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Me gustan los cementerios, esa noche estaba completamente solo, tenia unas pocas horas para disfrutar de ese cementerio que no había visto antes. Desde que fui a vivir a esa ciudad no tuve demasiado tiempo para mí mismo, pero esa noche era mía y pude hacer lo que más me gustaba, pasear por el cementerio, ver las estatuas, leer las inscripciones de las lápidas, caminar entre tumbas, escuchar el frío silencio del cementerio, compartir la soledad de aquellos que yacían bajo tierra.

 

Recuerdo que alguien me dijo una vez que cuando muriese quería que le incinerasen,
es una buena opción pensé, el cuerpo convertido en cenizas, devorado por el fuego. Me dijo que quería que echasen sus cenizas al mar, alimento para peces se me vino a la cabeza.

Yo quería que me enterrasen, pero bajo tierra, no en un trozo de cemento. Formaría parte de un cementerio, mi lápida con mi nombre perduraría durante siglos. Alimento no de peces pero sí de gusanos, algo más retorcido aún. Es cierto que todo lo que sale de la tierra vuelve de un modo u otro a ella... pero esto ya no es posible para mí, o tal vez sí, en cualquier caso el tiempo lo dirá.

Iba caminando rodeado de lápidas, el cielo oscuro estaba despejado, la luna brillaba con todo su esplendor y me acompañaban los cantos de los grillos. Entonces noté un leve picor en mi mano izquierda, me miré la palma de la mano y allí estaba la cicatriz con forma extraña, no recuerdo como ni cuando me la hice, me dijeron que la tenía desde nacimiento
pero yo más bien creo que es la cicatriz de un niño revoltoso y rebelde, hacía tiempo que no me picaba, no le di más importancia y continué mi camino.

El cementerio estaba cercado con un muro alto e iluminado con farolas de luces tenues, contaba con un enorme panteón en el centro, criptas familiares repartidas por todo el recinto, cientos de lápidas sobre hierba verde y paredes de cemento con pequeños habitáculos para ataúdes, normalmente estos habitáculos son para los que no pueden costearse un sitio en la hierba, hasta la muerte cuesta dinero y precisamente no es barata, que mundo este en el que todo gira alrededor del dinero.

A lo lejos, en un recodo del muro que rodea el cementerio, observé una ligera neblina, me dirigí hacia allí y conforme me adentraba la visibilidad aumentaba, a veces pienso que si no me hubiera acercado a la neblina todo lo que ocurrió posteriormente no hubiera pasado.
En aquel recodo se encontraba la tumba que más impacto me causó hasta la fecha de hoy, había una estatua de un ángel femenino de cabellos largos que apoyándose sobre la lápida hundía su rostro entre sus brazos y lloraba la muerte del que se encontraba enterrado allí. Imaginé a la figura de alas caídas y túnica larga cambiando de posición, incorporándose y mirándome con ojos tristes y con sus lágrimas recorriendo su rostro algo agrietado ya a causa del paso del tiempo. Me quedé fascinado observando cada detalle del ángel, sin duda no he visto ninguna estatua mejor que esa, ninguna que exprese tanto
sentimiento, parecía que en cualquier momento fuese a moverse. Leí la esquela del que hacía entristecer y llorar al ángel.

Sumido en las Tinieblas viviré una Condena Eterna.
Dryden Sagoth
1804 – 1826.

–¿Dryden Sagoth? ¿Qué clase de nombre es ese? –Casi sin darme cuenta se me escaparon las palabras en voz alta. Con un rápido calculo averigüé que la tumba tenía, para ser exactos, ciento setenta y siete años. Estaba muy bien conservada, ¿Quién será el que vivió tan solo veintidós años y descansa bajo esta tierra húmeda? me pregunté.

Decidí que al día siguiente volvería aquí y fotografiaría a la lápida y al ángel, bajo la luz del sol podría ver mejor todos los detalles que se me escapaban con la luz amarilla de las farolas. De repente cesaron los ruidos de los grillos.

–¡Shhhhhh! –Alguien se encontraba detrás de mí.
–¿Qué...? ¡Dios! –Me volví y lo que vi me hizo dar un salto hacia atrás y caer en la hierba mojada junto al ángel.

