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"Mi papito ya está morido". Esta es la frase que retumba en los oídos de Sonia cada vez que recordaba a su padre muerto. Aquella mañana de verano, Sonia acompañó a su madre al banco a hacer unos pagos. Como de costumbre la fila llegaba casi hasta la puerta de la sucursal. La niña jugueteaba siempre cerca de su mamá.

 

No te alejes, que te pueden robar. dijo la señora a su hija.
Extrañada, la mujer veía como la niña platicaba con alguien.

¿Con quién hablas? preguntó.
Con mi papito, ¿qué no lo ves? respondió señalando aun lugar fijo.
Tu papá se fue a Chilpancingo, hacer un viaje a la central de abasto.
No, mi papito se vino a despedir de mí.
Niña, te he dicho que no digas mentiras. Eso es muy malo.
De verdad, mi papito estuvo aquí conmigo.
Te pegaré llegando a casa. Sólo espera a que salgamos de aquí.
La niña se alejó, mientras su madre la vigilaba a distancia. En un descuido, la niña se perdió de vista.
Sonia salió corriendo del inmueble y pronto se vio perdida. Sin saber qué hacer, comenzó a llorar.

¡Quiero a mi mamá!
El día se tornó oscuro y una intensa lluvia amenazaba con caer. Acurrucada en un portal, lloraba desconsolada. Una mano la tomó por el hombro.

¡Papito, has vuelto! expresó la niña abrazando a su progenitor.
Sí, no podía dejar que te perdieras. contestó el hombre formando una tierna sonrisa Vamos a casa.
Tomó a su hija de la mano y caminaron.

Me dijiste que estabas muerto, que ya estabas con Diosito.
Sí, y tengo que llevarte con mamá.
Dime, ¿qué pasó?
Un trailer arrolló el coche y sólo vine a despedirme. Pero quiero encargarte que le digas a mamita que no se preocupe por mí, que yo donde esté las cuidaré y velaré para que nada les falte.
Finalmente, llegaron a la casa.

Ya llegamos. dijo el hombre Anda, entra y dale el mensaje a mamá.

El teléfono de la casa comenzó a timbrar. Apresurada, la desconsolada madre corrió a coger el auricular.

Sí, ¿Cómo dice?... ¡No puede ser!...
Tal fue la sorpresa que cayó desmayada. La noticia era fatal, su esposo había perdido la vida instantáneamente al ser embestido por un camión de doble remolque.
Cuando recobró el conocimiento se lamentaba.

Mi hija perdida y Pedro muerto, ¡no puede ser!
Un toquido la sacó de su ensimismamiento.

¿Quién puede ser? se preguntó a si misma al acercarse a la puerta.
Abrió, era Sonia.

¡Gracias a Dios, hija mía!, ¡creí que te había perdido igual que a tu papá!
No mamá, mi papito está bien, me dijo que no te preocuparas por él, que desde el cielo nos iba a cuidar.
¡¿Cómo sabes que tu padre...
Sí, él me trajó a casa.
¡No, no puede ser! comenzó asustarse.
La niña se acercó a la ventana y observó.

¡Mira, ahí está! gritó señalando la silueta.
¡¿Dónde?!
¡Por la esquina!
La madre salió rápidamente y alcanzó a ver la sombra de Pedro que se alejaba del lugar, levantando la mano en señal de adiós.
Ambas se abrazaron y su mamá le juró que estarían juntas por siempre.

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