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Un relato imposible para un mundo posible. Martín Hidalgo era, lo que se dice, un hombre solitario. Vivía aislado del mundo, en una antigua propiedad, medio kilómetro al noroeste de Trevélez, que adquirió poco después de que su esposa, su única compañía, falleciera repentinamente, mientras dormía. Cuando Martín despertó y vio a su esposa, Esperanza, con aquella expresión de placidez dibujada en el rostro, supo que estaba muerta. Desde entonces, cada vez que el sueño le vencía, dormía con el último y único pensamiento de no despertar nunca más, de morir igual que ella, con el fin de que su sufrimiento y melancolía le abandonaran, y así él pudiera ir al encuentro de ella, de Esperanza.

En verdad fue un matrimonio feliz, aunque incompleto. La medicina había hecho grandes progresos por aquel entonces, pero insuficientes como para permitir que una mujer estéril concibiera una criatura en su vientre. Esperanza sabía del ferviente deseo de Martín de tener hijos, y puesto que todavía eran jóvenes cuando supieron tal desgracia, Esperanza rogó a Martín que buscara a otra mujer, mas éste nunca lo hizo, pues su amor por ella era infinito.
Así, con el rápido paso del tiempo, llegaron a viejos. Habitaron en Trevélez pacíficamente, en armonía con los demás y consigo mismos. Hasta que la muerte los separó.
Ciertos pueblerinos, viejos amigos del matrimonio, visitaban a Martín con frecuencia, apenados por la muerte de una mujer tan maravillosa como era Esperanza. Sin embargo, ironías de la vida, ellos también encontraron su descanso, uno por uno, quedando con vida el único que no la deseaba. Y los que no murieron se olvidaron de él. Únicamente los lunes, el anciano bajaba al pueblo, comprando lo necesario para toda la semana. Pero no hablaba con nadie, excepto lo requerido, lo mínimo. Tal comportamiento le llevó a ganarse el sobrenombre de "el loco Martín". Todo pueblo necesita un chivo expiatorio sobre el que descargar sus frustraciones, proyectadas a modo de burlas, y el chivo de aquella época de Trevélez fue él. Los más imaginativos aseguraban que Martín, a ojos vista, enloqueció con la muerte de su mujer, y que todas las noches trataba de comunicarse con ella mediante ritos espiritistas. Colocaba velas, decían, en torno a una foto de la difunta, y su espíritu se le aparecía en mitad de la noche, convocado por el único ser que le quedaba en el mundo de los vivos.
Para Martín, continuar en aquella casa significaba una tortura diaria. Cada rincón, cada ventana y ,más aún, la cama que compartieron durante más de cuarenta años, le recordaba a ella. Todo le recordaba a Esperanza, como si su olor se hubiera impregnado en todas y cada una de las cosas de la casa. Y su voz. La recordaba cada día, desde la más tierna caricia hasta la más desagradable discusión. No podía soportarlo durante más tiempo, de modo que vendió la casa y compró otra fuera del pueblo, una cuyo propietario se deshizo de ella con gusto,dado su ruinoso estado. Allí, en la soledad más absoluta y dramática imaginable, Martín esperaría a la muerte...
Nadie se atrevía ya a merodear por la descuidada casa del anciano, con las paredes de piedra derruida, las ventanas rotas y el techo hundido. Y en su tétrico interior, Martín subsistía a base de pan, queso, algo de fruta y un poco de carne, pagado con la pensión y lo que le restaba de los ahorros de su vida.
El silencio permanente del lugar habría desquiciado a cualquiera, pero no a él. Su mente estaba en otra parte, quizá en un lugar entre el mundo de los vivos y el de los muertos, atrapado para toda la eternidad, lejos del alcance de la muerte. Probablemente, allí nunca encontraría la paz que le era esquiva en vida. 
Hasta que un buen día de invierno, la rutina se vio truncada, a modo de inesperada visita. Unos golpes en la débil puerta de la casa alertaron a Martín. Tres golpes secos, propinados con una fuerza considerable, que a poco estuvieron de tumbar la puerta. Martín ignoró tal invocación de su presencia y continuó engullendo el queso, sin hallarle el sabor. Inmediatamente después, otros tres golpes, con idéntica fuerza y el mismo ritmo imprimido. Las bisagras pugnaban por resistir aquellas fieras embestidas.
Por primera vez fue consciente del silencio con el que convivía. Una inexplicable aprensión le invadió mientras caminaba hacia la puerta, sintiendo la mirada de quien estuviera tras ella, leyendo el miedo reflejado en su rostro. "Es la muerte, que ha venido a buscarme". Con esta convicción, permaneció inmóvil ante la imagen cada vez más aterradora de la puerta de su casa. Recreaba la imagen de las bisagras cayéndose repentinamente, tras lo cual la puerta se derrumbaba, levantando una nube de polvo que ocultaba una silueta. Ésta se acercaba, le tocaba con su dedo marcador y todo se volvía negro.
