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La oscuridad de la noche parecía engullirlo todo. La luna apenas se dejaba ver tapada por las negras nubes que cubrían el cielo. El viento ululaba entre las ramas desnudas de los escasos árboles de retorcidos troncos; éstos eran la única vegetación que subsistía en ese paraje. El paisaje era ciertamente desolador, ya que únicamente se veían bloques de rocas peladas, sin vestigio de vida animal.

Una
atmósfera opresiva llenaba los pulmones de David de un aire viciado que le hacía
difícil la respiración. De pronto, un aullido salido de los más recónditos rincones
del más allá, hizo que su corazón diera un vuelco y pensó qué diantre hacía él en
ese lugar en medio de ninguna parte, en vez de estar cómodamente sentado en el salón
de su casa.
La respuesta le vino a la mente como un relámpago: durante una noche de juerga con
los amigos, alguien propuso una apuesta, un desafío, que entonces parecía una
tontería. El juego consistía en ver cual de ellos era capaz de pasar tres noches en
este sitio inhóspito donde nadie se atrevía a permanecer una vez se iba el sol.
David fue el primer en aceptar el reto; aseguró a sus amigos que pasaría no tres,
sino cinco noches en el páramo.
Y ahí estaba, afrontando la primera de ellas. Cuando sonó un espeluznante bramido,
David dio un salto hacia atrás y empezó a maldecir su bravuconada con los amigos.
Aquel sitio empezaba a alterar sus nervios bien templados de montañero
experimentado. Había pasado mucho tiempo en lugares solitarios y extraños, pero
ninguno como aquél.
Del suelo emanaba un vapor maligno que envolvía todo el paisaje, dándole un aspecto
tenebroso y lleno de sombras oscilantes que llenaban la mente de David de miedos
infantiles. El aire se enrarecía, volviéndose insano, con una mezcla de gases y
azufre que oprimía sus pulmones y nublaba su razón. El viento no dejaba de silbar y
extrañas siluetas parecían correr de acá para allá, haciendo que el joven empezase a
temblar.
De golpe los gritos y aullidos se multiplicaron, como si jaurías de seres
endemoniados surgidos de la peor de las pesadillas quisieran acabar con el juicio de
David; el joven sentía que empezaba a perder el control de sus pensamientos y un
terror indescriptible se iba apoderando de todo su ser, mientras el páramo parecía
una orgía delirante de sonidos y sombras procedentes de otros mundos. Su cabeza
estaba a punto de estallar y sus ojos querían salirse de las órbitas.
Antes de que pudiera reaccionar, la locura se había apoderado de sus sentidos y una
mirada febril apareció en su rostro. El cabello, que antes era espeso y negro como
el azabache, se había vuelto blanco y muy ralo. Su cuerpo se estremecía con unos
espasmos tales que parecía que los huesos se iban a salir del cuerpo.
Así continuó toda la noche, envuelto en esa vorágine de terror y locura hasta que su
mente no pudo resistir tanta tensión y acabó rodando entre las desnudas rocas.
Cuando, al fin, la noche se desvaneció, dejando espacio a los rayos del sol, el
páramo apareció envuelto en una neblina extraña que parecía surgir de las peñas
donde había caído el joven. Ningún sonido se dejaba oír, con la única excepción de
un débil y lejano lamento de origen incierto.
Durante varios días sus amigos buscaron el rastro de David sin éxito. Desde
entonces, nunca se han vuelto a tener noticias de su paradero. Sin embargo, los
osados que se han atrevido a internarse por estos parajes comentan en voz baja, que
cuando se acerca la noche se deja entrever una figura con apariencia humana que
trepa por el roquedo, susurrando palabras en una extraña e ininteligible lengua, y
alguno ha creído identificarlo con el que un día fuera un joven apuesto y sano
llamado David.

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