Home  //  Historias  //  Historias de Monstruos  //  El caso sin resolver

Una tarde de miércoles cualquiera. Una fuente en medio de una plaza adornada con surtidores que enviaban el agua hasta el cielo. Los días de viento la calle se mojaba y los transeúntes prudentes dejaban unos metros de separación entre el estanque y sus pasos.

Los últimos días de invierno, poco antes de que la primavera alegrara el mundo. En la profundidad del estanque, muy cerca de la rejilla que guarda el desagüe. Las monedas brillan con la luz del sol. La suciedad se acumula en las esquinas y una pasta blanca flota en la superficie, quebrada por la caida del agua. Allí en lo alto, constante y perenne. Doce horas diarias encendida, junto a la mitad del día que su ruido calla y el agua parece un lago en calma.
Las noches de celebración, al menos una vez al año. La gente gozosa celebra los exitos deportivos bañandose en ella, sin importarles la fuerza de sus chorros o la temperatura de su líquido.
Ese miércoles del final del otoño cuando la tarde se convirtió en noche; y el ruido de los coches se calmó por lo avanzado de la hora. Un moribundo decidió reposar sobre la superficie lánguida; cayó sobre ella, extendió los brazos y boca abajo dejó de respirar. La luz lo iluminaba, mientras en la calle desierta las bolsas de plástico recorrían metros impulsada por el aire sobre la calzada y cuando el ímpetu pasaba volvían caer sobre la calle.
Un noctámbulo paseante descubrió el cadaver diez minutos más tarde. Este honrado ciudadano responsable llamó a la autoridad competente; y estos mandaron a una pareja de agentes.
Casualmente esa noche se encontraba de guardia el mejor comisario del cuerpo de policía de la ciudad:
El famoso y conocido agente López...
Su fama había crecido en los últimos tiempos, gracias a la resolución de algún caso.
López prefería mantenerse en el anonimato , era preferible para la buena marcha de los asuntos judiciales.
Cuando llegaron encontraron un cadaver boca abajo de un hombre de unos cincuenta años, vestido de forma informal. Tras su retirada del agua efectuada con permiso del juez, que con rapidez inusitada había acudido a los veinte minutos de la llegada de los agentes. Parecía ser que esta noche aciaga nadie podía conciliar el sueño. Todo el mundo estaba deseando dejar el hogar donde la pariente tampoco dormía. (Es curioso observar como la mente policial le gusta divagar sobre las posibilidades que se le pueden atañar a la vida de los demás). Lo dicho. El juez decidió levantar el cadáver .
Fue sacado de la fuente, recostado sobre la acera y previamente y a simple vista, nuestro heroe pudo observar que el finado tenía la desagradable apariencia de la frente hundida por lo que parecía un golpe con un objeto contundente que le había fragmentado el cráneo produciendo perdida de masa encefálica, que por cierto flotaba sobre las aguas. Previa a la autopsia que aclararía toda posible duda, la causa de la muerte podía estar clara...

El asesino había propinado un golpe con un objeto pesado sobre la cabeza de la víctima, qué sin saber cómo, había conseguido arrastrarse hasta este punto.
El informe del forense les diría sin la muerte estaba causada por el golpe o, tal vez, por ahogamiento al caer boca abajo.
Tres horas más tarde López se encontraba ya en la comisaría y el finado había sido ingresado en el instituto médico forense a la espera de la autópsia, que se realizaría a primera hora de la mañana. Si la suerte era propicia a nuestro agente se le permitiría dormir un par de horas antes de que esta historia continuase. López estaba cansado tras una noche de luces y ojos inflamados.
El aspecto del cadáver no era agradable. Nunca acababa de acostumbrarse a las muertes violentas. Le parecía antinatural ese paso abrupto entre la vida y la muerte que lleva la violencia. Estar en pleno vigor físico y en unos segundos el corazón y la mente desaparecen y pasan a formar parte de los seres inanimados.
Una piedra más en el camino.
En la comisaria había un par de habitaciones, con unos cómodos colchones que eran utilizados por el cuerpo para descansar un poco en las largas guardias. López se tumbó y como un niño quedó dormido. No tardaría mucho en volver a la dura realidad.
Cinco horas más tarde el cansado cuerpo de López fue zarandeado sin aspavientos. No pudo reprimir una blasfémia, que los cielos le perdonaron pues los niños y los dormidos no controlan sus actos.
Pasaron unos treinta segundos antes de que las neuronas que se escondían dentro de su cerebro cordinaron un pensamiento lógico, racional; y humano. Sobre todo cuando oyó la voz de un compañero de trabajo que le decía:

López, despierta. El cadaver ha desaparecido. Antes de recobrar el conocimiento se frotó los ojos, puso sus escasos cabellos en posición vertical al suelo, y por fin fue capaz de decir:

¿Qué dices Antonio?.

Han llamado de instituto anatómico. Que esta mañana iban a practicarle la autópsia y se encontraron con la desagradable sorpresa que el cuerpo había desaparecido. Fueron muy explícitos explicando que los que se llevaron el cadaver no tuvieron cuidado y al parecer hay restos de sangre, sesos y otros materiales corporales asquerosos por todas partes.

López escuchaba y no podía creerlo.
¿Quién iba a secuestrar un cadáver?.

