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Me encontraba inclinado sobre el lavabo del tocador, mis manos comenzaban a doler terriblemente... Pero todo estaba dando resultado: el agua que llenaba el mueble comenzaba a teñirse de escarlata con la sangre que fluía a abundantemente de mis muñecas. Había hecho un corte profundo y perfecto, ésta vez no podía fallar...

Una serie de golpes se escuchaban en la puerta a mis espaldas. “Akari...” Me llamaba por mi nombre una voz apagada, temerosa... Era mi madre.“Akari, mi niño... ¿Estás bien?”

Naturalmente, yo no iba a responder. Me entretenía oyendo su voz endeble por detrás de aquella puerta mientras mi vida iba escurriéndose lentamente a través de mis venas abiertas. El agua comenzaba a desbordarse de su sitio, improvisando una fuente sangrienta.
El silencio y el dolor imperaron por varios segundos. Luego se acabó esa paz. Se escucharon golpes fuertes y furiosos. Era mi padre que, rabioso y desesperado, me pedía a gritos que abriera la puerta. Yo hice caso omiso a sus plegarias, no me podían detener...
Proseguí con mi espera, y entonces lo vi... Junto al lavabo se encontraba un muchacho moreno y esbelto. Un largo mechón de su cabello negro cubría la mitad de su fino rostro, y sus ropas eran tan oscuras como su pelo. Me observaba con una expresión muy severa. A pesar de tener la piel oscura, se veía pálido, como se ven los cadáveres...
Me llevé una mano a la boca para ahogar el grito, llenándome la ropa de sangre y agua.
Sólo musitó dos palabras “¿Deseas morir?”. No alcancé a responder, era demasiado tarde. Un gran alboroto había comenzado ya. Mi padre forzó la puerta, abriéndola con violencia. Mi madre y mi hermana estaban aterradas. En ese instante me desmayé, colapsándome sobre mi propio mar escarlata... Lo último que vi en ese instante fue el único ojo visible de aquel oscuro visitante.



