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Prepárate para escuchar el...Llanto nocturno. Los llantos del pequeño hicieron despertar de nueva cuenta a Luisa. Aún bostezando, fue a ver a su hijo de seis meses de nacido. La mujer paro primero en la cocina para coger el biberón lleno de leche y dirigirse a la habitación del vástago. Al entrar sintió una presión en su pecho; un olor nauseabundo se desprendió del suelo. Desconcertada por esa extraña sensación, se acercó a la cuna.


¿Qué pasa mi niño? preguntó tratando de tranquilizar al menor.
El llanto seguía, la madre lo cargó. Por un momento él se durmió. Lo regresó a su pequeña cama y se retiró de ahí. Sintió un escalofrío que recorría su espalda. Decidió echar un rápido vistazo a la récamara de su hijo, todo parecía estar en orden. La joven se encaminó hacia su cama. Trataba de dormir, sin emabargo, sólo se dedicó a observar la fantasmagórica luz lunar filtrándose atráves de la angosta ventana.
Esta no era la primera vez que le sucedía a Luisa, ya eran varias noches de insomnio. Se preguntaba por qué lloraba todas las madrugadas su bebé, si ella lo arropaba muy bien. No obstante, ella sentía una inquietud cada vez que entraba a ese cuarto. La presencia de alguien o algo se dejaba sentir ahí, pero nunca conseguía verlo.

Al amanecer, Luisa fue al mercado para comprar sus víveres. Mientras caminaba entre los cientos de puestos, se sumergió en sus recuerdos. Como cuando huyó de casa al saberse encinta y se internó junto con su novio al frondoso bosque, lugar temido por los pueblerinos porque aseguran que ahí habitan seres del más allá. Incluso la cabaña habitada por ella, está maldita. Se negaba tajantemente a creer en dicha aberración. Compró lo necesario y regresó a su casa.

Al caer la noche...Los chillidos volvieron a escucharse. Apresurada, corrió hacia al cuarto del niño. Esta vez, el llanto era más fuerte que de costumbre. Sumergida en las penumbras, abrazaba a su retoño. Se percató de un bulto obscuro cerca de la cuna; éste no tenía forma alguna, pero un rostro se asomaba. La sangre se le congeló al ver esa cosa. La cara del bulto era pálida, no se sabía con exactitud si era hombre o mujer. La larga cabellera negra estaba enmarañada, sus ojos eran de un azul intenso. Luisa se estremeció más al ver que "eso" le sonreía de una forma siniestra, mostrando una amarillenta y deforme dentadura. Finalmente, ella reaccionó y salió de ahí para encerrarse en su alcoba. El miedo le pisaba los talones. Aseguró la puerta, iluminó con una vela. Examinó a su hijo; al levantar la pequeña camisa, se horrorizó al descubrir terribles moretones en todo su cuerpecito. Por último, lo hizo dormir. Ella se encontraba sentada sobre la cama, esperando lo peor. Comenzó a rezar un rosario.

El sol apareció. La noche anterior no había ocurrido nada. Luisa no podía olvidar ese macabro rostro. ¿Quién era?, y sobre todo ¿Ese ser que quería de su bebé?, al menos sabía el motivo de ese llanto, ahora deseaba una solución.
Se dirigió al mercado, se acercó al puesto de verduras.
¿Qué pasó Luisa?, te veo demacrada preguntó la anciana vendedora.
No pude dormir toda la noche respondió dejando soltar un bostezo.
La mujer le explicó lo sucedido. Para su fortuna, en lugar de ser juszgada de loca, la septuagenaria comerciante le creyó y le dio una posible respuesta.
La madre regresó a la cabaña, cargaba en una bolsa plantas como Ruda, Romero y Albahaca. Esperó la noche. Luisa se paró en medio de la puerta y esperaba los chillidos. Transcurrió unas dos horas; el niño volvió a llorar intensamente, como si lo estuvieran torturando. Ella corrió y sacó las tres hierbas mojadas con agua bendita. Alzó las plantas y empezó agitarlas sobre la cuna. Ese aroma a putrefacción invadió otra vez el ambiente. De repente se sintió un cuerpo invisible, Luisa podía tocarlo pero no lo veía. Sin perder tiempo, golpeó a esa entidad,a cada movimiento las hierbas escurrían gotas. El cuerpo desapareció. Ante ella se formó paulatinamente aquel diabólico rostro, éste sangraba al momento que dirigía una mueca de dolor y desprecio hacia Luisa. La manifestación junto con el hedor se desvanecía poco a poco. La joven exhaló aire, tomó a su hijo quien se tranquilizó. Lo revisó, los moretones desaparecieron .
Gracias Díos mío agradeció y enseguida se marchó a su cuarto con el bebé entre brazos. La madre por fin pudo dormir con su hijo aun lado de ella.
Aunque el terror había concluido, Luisa y su bebé abandonaron la cabaña. Ella no estaba dispuesta a vivir otra noche de pesadilla y mucho menos toparse con algunos de esos entes malvados.
Desde entonces, nadie se ha atrevido a habitar en ese lugar.

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