Su trabajo cada día que pasaba le gustaba menos. No le bastaba tener que buscar un asesino, sino que ahora a la víctima.
Bueno será mejor ir hacia allí. A ver lo que tienen que explicar .Entró en su despacho, cogió su chaqueta, abrió el cajón donde escondía una caja de "donuts" y con uno de ellos entre los dientes salió a la calle....

La temperatura agradable se veía perturbada por la fria brisa de la mañana. Los primeros rayos de sol asomaban por encima de los edificios de ocho plantas que alargaban sus sombras más allá de la atención.

López entró en el coche y se dejó conducir por las calles atestadas de tráfico y ruido (este último una incoveniencia más que viene aparejado a las máquinas y el ser humano).

Tardaron veinticinco minutos en llegar al destino : Un trayecto de dos kilómetros, sorteando obstáculos, semáforos, pasos de cebra, vehículos en doble fila, aguantando las prioridades; y sobre el techo del coche el sol asomando, calentando los lugares pequeños y metálicos.

López abrió la ventanilla extrajo su brazo y espero con paciencia.

En el instituto anatómico forense nadie podía creer lo que había sucedido. Algo o alguien habia sorteado las medidas de seguridad y se había llevado un cadáver. El agente se acercó a un pequeño grupo de hombres y preguntó una cuestión tan absurda cómo:

¿Qué ha sucedido?.

En medio de la habitación, una enorme camilla metálica manchada de sangre. En el suelo restos nada agradables de material humano.

Alguien se ha llevado un cadáver. Dijo uno de los médicos. Un hombre alto, de bigote, de unos cuarenta años, y con aspecto de sentir que estas cosas producen inconveniencias. Ya se sabe : Informes por escrito, etc, etc...

Eso es algo evidente.Dijo López. ¿Sabéis por dónde han entrado?. ¿Han roto alguna ventana, puerta?. ¿Alguna huella?.

Parece ser que la puerta por donde se llevaron el cadáver fue destrozada desde dentro . Reventaron la cerradura y la rompieron con un hacha o algo por el estilo.

¿No había nadie de guardia aquí?. Preguntó nuestro agente. Las preguntas lógicas tenían una lógica respuesta.

Debería haber un guardia jurado, pero lo extraño es que ha desaparecido. Llamamos a su empresa y nada saben de él.

López reflexionó, puso las manos sobre la cabeza, dió un paseo visual por la habitación. Una pared llena de puertas metálicas ocultaban las neveras que servían para conservar los cuerpos.

Algo le dijo que debería acercarse. Lo hizo, nada le resultaba extraño. Todas las cámaras estaban cerradas. Habría al menos una veintena. Con la mirada descubrió que su rostro se reflejaba en el pulido metal. Se apoyó en una de las manillas que cerraban las neveras. Observó entonces que la puerta estaba abierta. No tenía intención de ver lo que había dentro, sin embargo la puerta se deslizó. La luz penetró en el fúnebre habitáculo...

López retrocedió asustado. El rostro desfigurado del guardia jurado le miró con el ojo que todavía le quedaba. La nariz arrancada. El labio rasgado dejaba ver los dientes que destacaban sobre la mandíbula superior. El uniforme roto, destrozado; no conseguía ocultar el vientre abierto. Las tripas que aún humeaban....
Un episodio atroz que por desgracia complicaba las cosas.

¿Qué bestia humana había cometido tal atrocidad?.

Los presentes miraron asustados. Ni una palabra salió de sus bocas. Esperaron que el veterano agente resolviese la cuestión.
Descubriera lo qué nadie sabía. Que con una simple ojeada diera con la naturaleza del asesino.
Un hombre muerto el día anterior, desaparecido; y ahora otro crimen inexplicable.
¡Demasiado trabajo¡.

López no esperó ni un solo minuto. Los forenses deberían comenzar la autópsia al nuevo cuerpo.

Los muertos no hablan pero siempre dan alguna respuesta. Aunque estas no gusten y sean lo suficientemente crueles para convertir en pesadillas el sueño de los vivos.

Los forenses quedaron trabajando y la policia volvió a la comisaria....

Un par de horas más tarde en la ciudad vieja. Allí donde las casas son oscuras, húmedas y abandonadas. En un bajo cubierto de suciedad, polvo y ratas. El cadáver de un hombre fue arrojado como un perro. El rostro desfigurado apenas adivina los rasgos de lo que en un tiempo fue un hombre. Dos enormes ratas se alimentan vorazmente de lo que queda de su nariz.

El lugar sombrío, iluminado por un hilillo de claridad que traspasa el portón metálico separa el lugar de la calle. Donde se oye la risa de los borrachos que noche tras noche olvidan sus miserias con auxilio del alcohol.
Nadie se acerca a esa persiana. Son ya muchos los años que la cerradura se ha abierto. Los goznes están oxidados. La pintura cascarillada. La única pintura reciente es la que los graffiteros han dibujado en su exterior.

El bajo sería un local comercial, sí las paredes fueran pintadas. Los viejos muebles apartados. El suelo de tierra cubierta por una fria baldosa y el hedor de los gatos,(que consideran este terreno como uno más de su amplio territorio) perfumado.

Aquel hombre de unos cincuenta años, muerto el día anterior había sufrido lo que la descomposición no habría conseguido en un mes.

Las costillas se descubrían entre el frio esternón...