Creí que todo había terminado, pero me equivoqué. Desperté en una cama de hospital, con tubos incrustados en mis venas, regresándome la sangre que con tanto trabajo había perdido. La luz lastimaba mis ojos. Sentí mi corazón latir con fuerza, ya no sabía si aquello era miedo, frustración o coraje...
Me encontraba solo, pensando en aquel extraño visitante. ¿Mi familia lo habría visto? ¿O sería solo una alucinación provocada por mi pérdida de sangre? Sin darme cuenta comencé a hacerme ese tipo de cuestionamientos en voz alta. Me preguntaba una y otra vez: “¿Quién era ese muchacho?”
Fue en ese instante cuando escuché una voz vagamente familiar...
“¿Me esperabas, Akari?” – Era él...
Era aquel muchacho moreno que vi a mi lado en el momento en que tenía planeado perder mi vida... ¡Aquello no podía estar sucediendo!
“... ¿Quién eres y qué quieres de mí?” – Le pregunto con voz débil, temblorosa, muy parecida a la de mi madre cuando temía por mi vida.
“Yo...” – me replica el muchacho, con una mano en su corazón – “Soy Mictlantecuhtli, señor de los muertos...”
“¿Un... dios de la muerte?” Le pregunté sin poder creer lo que veía.
“Uno de tantos...” Respondió mientras retiraba por un momento de su rostro el largo mechón, dejando al descubierto dos hermosos pero fríos ojos negros... Una leve sonrisa de orgullo se dibujó en su rostro, cómo en un suspiro.
“Hace unas cuantas horas te hice una pregunta que no me pudiste responder” Dijo mientras observaba con curiosidad la bolsa intravenosa que me nutría – “Y realmente espero una respuesta.”
Yo sólo lo miraba con una cara de idiota que ni yo me la creía... Por un momento, esos ojos oscuros habían hecho que me desconectara por completo, olvidando sus palabras.
“Oh, Akari... Niño tonto... ¿Acaso has olvidado ya mi pregunta?” Dijo con una voz casi compasiva, colocando una mano gélida sobre mi pecho. – “Sé que tal vez no sea el momento mas adecuado, pero aún así la repetiré para ti... ¿Deseas morir, joven Akari?”
Sentí el rubor subir a mis pálidas mejillas y el llanto atorándose en mi garganta. Miré mis brazos, no podía ver mis cicatrices bajo esas vendas que más bien parecían esposas. La sangre aún las adornaba. Miré a los ojos a Mictlantecuhtli, difícilmente podía sostenerle la mirada.
“Si... Yo deseo morir”
Regresó al rostro del muchacho ese semblante severo – “¿Estás completamente seguro? ¿Se puede saber qué es lo que te empuja hacia el otro lado?” Esa voz tan fría como su piel dejaba ecos escalofriantes en mi mente. Nuevamente bajé la mirada hacia mis muñecas vendadas. Destellos de memorias pasadas invadieron mi mente.
“Es mi vida... Está hecha un completo desastre. No puedo complacer a mi familia, no puedo complacer a mis amigos, ni siquiera puedo complacerme a mí mismo... Siento que no pertenezco y no merezco vivir... ¡No le veo sentido!”
Inevitablemente, rompí en llanto. Mictlantecuhtli me miraba con una mezcla de lástima y compasión. Me sostuvo contra su cuerpo por un instante, tratando de consolarme. Estaba totalmente helado...
El sonido de mis sollozos se extendía por la pequeña habitación, creando un ambiente incómodo.
“¿Por qué estás haciendo esto...? ¿Por qué vienes a preguntarme cosas así? Cuando puedes llevarme contigo...”
“Calla.” – Me interrumpió – “No es seguro que mueras aún...”
Mis ojos regresaron a los suyos, no necesitaba palabras para que él comprendiera mi falta de entendimiento.
“Lo que quiero decir, pequeño Akari, es que estarías al borde de cometer un gran error... Tanto en el inframundo cómo en el mundo humano.”
Yo no podía dejar de verlo con ojos atónitos – “¿Qué quieres decir?”
“Digamos que a las almas suicidas no les va muy bien en el mundo de los muertos... Huyeron de su prisión carnal sin pensarlo, dejando atrás muchos planes, esperanzas y, mas que nada, amor...” – Dijo mientras se dirigía a la ventana, pensativo – “¿Alguna vez pensaste en el sufrimiento que provocarías en otros con tu deceso?”
Fue esa pregunta la que me dejó mas frío que su propio cuerpo... Ahí fue donde los engranes de mi mente comenzaron a girar de nuevo, pensando en aquellos tiempos felices que yo creía desaparecidos hace largo tiempo. Mis padres orgullosos de mí a pesar de todas mis fallas, una hermana mayor que me adoraba... ¿Cómo no lo había percibido antes?
¿En qué había estado pensando todo ese tiempo? ...
“Esas pobres almas están condenadas a una vida eterna de sufrimiento” – prosiguió Mictlantecuhtli, volviendo su rostro hacia mí – “¡Y créeme que no es tarea fácil controlar a esos pobres diablos! Así que vuelvo a repetir... ¿En verdad deseas morir?”
Casi sin saberlo, una leve sonrisa se dibujó en mis labios – “No, ya no... Creo que encontré la pieza que me faltaba.”
Aquel moreno alto vestido de negro me dio una fría palmada en el hombro –“Muy bien, muchacho... Buena elección, tanto para ti y tu familia... Y también para mí.”Ya se dirigía a la puerta para salir.
“¡Señor de los muertos, espera!” lo llamé, sus ojos negros regresaron al verdor de los míos – “Gracias por haber venido...”
Volvió a sonreír orgulloso – “No hay de qué... No hagas más estupideces, ¿de acuerdo? Espero no volverte a ver... demasiado pronto.”
Cerró la puerta con delicadeza tras de sí, y su sombra se desvaneció en la blancura de las lozas del hospital...
Desde aquel día que abracé a la misma muerte, volví a valorar mi existencia.

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