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Thoumas se despertó con un sonido raro en sus oídos, como el que hace una pala al chocar con la superficie de la tierra. No se quejó. La oficina le absorbía tanto tiempo que ya su realidad se circunscribía sólo a su pensamiento. Al lavar su cara recordó la pesadilla de la noche anterior, ese mal sueño ya formaba parte de su personalidad, siempre era el mismo.

Con el sólo hecho de cerrar los ojos se encontraba caminando de nuevo por Ustkaari, la calle más desierta de todo Helsinki, junto a su inseparable Marco. Nunca imaginó que un rastii sediento de sangre les seguía los pasos, ni siquiera recordaba su conversación, sólo permanecía en su mente aquel hachazo asesino que le hundió el cráneo a su amigo. Quizás fue el shock postraumático o el olor a sangre lo que le hizo perder el sentido, cuando despertó aún se encontraba el cuerpo inerte de Marco pero ni la sombra del brutal homicida. Ese sueño se repetía noche tras noche.
Thoumas pensó que debía ir a ponerle flores a su amigo, ya que nunca lo había hecho. No por indolencia sino porque no quería toparse de bruces ante ese horrible recuerdo. Quizás si visitaba la tumba de Marco sus pesadillas huirían, pues cumpliría con una deuda moral. El único problema radicaba en su horario de trabajo, era tan estricto que la única posibilidad que tenía era de noche, al término de jornada. Eso no lo amilanaba pues estaba dispuesto a ir aunque fuese de madrugada.
La entrada del cementerio oeste de Helsinki es majestuosa. Toda una amalgama de ángeles y cruces de estilos diversos velan el aposento. Por supuesto, tuvo que sobornar al celador debido la hora, eran casi las 10:30 de la noche. Con el papel de la dirección de la tumba en su mano, comenzó a buscar, para su suerte la luz del alumbrado era potente. No tardó mucho en encontrar lo que deseaba. Enseguida efectuó el ritual, le colocó manojo de lirios en la cripta a su amigo, estuvo un par de minutos en silencio y viró la espalda. Cuando se acercó a la puerta de entrada se dio cuenta que el celador ya no estaba ahí. A pesar de las inmensas ganas que tenía de marcharse y del frío bestial de esa noche, esperó un rato al guardia. Casi una hora después Thoumas perdía la paciencia, debía buscar la salida trasera porque el farallón que se alzaba ante él era tan inmenso que se necesitaba a un alpinista con todo su equipo para conquistarlo. No le molestaba salir por detrás, pero sí volver a pasar frente al sepulcro de Marco y recordar aquel maldito hachazo. Comenzó a caminar buscando el fondo del cementerio, observó a su paso hermosas esfinges, angelitos que parecían retozar sobre las lápidas, trabajos escultóricos muy finos dedicados a los caídos y flores con un tenue rocío. Al acercarse a la tumba de Marco notó con indescriptible asombro que se encontraba abierta. Esto era más que una aberración, pues el cráneo del cadáver tenía un horrible aspecto y forma debido al golpe y no servía ni para estudiar anatomía. El sepulcro colindante también estaba abierto, ambos despedían una columna de niebla fétida. Era un vaho nauseabundo con un olor dulzón, recordó el olor a sangre que le hizo sucumbir la fatídica noche del asalto. Estaba ante la verdadera esencia de la muerte.
Aunque petrificado de horror, Thoumas pensó que debía informar al celador lo que había ocurrido, pero cuando quiso moverse ya no podía. Estaba atrapado entre dos brazos de humo verde que lo arrastraban hacia el ataúd de Marco, una mano huesuda lo lanzó hasta el fondo de la tumba. Sintió una sensación de asfixia, sabía que no estaba solo, a pesar de haber observado bien que el ataúd estaba vacío. Miró a su derecha y nada, pero a su izquierda: ¡Horror!, un cadáver espantoso con un enorme hueco el cráneo yacía a su lado. Lo único agradable era que ya el humo verde había desaparecido. Se levantó y salió de aquel horrible encierro, pero nada más se incorporó, una fuerza casi magnética lo tiró de espaldas en el sepulcro de al lado. Ésta vez la sensación era diametralmente opuesta. El ataúd estaba hecho para un hombre de su tamaño y grosor. Ahora sí que estaba solo y hasta increíblemente cómodo. Por primera vez desde la noche del crimen Thoumas se sintió satisfecho, cerró sus ojos sonrió complacido.
4:30 AM; el celador pasó su última ronda. Mientras caminaba entre tumbas leía por entretenimiento las lápidas, había una que decía: Marco Sorvali (2/6/1978 – 7/4/2006) y a su lado: Thoumas Warman (21/9/77 – 7/4/2006)
Cuando las almas perdidas entran al cementerio, no salen de él.

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