En la esquina más profunda del lúgubre lugar, detras de unos viejos muebles apilados como material para quemar... Se veía unos ojos que miraban sin brillo. En sus manos manchadas caían restos de vísceras; y entre sus labios sin sonrisa unos afilados dientes se daban un festín..

El hambre y la miseria era el sinónimo de sus facciones, apenas se movía entre la oscuridad. El ruido de la carne engullida entre las mandíbulas y el movimiento de una mano cadavérica acercándose a su rostro daba la sensación que todo había acabado en este mundo...

Son sueños imposibles. Sueños que responden a mentes perturbadas.
La noche oculta los pecados entre tinieblas.

López ya en su despacho abarrotado de expedientes. Su mesa adornada con un teléfono descolgado, al fondo el retrato de su majestad presidiendo con ese rasgo de superior aristocrácia; y su disfraz de CapitanGeneral mirando de medio lado.
En la esquina superior derecha de la mesa un retrato del agente con su mujer: boligrafos, celo, clips esparcidos por todos lados.
A su alrededor dos agentes respiran con dificultad, sus pulmones echan en falta el aire que han agotado tras una rápida cabalgata.

Señores. Yo siempre he sido un buen lector.Dice López. meditando con tranquilidad sus palabras.Creo que he leido demasiado. Cuando uno lée mucho. ¿Sabeís lo qué pasa?. Los dos le miraban como diciendo de qué iba todo esto. Que los detalles realmente importantes se te escapan. Lées, pasas las hojas. Te entusiasmas con la belleza de las palabras, pero si el autor es complejo, se te esconde lo fundamental. López se paró un momento observando los rostros serios, confusos de los dos hombres que ignoraban porqué los habían llamado. ¿Ustedes no léen mucho. Verdad?. Un silencio molesto de dió la respuesta. Deberían leer. Todo el mundo debería. es un buen entretenimiento y además te dá un cierto bagaje cultural. Ya sabeís un pequeño "poso" que se va acumulando en nuestro cerebro. Nada que ver con los "michelines". Esta es una gordura amable y fructuosa. Se paró un momento como queriendo escuchar sus palabras. Tendría que volver a retomar las grandes novelas: "Guerra y paz". He leido hace mucho a Nabokov: "Lolita", "Pálido fuego"; o "Ada o el ardor". Creo que habré aprovechado de ellas un quince por ciento de la totalidad de su riqueza. Hay que leer con más calma, saboreando la lectura. Llegar a los detalles. No importa el argumento. Hay que encontrar la dulzura de las palabras. El juego verbal que crea el autor. No sé... Debería haber leido menos...

Bueno. ¿Qué os ha dicho el forense?. ¿Tenéis el informe por escrito?. Los agentes se preguntaron de de que estaba hablando. No habían conseguido desconectar del discurso inicial.

No sabiamos que fuera usted tan aficionado a la lectura.

Uno nunca sabe nada de los demás. ¿Verdad?. Puedes convivir treinta años con alguien y al final no tienes ni puta idea de su vida. En eso consiste nuestra profesión. El más amable ciudadano, ese que todo el mundo dice que es un caballero tiene a su suegra congelada en la nevera. ¿Bueno, qué decís?.

Parece ser que el guardia murió por un duro golpe en la cabeza, aunque el arma no aparece. Los desgarrones que se encontraban en la cara, no fueron provocados por ningún arma, más bien lo devoraron. Son mordeduras, como si el asesino le hubiera echado a las fieras. Un caso francamente desagradable. El informe por escrito nos lo mandarán mañana.

López se levantó de su mullido sofa, paseó por su despacho reflexionando , o al menos hacer creer que lo hacía, miró a traves de la ventana, veía pasar los coches lentamente deteniendose ante la densidad del tráfico.

Deberían encontrar el otro cadaver.
¿No dicen que los muertos hablan?. Es lo que dicen de la policía científica.
Mañana a las diez reunión en mi despacho. Necesitamos organizarnos...

La noche está repleta de vivos inconscientes, es algo así como llaman al sueño.¿Cuántos ciudadanos conscientes permanecen con los sentidos avisados?.

Una pregunta insoluble.

Las farolas iluminan las calles vacias, alargando sombras que reflejan figuras fantasmagóricas en el plástico de las persianas. El sonido de un coche aislado. El ronroneo de los anuncios publicitários. El brillo de los escaparates que muestran sus productos detras de portones enrejados, cerraduras con la seguridad de "fichet".

En la policía, las luces no se apagan nunca. Las puertas permanecen abiertas: Acojen a los borrachos, a aquellos que alteran el orden público. No basta con no dejar dormir. Eso hoy no es importante. Los bienes públicos son repuestos por el presupuesto del Estado. Los seguros se encargan de reparar las roturas de vidrios o la sustracción de material. Lo único que no pueden reparar es la muerte.

A las tres cuarenta y cinco de la mañana los agentes de servicio tuvieron que acudir al rescate de un posible suicida que amenazaba tirarse desde el viaducto a una altura de unos treinta metros sobre el rio de aguas embravecidas.
Un sinónimo de muerte segura.

Los tres agentes se encontraban patrullando en lo que sería una noche tranquila. Llegaron a escasos metros del lugar y se encontraron a un hombre de unos treinta años con el torso desnudo, cubierto de heridas provocadas por un objeto muy afilado. La sangre manchaba su pantalón vaquero. El rostro descompuesto reflejaba su locura.