Con los ojos abiertos al máximo y una evidente expresión de miedo en mi rostro vi a una niña de no más de seis años, pero no era real o así me lo pareció en un principio, era translúcida, podía ver a través de ella. En mi mente se formó la palabra fantasma, no podía creer lo que veía, tenía que ser una jugarreta de mi imaginación, cerré los ojos e intenté calmarme, podía escuchar los rápidos y fuertes latidos de mi corazón, conté hasta cinco y volví a abrir los ojos. La niña fantasma seguía allí mirándome fijamente, podía ver su silueta, los rasgos de su cara y las lápidas que se encontraban detrás de ella. Su cara era ovalada, tenía una boca menuda y unos grandes ojos negros, su pelo, me pareció que era castaño, le llegaba por la barbilla, llevaba un vestido largo hasta las rodillas y en una de sus manitas sostenía una muñeca de trapo de pelo naranja. La muñeca era sólida, palpable, pero la pequeña parecía estar echa de una sustancia transparente.

Permanecí inmóvil echado sobre la hierba sin poder quitar la mirada del fantasma, estaba asustado, nunca me había pasado algo así, había visto muchos cementerios y leído muchos artículos sobre apariciones de fantasmas y otros sucesos paranormales pero nunca pensé
que fuera a pasarme esto a mí. Mientras la observaba se me ocurrían cientos de preguntas, tenía delante el espíritu de una niña muerta y empecé a darme cuenta de lo que eso significaba. Llevó su dedito índice a sus labios y me susurró.

–¡Shhhh! No le despiertes.
–A... ¿A quién? –Logré decir con gran esfuerzo y entrecortadamente, casi no podía articular las palabras. Se le dibujó una sonrisa en sus labios y señaló a la lápida
del tal Dryden Sagoth.

–Él... es como... ¿Es como tu? ¿Un fantasma? –Me sorprendí de que mis palabras fuesen tomando su ritmo normal.
–No. –Dijo agachando su cabecita.
–¿Quién eres? –Se desvaneció la expresión de miedo de mi rostro, es solo una niña, un fantasma sí, pero no deja de ser una cría. Me incorporé sentándome sobre
la hierba. Ella se quedó un rato pensativa.
–Ven, quiero enseñarte algo. –Me tendió su pequeña manita, o mejor dicho, esas partículas diminutas que ocupaban ahora el lugar de su mano. Me sonrió y se le formaron unos mofletes regordetes en su carita. Sin pensarlo dos veces dirigí mi mano hacia la suya y vi como mis dedos la atravesaban como si sólo fuese aire, fue una sensación extraña, sentí un hormigueo en toda la mano, algo parecido al hormigueo que aparece cuando se te duerme alguna parte del cuerpo, no se explicarlo de otra forma.

–Jajajaja, ¡Así no! –Rió divertida la niña fantasma– Mira se hace así.

Se agachó y llevó lentamente su mano hacia la mía y cuando creí que pasaría lo mismo que antes noté como algo muy frío me tocaba, sentí un fuerte escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, como una descarga eléctrica de frío. Intenté apartar la mano pero ella me sujetaba con fuerza, tenía mucha fuerza para la edad que representaba, aunque no sé si llamarlo fuerza puesto que ella no tenía cuerpo ni músculos, ni lo que parecía cabello lo era. Estaba compuesta por miles de millones de diminutas partículas con voluntad propia y el conocimiento y la conciencia de una niña pequeña. Nos pusimos de pié y comenzamos a andar. Y allí estaba yo, paseando por un cementerio con el espíritu de una niña muerta que me cogía de la mano.

Me dejé llevar, creo que si lo hubiera pensado bien habría salido corriendo en cuanto la vi, pero el misterio me llamaba y era irresistible. No andamos mucho, soporté el frío que invadía mi cuerpo y sólo hubo silencio hasta que se paró en seco.

–Déjate ver. –Dijo ella casi impaciente. Entonces pude ver como una silueta borrosa empezaba a aparecer delante de mí, acabó de formarse por completo y vi a un hombre alto de mediana edad, vestía un traje elegante, en su cabeza descansaba un distinguido sombrero de copa y portaba un lujoso bastón con el que daba pequeños golpes al suelo.
Su cara era delgada y alargada, poseía una expresión seria. Al igual que la niña se podía ver a través de él.