Tres nuevos golpes le hicieron volver a la realidad. Quien quiera que fuese, no mostraba intención de marcharse. Si era la muerte, después de todo, ya tenía lo que buscaba.
Una mano temblorosa le recordó lo aterrorizado que estaba. Al fin y al cabo, uno nunca está preparado del todo. "Allá voy, Esperanza."
Con cada centímetro que ganaba la puerta en su apertura, dejaba entrar un poco más de luz. Un último impulso le animó a enfrentarse por fin al "visitante".
Se encontró frente a un hombre castigado por el frío y la nieve, que no había cesado de caer en todo el día. Iba ataviado con un abrigo negro y largo, lleno de barro a la altura de los tobillos; ligeramente encorvado, la nieve se había depositado sobre sus hombros y el sombrero que le cubría la cabeza y parte del rostro. No se movió ni pronunció palabra alguna cuando Martín abrió la puerta. Seguidamente, extrajo una mano enguantada de uno de los bolsillos del abrigo, para mostrarle un sobre viejo y gastado.
"Esto es para usted"dijo.
Martín no supo qué decir, así que se limitó a coger el sobre ofrecido por aquel misterioso mensajero. Cuando éste cumplió con su cometido, se dio la vuelta en silencio y desapareció entre la nieve y la niebla del lugar.
No necesitaba abrir el sobre para conocer el contenido del mismo. En el largo período en el que estuvo haciendo el servicio militar, Esperanza y él mantuvieron una constante comunicación por correspondencia, y su mujer siempre utilizaba el mismo tipo de sobre, con las mismas marcas de corazones dibujadas en el reverso, como aquél que tenía en sus manos. Sin embargo, la imperiosa necesidad de hallar el mínimo contacto, por insignificante que fuera, con el pasado de su amada, le hizo ver lo que no había.
"Mi querido Martín. Siento haberme marchado tan pronto. Lamento el abandono al que te he arrojado con mi partida, pero la muerte es así, no pregunta, no avisa, no perdona. Sé que llevas mucho tiempo esperando tu muerte, y yo aguardando nuestro reencuentro. Por eso te envío este mensaje, querido mío. Esta noche vendré a buscarte. Espérame en el bosque que tú y yo conocemos."
La hoja de papel osciló en el aire antes de caer, mientras un torbellino de sentimientos desordenaba aún más aquella mente confusa. La idea de que fuera una broma, tan sólo eso, apenas se atrevió a formarse en el razonamiento de Martín. Era su mujer, sin género de dudas, la que le había enviado ese mensaje desde el más allá, y por primera vez en muchos años, la espera tenía sentido; había luz al final del túnel. Esperanza.
Pasaban las horas con extremada lentitud. Curioso que, después de haber esperado tantos años a que la muerte le llegara, cuando al fin parecía que el momento se acercaba, despertaran aquellos sentimientos, tan arraigados en nuestra conducta. Martín se debatía en un conflicto intrapsíquico entre el deseo de reencontrarse con su esposa fallecida y el natural miedo a la muerte. ¿Qué sentiría llegado el momento?¿Dolor?¿Y si no le resultaba grato lo que se encontraría en el otro lado? Y lo más importante, ¿y si no había Nada? Pero pronto recordó que algo sí debía haber, puesto que Esperanza le había enviado un mensaje después de morir. Y si no había nada, nunca lo sabría y nunca lamentaría haberse equivocado en creer lo contrario.
Abandonó la que fue su casa en los últimos años de su vida, sin reparar en que la puerta quedó abierta. El viento, el frío y el tiempo borraron todo recuerdo de Martín, negando cualquier evidencia de su existencia. Paso a paso, se acercaba a la hora y al lugar de su muerte, un frondoso bosque más allá de Trevélez. "Ya voy, Esperanza", se decía. Iba tan emocionado que no se percató del intenso frío que castigaba su frágil cuerpo, y los últimos rayos arrojados por el sol en su ocaso fueron los últimos que aquel anciano recibiría.
Anticipándose a las tinieblas, cruzó el lindero del bosque. La visibilidad era terrible, y más aún para un hombre de su edad, pero él conocía la dirección correcta. Caminó unos minutos, hasta que se encontró en el lugar citado. Un claro en aquella red de troncos, de poco más de diez metros. La luna alumbraba ese espacio inexplicable, con un resplandor extraído de un sueño.