Unos encendidos ojos. Los labios agrietados. Los dientes amarillos. No comulgaba con la imagen de Dios. Estaba más cerca del infierno, sobre todo cuandos las palabras blasfemaron la noche:

¿Qué haceis aquí ?. Viles seres miserables, gusanos infectos. Vuestra vida no vale nada. ¿Queréis ayudarme?. Los ojos enrojecidos por la ira. Yo soy un dios y viviré eternamente. El mundo no significa nada, solo la sagrada contemplación de mi maestro calma mi ira. Él me ha dicho que ha llegado el momento, mi liberación. El mundo llegará a su fín pronto. Vosotros infieles pagaréis por vuestros pecados..

Los agentes intentaban calmar la oscura fuente de palabras sin sentido. No sabían lo que podría hacer semejante loco.

Debería calmarse. Dijo uno de ellos mientras estiraba un brazo señalando al hombre intentando tranquilizarlo.

Tomar la verdadera naturaleza de mi vida. y sin previo aviso con un cuchillo que llevaba escondido en su pantalón se arrancó un buen trozo de carne de su pecho. Se la arrojó sangrante a los agentes.

La carne es vida, Es la fuente de eternidad. "Él que coma mi carne tendrá la vida eterna" Tras semejante herejía, sin mediar ni un solo grito se dejó caer la vacio. Su cuerpo golpeó el pilar del puente antes de que éste descansara sobre la superficie del agua.

El trozo de carne arrancado descansaba a los pies de la ley, estaban demasiado trastornados para observar el destino que la fortuna les había deparado...

A veinticinco metros de altura el cuerpo se veía pequeño, flotando en las turbias aguas. Los agentes observaban como el cuerpo sin vida era arrastrado hacia la orilla. Una zona donde los altos cañaverales ocultarían el cadáver. Llamaron a la central explicando con brevedad el suceso.
Veinte minutos más tarde un nutrido grupo de hombre acordonaron la zona.
Un amplio lugar donde la corriente había llevado el cuerpo. Entre los hombres se encontraba López que esperaba con ansiedad el rescate del suicida.

La luna en el cielo iluminaba las aguas, ni una sola nube enturbiaba su poderosa luz, los cañaverales se destacaban por encima de las aguas. Pronto poderosos focos iluminaron el lugar.
Pasaron veinte minutos más. Los agentes estaban seguros de que el cuerpo estaba entre esas plantas acuáticas. Miraron cada palmo del lugar. La superficie y el barro sumergido: no se hallaba allí. Tras una hora de esfuerzo, quedó confirmado: O había sido arrastrado rio abajo por la corriente; o alguien se había llevado el cuerpo.

Esto es una locura. ¿Pero qué está pasando?.López nunca había visto nada igual, miraba a los colegas con cara de no comprender.Los muertos no salen corriendo. A no ser que un "Mesías" los resucite. Hay que ampliar la busqueda.

En el horizonte la claridad empezaba a asomar por el este. La mañana se daba paso despues de una larga noche.
Ya con el sol asomando, un agente descubrió un sendero abierto entre la hierba: Estrecho, cubierto de maleza por ambos lado.
El agente se agachó y alli entre el verde pasto: Un trozo de carne manchada de sangre. No se atrevió a tocarla. Pero no cabía duda alguna. Era lo que quedaba de una oreja. Llamó al comisario que acudió con prontitud. Éste sin ningún comentario, con una simple inspección ocular vió un lugar cubierto de pistas.

Señores, el trabajo nos llama. Hay que sacar muestras de todo. López pasó una mano por el cabello y no pudo reprimir un suspiro mientras en voz baja, en confidencia con un agente que estaba próximo a él; le dijo:
"El mundo está desquiciado y que tenga que venir yo para arreglarlo". El policía lo miró con admiración.
¿Qué le pasa?. le dijo López. La frase no es mía , pero en el contexto queda de puta madre. Le dá interés a mi caracter. Me hace una persona interesante.¿Verdad?.
¿De quién es la frase?.
No sé, será de Hamlet supongo. Todas las buenas frases son de Hamlet. Se me quedan, pero nunca recuerdo donde las he leido. Creo que voy a mandar a los chicos leer novelas de terror. A ver si con ello sacan algo más que yo. Quizá la solución la encontremos en Poe, o Lovecraft.
¿No sé?...

A pocos kilómetros, en un lugar oculto por cientos de calles, edificios habitados. Tras un número desconocido de paredes; en una habitación oscura y sin ventanas. Dentro del alma de la ciudad, en medio de las vidas que respiran, desconocedoras de algo más que sus propias realidades, ajenas a las pesadillas que envuelven a aquel que ha renunciado a la realidad, para vivir otras experiéncias. Mucho más allá de la vida o la muerte:

La eternidad es posible, solo hay que renunciar a los principios propios del ser. Descubrir que la muerte de los hombres es la fuente de la vida eterna.
Unos pocos lo saben.
No es fácil descubrirlo. Pero cuando lo hacen, saben que la vieja vida ha desaparecido. No importa el tiempo, ni las generaciones, ni la técnica, ni la riqueza terrenal.
¿Para qué?. Si la vejez te impide disfrutar de ella.
Los hombres olvidan la muerte, la suponen; cuando el vigor físico es mermado por el tiempo. Se aferran a la materia creyendo que ella les ancla a la vida. Craso error.