–¡Nuria! ¡Te tengo dicho que no hables con extraños!. Joven, ¿Le ha molestado esta malcriada? –Me asusté de su voz grave y fuerte como el estruendo de una tormenta.
–No... yo... –Noté su presencia severa y amenazante. Mi razón me decía que me marchase de allí pero algo sobrenatural me invitaba a quedarme.
–¡No es un desconocido! Sé como se llama, le leí la mente. Interrumpió la niña con su vocecita.
–¡Oh! Bien entonces, debes practicar. –Dijo el fantasma con sombrero posando su mano sobre el hombro de la niña.
–¿Qué? Me voy. –No sé ni porqué contesté, sólo quería irme de allí, no estaría más
tiempo en compañía de presencias amenazantes que leen la mente, ¿Qué me iban a hacer? ¿Usarme de cobaya para sus fantasmales experimentos? Estaba muy asustado y sólo pensaba en escapar de ese lugar.
–No son experimentos, ella sólo tiene que aprender. ¿Te irás sin formular las preguntas? –Dijo el hombre y justo cuando me disponía a salir corriendo me agarró de mi chaqueta, de nuevo volví a sentir ese fuerte escalofrío.
–¿Qué preguntas? ¡Suéltame! –Me soltó lentamente.
–Las que se están formando en tu mente. –Entonces sentí un gran alivio, como si me quitara un peso de encima, esa sensación de presencia amenazante desapareció.
–¿Quiénes sois? ¿De dónde venís? ¿De qué estáis hechos? ¿Cómo...?
Mis preguntas salieron una detrás de otra como si estuviesen deseando ser dichas.
–Esas son demasiadas preguntas para una sola noche, joven. –Dijo negando con la cabeza, mientras tanto, la niña observaba la escena en silencio.
–¿Vivís aquí? –Pregunté ansioso, quería saberlo todo, las preguntas que todo el mundo se ha hecho sobre fantasmas, sobre el más allá, sobre si Dios existe o no, todo esto y más
estaba al alcance de mi mano, sólo tenía que formular las preguntas y ese fantasma me las respondería. Parecía que quería colaborar, estaba dispuesto a responder preguntas que nunca habían sido contestadas con total certeza y veracidad. Yo publicaría esto y todo el mundo sabría la verdad... pero ¿Y si me miente? ¿Por qué me lo contaba a mí y no a otro? No podía fiarme de un espíritu pero mintiese o no, sería un gran adelanto para la ciencia, el mundo tenía derecho a conocer lo que estaba pasando esa noche.

–No, nosotros no tenemos ese concepto, vivimos en todo el mundo, no tenemos un lugar al que acudimos regularmente o todos los días, no necesitamos eso. Aunque es cierto que algunos están atados a ciertos lugares.
–¿Lugares como donde vivieron? o ¿Sus propias tumbas?
–Eso es mi joven amigo, veo que sabes algo de nosotros. –Dijo el hombre complacido.
–¿Cuántos sois?
–Muchos. –Intervino la niña sonriéndome y jugueteando con sus deditos en su pelo. El hombre señaló a algo que había detrás de mí, me di la vuelta y a lo lejos pude ver a otros dos fantasmas que miraban hacia aquí intrigados.
–Vamos, sé que tienes preguntas mucho mejores. –Insistió él.
–Está bien... ¿Existe Dios? –Pregunté por fin.
–Jajajaja, nosotros todavía no le hemos visto. –Rió con una estruenda carcajada.
Entonces se oyó un fuerte grito de terror que sonó en todo el cementerio. Los dos fantasmas que tenía delante señalaron a la vez hacia el enorme panteón.
–¿Qué pasa? –Grité.
–¡Allí! ¡Allí! ¡Necesita ayuda! ¡Rápido!
–Gritaron ellos al unísono.

No pude hacer otra cosa que acudir corriendo en ayuda del que gritaba. Subí los tres escalones del panteón, después de lo que me había pasado me podía encontrar con cualquier cosa. Empujé lentamente las puertas del panteón que para mi sorpresa no estaban cerradas con llave. Temía lo que podría ver allí. Las puertas se abrieron de par en par y pude vislumbrar al fondo una silueta negra agachada sobre otra que estaba tumbada en el suelo. El panteón estaba a oscuras y no podía ver con claridad, me quedé al lado de las puertas, no me atreví a entrar más.