Martín miraba alrededor, atento a cualquier ruido o movimiento entre tinieblas. Quizá el bosque sentía la misma expectación, pues ningún sonido, ninguno, se dejaba oír.
El corazón le dio un vuelvo al vislumbrar una luz entre los árboles, una luz blanca como la luna, que se acercaba lentamente, describiendo una trayectoria zigzagueante. Pronto alcanzaría su posición.
Esperanza, ¿eres tú? gritó a la oscuridad, con voz temblorosa.Esperanza insistió, ¿has venido a buscarme?
Tras la luz se insinuaba una silueta. Permanecía fuera del claro, sin dejarse ver, como si pretendiera aterrorizar más aún a Martín, que en ese preciso momento fue consciente del frío invernal de la montaña. Y la figura, como si pasara de la noche al día, apareció ante los ojos del asustado anciano. No era su esposa, sino el mensajero.
¿Qué significa esto? dijo Martín, no sin esfuerzo, pues lo resultaba casi imposible controlar el temblor que sacudía todo su cuerpo. El mensajero seguía sin responder.¿Es usted una especie de bromista?
Martín creyó distinguir una sonrisa bajo el sombrero portado por aquel extraño sujeto.
Ya tiene lo que quería contestó.
¿Cómo dice?
¿No lo ve?
Joven, déjese de impertinencias. Si tiene algo que decirme, adelante. Un viejo como yo no debe exponerse a este frío.
Exacto, no debe. Por eso está ocurriendo así.
¿Ocurriendo el qué?
Veamos. Lleva usted solo mucho tiempo, ¿me equivoco?
Cree que voy a hablar de mi vida privada con un desconocido?
Había algo en ese individuo, en su extraña sonrisa, en su acento y en su rostro misterioso que despertaron el interés de Martín. Si sabía algo de Esperanza resistiría el frío.
De acuerdo. Sí, mi esposa falleció hace trece años.
Y la añora mucho.
Sí muchísimo.
Desde entonces, sólo espera el momento de su muerte, viendo pasar un día, y otro, y otro, comprobando irónicamente, que nunca llega. Su salud es inmerojable. Dígame, ¿nunca ha sentido deseos de...acelerar el proceso?
¿Qué insinúa?
Sea sincero conmigo. Quedándose solo en este mundo, sin ningún objetivo, ni razón por la que seguir viviendo, ¿nunca ha deseado poner fin a su vida?
¡Nunca!¡Me ofende usted! gritó Martín.
Entiendo. Seguro que es usted muy religioso. La vida es sagrada.
¡Basta ya!¡No tengo por qué seguir escuchándole! concluyó Martín, temblando con violencia. Lentamente, se dio la vuelta y comenzó a caminar penosamente, ya que sus músculos estaban agarrotados por el frío. Apenas sí podía andar.
¿No me va a preguntar nada de la carta?
Ya lo sabía. Esa carta la escribió usted, no Esperanza dijo Martín, lanzándole una mirada cargada de odio.
Bueno, la escribimos entre usted y yo, ¿verdad?
¿De qué demonios habla?
Martín, usted me creó. Yo soy una recreación de su mente. Esa carta no existe en realidad. Ahora, se encuentra hablando solo, en el bosque, congelado de frío. ¿Lo ve ahora?
Martín cayó de rodillas, abrazándose a sí mismo.
No...puedo...creerle.
Sabe que es cierto. Por un lado, deseaba la muerte, pero por otro, tenía miedo de ella. Estaba atrapado. Así que su mente elaboró esta farsa, para engañar al lado consciente, de modo que aunque se acabara enterando, fuera demasiado tarde para arrepentirse. Mírese, ya no puede ni levantarse. La muerte por congelación es muy dulce. Da la sensación de que uno se queda dormidito, y eso es justamente lo que buscaba. No lo vea como un suicidio. En cierto modo ha sido un accidente, o un dejarse morir. Hasta siempre, Martín.
El hombre de negro desapareció en la oscuridad, abandonando a Martín a su suerte. Quedó postrado en el suelo, entre hojas, barro y nieve. Lloraba, no por la muerte inminente, sino porque ahora estaba convencido de que no había nada al otro lado. Esperanza se había marchado hacía trece años y nunca más la volvería a ver. Se sorprendió al verificar que estaba sonriendo. Sentía calor y notaba como sus párpados le vencían. No ofreció resistencia alguna. Sólo quería descansar.
Sin embargo, antes de abandonarse al sueño eterno, un resplandor iluminó de súbito la oscuridad del lugar. Una mujer caminaba hasta él, toda ella vestida de blanco. "Esperanza, has venido a buscarme."

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