El hombre sentado en una silla no respira pero vive, al igual que los dos hombres mutilados que lo acompañan. No necesitan de los órganos. A uno de ellos le falta un ojo, pero igual vería sin ninguno, correrían sin piernas.
La vejez se ha detenido. Su apariéncia les impide integrarse en el mundo; sin embargo llegará el día en que ellos tomarán las calles.

Bajo la ciudad se encuentran cientos de kilómetros de calles sin tráfico, rodeadas de un olor pestilente. Hábitat preferido por un pequeño gran grupo de animales de cuatro patas, bigotes y dientes afilados. A ellos le gusta la húmedad, los excrementos, la comida putrefacta, los restos inservibles que mueren y se internan en la cavidades que la tierra les ofrece.

Hay un grupo de hombres vestidos con ropas impermeables, casco amarillo; y una linterna que ilumina sus pasos. Éstos, cada día bajan las escaleras metálicas cubiertas por el óxido, y con paso decidido meten sus pies en las túrbias aguas que fluyen por los pasadizos oscuros.
Son tantas las cavidades olvidadas que allí se encuentran, que es imposible conocerlas todas. Es el lugar preferido por aquellas criaturas que quieren esconderse, o tal vez; agazapadas en busca de una presa.

Todo el que vive tiene necesidad de comer:

Los alimentos podridos. La carne muerta, no deja de ser un pobre alimento. En alguna esquina, los obreros ven lo que queda de un perro. En ellos ya solo se percibe la piel que recubre los huesos. Las cuencas de los ojos están vacías. En su mandíbula destacan el blanco de los dientes.

Los hombres caminan, han llegado a un corredor enorme. El suelo tiene dos palmos de agua, y sobre ellos, el techo abovedado no supera los dos metros. Entre las rendijas de las piedras el agua se escurre en gruesas gotas que caen sobre sus cascos.
Un ruido sibilante se percibe con claridad. No saben lo que puede ser. Tal vez un filtración de aire por una pequeña rendija.
Caminan con paso firme. Quieren llegar hasta el final del largo corredor. Al fondo se abren tres nuevos pasillos. Uno de ellos es más ancho y el suelo está totalmente seco. Llegan hasta él. Es un corredor sin salida. Una pared construida con pequeñas piezas de pizarra cierra el paso.

Los hombres iluminan la pared..

¿Qué es esto?. Dice uno de ellos.

El suelo está cubierto por decenas de ratas devorando lo poco que ya queda de los restos de alguién que estuvo vivo. Lo que en un día fue un hombre. En su mano izquierda todavía brilla un gran anillo; y a su derecha, algo que podía ser una libreta descansaba contra la pared.

Los hombres se acercaron. La luz y el ruido ahuyentó a los roedores. Contemplaron en silencio al cadáver. Éste había muerto devorado. Sus manos se habían destrozado contra la pared. El surco de los dedos habían imprimido con sangre el muro.

Los dos funcionarios estaban nerviosos. Uno de ellos observó como la linterna del casco comenzaba a fallar, justo en el momento en que percibió un extraño sonido inquietante tras el sólido muro en donde se encontraban...

El ruido no tenía nombre dentro de la mente humana. Éste era la respuesta a la pregunta de:

¿Qué había matado a éste hombre?.

Quizá la libreta aportara alguna respuesta. Cada una de sus hojas estaba escrita con una letra dificil pero legible. En ella habían utilizado una tinta de un rojo muy oscuro....

No era dificil adivinar la verdadera naturaleza de la escritura.

Pasó algún tiempo, cuando mirando aquella pared uno de los hombres había cogido el cuaderno en sus manos. Era una simple libreta escolar, de anillas. No había luz suficiente para averiguar su mensaje. En una, muy breve ojeada observó su lenguaje. Alguna de sus páginas estaban ilustradas con dibujos esquemáticos, figuras geométricas, rostros básicos de seres nohumanos; con nombres impronunciables a sus pies.
Miraron con pavor el mensaje. Los sonidos inquietantes aumentaban por momentos. El ruido sibilante que habían oido en un principio se había convertido en una molestia.

No era ninguna rendija en la pared. Era un sonido que provenía de un corredor. Se acercaba , no cabía duda. El pasadizo se cubría de misterio. Ahora se encontraban en un pasillo sin salida a lado de un cadáver, debajo de la pálida luz de una linterna.
Pobremente iluminaba el final de la pared. Allí donde el corredor se entrecruzaba con otro. El sonido vénía de un lugar a su derecha. El agua se deslizaba veloz, su caudal aumentaba, estaba comenzando a inundar el suelo donde se encontraban.
La velocidad del torrente aumentaba. Pasaba raudo, parecía que ésta huía buscando salida.
Los trabajadores estaban paralizados. Se veían incapaces de huir. Sabían que para hacerlo tendrían que pasar por esa esquina. Estaban seguros que alguna criatura esperaba en la encrucijada.

Unos segundos más tarde, notaron el frio bajo su ropa. Un vaho misterioso salía de sus labios. El agua se congelaba. Tocaron la pared. El hielo comenzaba a formarse entre los bloques de pizarra:

¿Qué habría tras ese corredor?.

El miedo era intenso. La muerte sería un alivio. No podían descubrir el enigma tras esa pared. El frio inhumano. Pronto dejaron de sentir los dedos en sus manos y pies. El aire que respiraban congelaba sus pulmones. Los bronquios se cristalizaban. La saliva de su boca. La sangre fluía espesa. La temperatura bajó hasta el punto que el corazón dejó de latir.