–¿Qué ocurre? ¿Necesita ayuda? –Mi voz retumbó en la estancia.

La silueta se puso en pie y comenzó a correr hacia mí velozmente. Retrocedí sobre mis pasos lo más rápido que pude quedándome a los pies de los escalones, la silueta salió del panteón dándole la luz de las farolas y se abalanzó sobre mí, cerré los ojos y puse las manos delante de mí a modo de defensa. Había llegado demasiado lejos, aquello fuese lo que fuese me atacaría y sería mi final. Se me hizo eterna la espera de lo que fuese que me iba a pasar.

–¡Tú! –Algo me cogió de la mano y tiró de mí– ¡Eres tú! –Abrí los ojos y vi un rostro de piel muy blanca y lisa, tenía la barbilla manchada de sangre y el pelo completamente negro le llegaba por los hombros.
–¿Cómo te has hecho esto? –Al hablar pude verle la dentadura manchada de sangre y unos colmillos afilados más largos de lo normal. Había visto muchas películas y leído muchos
libros como para no saber que era ese ser.

El vampiro me tenía cogido con fuerza por la muñeca, me hacía daño y observaba la palma de mi mano, me miró fijamente con sus ojos fríos de color vainilla, un ser siniestro sin duda.

¿Cómo te lo has hecho? –Insistió, hablaba casi sin mover los labios y no le aparecían arrugas al gesticular las palabras. Su rostro era como una máscara completamente blanca.

–Es... es solo una cicatriz... –Dije por fin, el vampiro representaba un peligro más real que los fantasmas y esta vez no tenía escapatoria, sabía que si echaba a correr me alcanzaría, sólo podía esperar y ver lo que ocurría. Le había descubierto y estaba dispuesto a acabar conmigo, lo que no sabía era por qué no lo había hecho ya.

–No es una simple cicatriz, es la señal. –Me soltó y se sentó pensativo sobre los escalones del panteón. Entonces pude verle bien, era alto, delgado pero no en extremo, vestía de negro y llevaba un abrigo de cuero que le llegaba por las rodillas.
No podía quitar la vista de la sangre que tenía en la barbilla, miré hacia el interior del panteón y la otra silueta seguía tendida en el suelo.

–Oh, no te preocupes por el guarda, ya no sufrirá más. –Me imaginaba que diría algo así, ese hombre estaba muerto y nada se podía hacer por él.
–¿Qué señal? –Me giré un segundo para ver si los fantasmas observaban la escena pero no estaban allí o tal vez no pude verlos.
–Está escrito que el que lleve la señal detendrá la guerra.
–¿Qué guerra?
–Eso ya se te explicará más adelante, cuando estés preparado. Eres el elegido y vendrás conmigo, te llevaré con los demás.
–No, no iré a ningún sitio, no soy el elegido para nada,
¡No soy nadie!, ¡Aléjate de mí!
–De acuerdo, lo haré a mi manera. –Dijo con resignación.
Quise gritar y pedir ayuda pero me quedé perplejo cuando de repente desapareció el vampiro, en un abrir y cerrar de ojos ya no estaba allí. Entonces noté un fuerte golpe en la cabeza y caí desmayado al suelo, poco a poco todo se volvió negro y la oscuridad me invadió. Esto es sólo el principio del fin de una guerra que se lidió en secreto, es el fiel reflejo de lo que me contó mi amigo cuyo nombre no revelaré por su seguridad. Una noche lluviosa, estando en su apartamento le pedí que me contara su experiencia, su vivencia con los fantasmas, a los que visita asiduamente, y aquí la tienen. Quizás algún
día salga a la luz toda la historia completa, lo que han leído es todo lo que necesitan saber de momento. Él me pidió que publicara lo que ocurrió en aquel cementerio y así lo he hecho. Algunas noches mi buen amigo y yo compartimos nuestra pasión por los cementerios y paseamos por ellos.

Tengan cuidado si van por la noche al cementerio de su ciudad, nunca se sabe que les puede pasar. Esto no es una amenaza sino un consejo, mi querido lector. ¿Quién soy yo? Eso ya es otra historia que me gustaría dar a conocer, pero todo debe ir a su momento, por ahora de mí sólo sabrán el nombre con el que firmo este relato. Nos veremos pronto...

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