si lo desea -Bakerson, comenzó a sacar el dinero, y a contarlo-, yo tengo lo que he venido a buscar.
-Espere, Bakerson -mientras leía la carta, alcé la mano, pidiendo calma a mi compañero-. Escuche esto-. Leí en voz: "Yo, Edward Beresford, en pleno uso de mis facultades, he llegado a un acuerdo con una criatura de ultratumba, para que vigile éstas mis pertenencias, que yo guardo bajo el segundo de los cuatro manzanos que rodea mi casa, a cambio, dicha criatura, podrá vagar, por toda la eternidad, en ésta mi propiedad, pudiendo castigar a todo aquel que se acerque a estos lugares con intención de sustraer el cofre del lugar donde éste se encontrase enterrado" -Suspiré, y dejé la misiva sobre la mesa, junto al dinero.
Bakerson, lanzó una carcajada.
-¡El viejo estaba como una verdadera cabra! ¿No irá a decirme que cree todas esas idioteces, amigo Beresford?
-¡No soy su amigo! -Con un rápido movimiento, lancé el cofre lejos de Bakerson y de la mesa-. ¡No es más que un maldito asesino, no tengo nada que ver con usted!
-¡De acuerdo, usted se lo ha buscado! -Para mi horror y sorpresa, Bakerson, sacó una automática, y me apuntó con ella-. Creía que era más inteligente.
Y, entonces, ocurrió. Por mucho tiempo que pase, no podré borrarlo de mi memoria.
La puerta y las ventanas de la cabaña, se abrieron de golpe, y una sombra comenzó a materializarse ante nuestros ojos. El espectro de la joven suicida, me sonrió dulcemente. La sangre se me heló en las venas mientras, el hermoso fantasma, alargaba sus blancas manos hacia Bakerson y, tras tomarlo por la barbilla, lo arrastraba hasta el manzano. Jamás volví a ver a mi compañero, pues muerto de miedo me desmayé.
Cuando desperté a la mañana siguiente, eran más de las nueve y media, y me encontraba solo en la cabaña. Ni rastro de Bakerson, del fantasma, ni del cofre con el dinero.
Y, poco tengo que añadir a lo dicho.
Regresé a la ciudad, con una extraña sensación en el cuerpo, y retomé mi vida tal y como la había dejado. O, al menos, lo intenté. Pero todavía despierto muchas noches, con la imagen del bello fantasma en mi cabeza. Jamás he vuelto a pisar ni la cabaña, ni el pueblo. Y no creo que lo haga. Mis abogados se desentendieron del asunto de la herencia.
Con el tiempo, todo aquello se ha convertido en un extraño recuerdo en mi mente. Un recuerdo terrible...
Sólo una cosa me queda por añadir.
Hace cosa de una semana, en un programa de televisión, entrevistaron a uno de esos tipos que dice investigar los fenómenos extraños. Y habló sobre la cabaña. Y sobre las extrañas apariciones que, desde tiempo atrás, venían sucediéndose. Di gracias al Cielo, era la confirmación de que no soy un demente...

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