Los hombres murieron en el mismo lugar que la persona devorada.
El sonido cesó. Las aguas se calmaron;
y cientos de pequeñas patas caminaron para alimentarse de nuevo...

Echemos la vista atrás y recordemos a la primera víctima de esta lamentable historia. Un hombre de unos cincuenta años aparecido flotando en una fuente. ¿Qué pasa con él?. Pregunta López a los agentes reunidos en el despacho. Un martes a primera hora de la mañana.

Que desapareció al día siguiente . contestó un policía de aspecto rudo con una buena barriga sobresaliendo por encima de su cinto.

Muy bien. Veo que están ustedes atentos. La pregunta es: ¿Ha vuelto a aparecer el hombre?.
No.
Y ello a ¿qué conduce?. La pregunta necesitaba reflexión por parte de sus chicos. Pasó un largo minuto de silencio, que visto la escasez de neuronas trabajando tuvo que contestar el propio López.
Están ustedes muy poco espabilados. A raiz de ésta muerte, hubo otra relacionada con ella. El guardia jurado que apareció en la cámara frigorífica. López descansó un momento de su discurso. ¿Algo más qué le sugiere esto?.
¿Alguna otra muerte quizá?.

Uno de los agentes levantó la mano. El más joven de los presentes, el único del grupo al que el uniforme le quedaba (digamos correctamente).

Comisario. Creo que el suicida del viaducto tiene algo que ver en este caso.
¿Por qué lo cree, agente?. López sabía la respuesta, cualquier policía salido de la Academia lo sabía. Era algo obvio. Lástima que la realidad policial fuera tan distinta a la ficción.
Al igual que el primer caso el cadáver ha desaparecido.
Muy bien. Eso hace que haya un punto común en dos de las víctimas. Sus restos han desaparecido. Reflexionemos.

El silencio rodeó la habitación. Si ésta tuviera un color sería: el negro. Pensamiento común que iluminaba la escena.

Coloquémonos en la sala de la autópsia. Un cadáver en la camilla, luego alguien mata al guardia jurado y lo introduce en la cámara. Éste aparece mutilado. La autópsia al día siguiente descubre profundas incisiones: Un ojo arrancado, etc, etc... La muerte se produjo por una gran perdida de sangre producida por dichas heridas. Nada más. El asesino. ¿Quién sabe?. Una mala bestia que muerde, desgarra, come. Puede ser un hombre; o tal vez un animal. Esto último es dificil pues si se tratara de algún animal quedaría algún resto: Pelo, saliva. ¿Yo qué sé?. La autópsia dice que nada de nada.
¿Ningún corte fue con arma blanca?. Preguntó el joven agente.
Si fuera un cuchillo quedarían cortes en la carne. No hay nada de eso. Necesitamos a Conan Doyle; o tal vez la solución la encontremos en: "Los crímenes de la calle Morgue". Quizá sea un gran simio enloquecido

Hubo una pausa que se respiró con devoción. López estaba pensando y cuando lo hacía era un momento sagrado, casi religioso. Los agentes permanecían callados el tiempo necesario. Nadie se atrevía a respirar, no fuera ser que un acto así rompiera lo divino del instante. La pausa se rompió con el sonido del teléfono. López lo dejó sonar. Todos miraban hacía él. Ninguno se atrevía a tocar el instrumento de comunicación.
El comisario levantó el auricular y preguntó:

¿Qué ocurre?. Todos pendientes del rostro de López, que contestaba de vez en cuando con meros murmullos, salpicado de vez en vez por un sí o un no. Un minuto despues colgó el teléfono.

Parece ser que dos trabajadores han desaparecido entre la red de alcantarillado. Se ha perdido todo contacto con ellos. Han comenzado la busqueda... Será mejor que vayamos hacía allí.

López no pudo reprimir una de sus reflexiones filosóficas en voz alta.

Éste mundo es muy complicado. Dicen que hay Paraiso, purgatorio e infierno. A nosotros siempre nos toca alternar con los servidores del infierno. López caminaba con dos agentes hacía el coche. Habían bajado las escaleras y ya veían a traves de la puerta de cristal un coche policial mal aparcado.

¿Cuántos demónios habrá en el infierno?.

No sé, comisario. En realidad no sé si existen. Le contestó el más alto de los dos. Un hombre con bigote de unos treinta y pocos años.

¡Cómo no van a existir!. No creo que tengan cuernos y un rabo colorado; pero son inmortales y tienen el corazón negro. Si no existieran. ¿Cómo iban a pasar éstas cosas?. Saben una cosa, señores. A mí me gusta hacerme preguntas absurdas. A veces te sorprenden las respuestas. La iconografía popular coloca a los demónios entre el fuego; sin embargo para Dante, Satanás tiene el cuerpo sumergido en el hielo. Es el señor del frio...

Ninguno de los hombres contestó. Uno de ellos conducía. El otro iba detrás, López de copiloto. La ventanilla abierta y su brazo apoyada en ella.

Me gusta pensar, exponer ideas poco comunes. Por cierto agente. Se refería al hombre que conducía. ¿Cúando ha utilizado por última vez su arma?.
No sé. No recuerdo. En las prácticas de tiro yo era un buen tirador.
Me refiero en acto de servicio. ¿Lo ha hecho alguna vez?.
Tengo que pensar. Creo que no, al menos no lo recuerdo.
La vida policial es muy aburrida. ¿Verdad?. En el cine o en la novela negra todo son tópicos: Golpes, tiros, violencia, asesinos locos. Confidentes estupidos a los que siempre se les aprieta las clavijas. ¿Conoce usted a algún confidente?. De esos que conviven con los bajos fondos, y saben cosas.
Alguno debe haber. Eso dicen. Yo la verdad es que nunca he tenido tratos con ninguno. Aunque más bien eso les incumbe más a los de narcóticos; o a los del crimen organizado. El asesinato no tiene confidentes.
López escuchaba las palabras asintiendo con pequeños movimientos de cabeza.
La calle estaba muy viva. Los coches lo rodeaban, La velocidad era muy lenta, entre semáforos vehículos en doble fila en calzadas estrechas. Pronto llegarían al lugar.

No nos vendría mal alguien que supiera de lo que estamos tratando.

El lugar estaba siendo registrado por un buen número de hombres. Todos ellos pertrechados con trajes impermeables; y unas buenas botas de plástico. La red del alcantarillado era muy amplia, llena de pasillos, repetitivamente frios y húmedos, con animales pequeños de dientes incisivos y sucios, llenos de micróbios que contraen enfermedades dignas de estudio para un buen epidemiólogo; llena de productos tóxicos que ocuparían una gran cantidad de horas para un químico.
Lo peor de las cloacas es el sonido. Encontrarse en un lugar cerrado, sin luz, rodeado de tierra sobre la cabeza. La sensación de ser enterrado vivo es un pensamiento que a cualquiera que entra en estas cavidades se le pasa por la cabeza.
No a los funcionarios habituados a este triste hábitat.

La policía caminaba entre las aguas negras, comunicando a la central todo lo que iban descubriendo. Alertas a cada vibración. Una simple piedra que cae propaga su sonido por los corredores, distrayendo la atención de los sentidos que se confunden, estimulando a la imaginación a crear monstruos que no existen.

Necesitaron diez horas para encontrar los cuerpos. Tres hombres en un túnel ciego devorado por las ratas. Poca carne ya en sus huesos. Los tres a lado de un muro pizarroso, manchado de sangre. Restos de alguien que quería escapar antes de morir, luchando quizá por el camino equivocado.

Antes de levantar los muertos, todos aquellos hombres que intervienen en éstas cuestiones observan el lugar: Polícías, médicos, juez....

La opinión generalizada es que las ratas se habían dado un gran festín. Los restos fueron retirados junto a un anillo y una libreta que tal vez diese alguna respuesta.

Las ratas no atacan a los humanos. López lo sabía. Había algo oculto.
Esta investigación ofrecía pocos consuelos.
Víctimas y familias destrozadas que ni siquiera en alguno de los casos podrían enterrar a sus muertos.

La pesadilla continuaba.

La ciudad crecía y las mentes enfermas poseidas por demónios infernales ansiaban la vida eterna a traves del alimento divino.

Una Iglesia abandonada en la noche aciaga. Una cruz invertida. Unos hombres enmascarados envueltos en hábitos negros, todos con una cruz negra: La figura del anticristo.

En el altar sacrílego una mujer desnuda. El sudor de su rostro, su postura yacente se dibuja con el vientre rasgado. La figura de un recién nacido, con su cordón umbilical.

Los hombres se acercan con afilados cuchillos. La madre orgullosa, sonríe, pues su hijo va a ser el alimento que dá vida. Pronto, antes de que la existencia se convierta en un hecho esta es arrancada cuando descuartizan al bebe.

Que rica es la carne de sus brazos, lo tierno de su vientre; lo sonrosado de sus muslos.

En el fondo del ímpio templo Baphomet está orgulloso. Por fin su legado tomará la tierra.
Justo cuando la madre ensangrentada satisface su hambre con las vísceras todavía calientes.

Baphomet ha sido invocado con la invocación apropiada. Muy pocos adoradores lo habían conseguido. No utilizaban las palabras adecuadas. El mundo siempre ha estado poseido por el mal. Sin embargo muy pocos sabían la verdadera naturaleza del mismo. La fuente de la vida eterna. La inmortalidad tan deseada. Los cristianos creían que solo Jesus podía resucitar a los muertos. Un error que los ignorantes e incrédulos pagarían con su vida.

En el centro, el Sumo Sacerdote de la congragación vive . No necesita del aire. La sangre coagulada está seca sobre su carne. El fluido sanguíneo ya no fluye. Lo dejó de hacer una noche en medio de una fuente.
Recuerda aquella tarde unas pocas horas antes. Su vida de fracasos había encontrado el yacimiento de la sabiduria. Tres años empleando su tiempo libre en el satanismo. Una doctrina equívoca, maldita, odiada, vilipendiada por el mundo.

Despreciado por los propios adoradores del Diablo, educados en el odio, la malicia, el desprecio absoluto por el semejante.

Tenía que aprenderlo el mismo. Baphomet le enseño que los vicios son la fuente del saber.
El sexo no se disfruta sin la depravación y la muerte.
Experimentó con su cuerpo experiencias sin nombre; sin embargo su enemigo era el tiempo, envejecía y no satisfacía su deseo, necesitaba vivir eternamente. Destruir el envejecimiento.
Baphomet se lo prometió cuando aquella tarde utilizó el verdadero nombre. Lo único fiable que puede invocarle. La verdadera eséncia de la Bestia:

"El Imnombrable había sido nombrado".

Su risa se expandió y apagó su vida. Destruyó el dolor. La raíz del sufrimiento.
Cuando su voz resonó sobre la bóveda celeste, el cielo se oscureció y la negrura habitó entre nosotros.
Se acercó a él, fiel discípulo y habló en su oido. Escuchó con atención y devoción. El destino estaba marcado.

En las Iglesias la imágenes llorararon. Los perros aullaron.

Primero ocupó el mundo subterraneo, su territorio natural donde las criaturas más pequeñas obedecieron.
Pronto las criaturas sin alma tomarían el mundo, solo sobrevivirían aquellos que fueran fieles a su mandato.

El mundo descubría a su verdadero Señor.

López tomó entre sus manos la libreta, pasó con rapidez los ojos por entre sus páginas. No necesitaba un análisis para saber que éstas estaban escritas con sangre.
No era fácil leer las palabras, ni los dibujos. Pudo distinguir alguna frase: La primera linea era espeluznante. Un recien nacido había sido la fuente de la escritura. López no podía creerlo, su rostro se ensombreció. En las páginas que seguían se explicaba la eséncia del mal. Ese llamado mal absoluto. Algo que los humanos solo superficialmente son capaces de comprender.

Hablaba del destino, de los que como él buscaban no morir, de sus fallidos intentos, los pasos en falso. Él un simple hombre había invocado al mal; y lo había hecho con la única forma de hacerlo: El asesinato, la mentira, la lujuria, la gula, la crueldad, el odio. Renunciando al amor, destruyendo a todo aquel que lo quería, su propia vida mortal para desde la ruina de su cuerpo renacer de nuevo.

La carne viva es la resurrección.

Fueron unos pocos los que lo acompañaron. Las páginas daban unos nombres, y un templo en donde reunirse para la invocación final. López leyó lo que podía, los signos extraños y las palabras en desconocidas lenguas quedarían para un análisis posterior.

Descubrió el nombre de una Iglesia románica en ruinas, a las afueras de la ciudad. Allí pretendían invocar al diablo (algo tán fácil). Quizá fuera tarde. La parada de los monstruos había comenzado. López llamó a sus hombres. Un nutrido grupo de veinte agentes armados y pertrechados. Montaron en sus coches patrullas y en ésta noche oscura partieron al destino final.

Salieron de la ciudad y se internaron en una carretera comarcal. El tráfico escaso. Notaban la mirada de los lugareños ante tanta representación policial. La pista no llegaba hasta el templo, fue necesario dejar los coches en la cuneta a unos cuatrocientos metros del lugar; y caminar a pie.

El lugar estaba cubierto de maleza: zarzas, matojos rodeaban los derruidos muros. El techo se mantenía en pie a pesar de la poca luz que entraba por algunos agujeros en el tejado. El silencio era sepulcral. Los animales hacía tiempo que habían huido del lugar: Ni grillos, ni aves. La luna estaba oculta, amplios nubarrones amenazaban lluvia. Los hombres esperaban las órdenes del comisario que con sigilo observaba el lugar. Una fria brisa le hizo levantar el cuello de su abrigo.

Desde donde se encontraban podían ver la entrada a la Iglesia, dentro la oscuridad era absoluta. Tanta quietud era sospechosa. La espera era la peor de las angústias. Él tomó la iniciativa y se encaminó delante, atravesó el umbral de la derruida puerta, encendió su linterna y apuntó con ella a la triste cámara. La luz iluminó un amplio suelo de piedra: sucio. Pudo divisar las ratas corriendo furtivas,con sus pequeños pasos de bestias inmundas.

Estaba en medio de la amplia estancia. Sus hombres junto a él ocupaban las esquinas. Respiraban el miedo y la sorpresa. Encima del altar había algo que la distancia no les permitía distinguir. López se acercó y no pudo reprimir las arcadas previas al vómito. Miró hacía atrás y vió a alguno de sus hombres que con el estomago más débil que el suyo vomitaba en el suelo.

Los huesos minúsculos de un bebe, recien devorado asomaban sobre el altar. En el cráneo quedaban jirones de carne, a traves de sus costillas, habían arrancado las visceras... Una imagen de pesadilla que fue rota por el ruido de pasos acercándose, rodeando el templo, encaminandose con pasos de pesadilla hasta la puerta del lugar de culto infame. López no veía, pero percibía el terror. Los pies arrastrándose, pisoteando la hierba. Muy cerca. Un haz de luz iluminó la oscuridad hasta la puerta. Decenas de muertos buscando carne. Algunos arrastrándose sin piernas.
Los agentes comenzaron a disparar. El miedo les paralizaba. No servía de nada. La balas rebotaban en su carne, perforaban el corazón.

Un corazón que ya no latía. López vió entre ellos a aquel hombre que un día murió en una fuente, o aquel otro que quiso suicidarse para seguir viviendo. Sus hombres intentaron huir, en medio de los muertos que mordían su carne. López se refugió al fondo pegado a una pared. Sabía que no tenía salvación.

¿Qué podía hacer?.

Tal vez él sería la vanguardia que mañana entraría en la ciudad. O tal vez no, siempre había una esperanza...

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