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Esta historia no es mas que un sueño que tuve, por lo que si habéis soñado alguna vez sabréis que hay escenas y elementos que surgen de la nada por lo que trataré de ser lo mas coherente posible siendo fiel al sueño. A mi gusto, este ha sido el mejor que he tenido hasta la fecha aunque hay veces en que pienso que es un poco cuco.

 

Sin saber cómo ni porqué yo estaba solo, bajo el abrigo de la noche, en mitad de un bosque que jamás había visto pero que raramente me resultaba familiar, me sentía cómodo, ni siquiera me inquieté cuando una fantasmagórica presencia apareció ante mí saliendo de la penumbra de los árboles. Era la imagen de una niña pequeña, de unos ¿10? ¿11? años, era una niña descolorida, pintada en tonos grisáceos y vestida con vestido largo y rasgado (la tan recurrente niña fantasma, vamos). Al principio me asusté, no podía moverme, pero eso sólo fue al principio, pronto me di cuenta de que no estaba asustado. La conocía bien aunque hiciera tiempo que no la viera. No hablamos ninguno de los dos, se podía leer en nuestros rostros que tanto uno como el otro estábamos muy sorprendidos.
No pasó mucho tiempo cuando ella decidió acercarse lentamente a mí, tomó bolígrafo y papel de periódico para sobre una mesa natural que era lo que quedaba de un árbol talado escribir lo que yo interpreté como un número de teléfono, el número de un teléfono móvil, pues empezaba por seis. Me quedé mirándolo durante un rato como si mirándolo pudiera descifrar sus secretos, fue también en ese momento cuando percibí otra presencia, pero ésta era la de un niño y aunque su planta de espectro fuera similar a la de la niña, éste tenía algo raro (si cabe algo mas raro), no se movía, se limitó a observar la escena desde la penumbra de los árboles, no podía ver su rostro. En ese momento me acordé de todo, aquellas imágenes fueron mis amigos cuando yo también tenía su edad pero un día sin mas, desaparecieron y nadie volvió a saber de ellos, pero yo si que sabía algo. Me puse a correr por el bosque buscando algo que sabía que allí encontraría. A medida que me desplazaba iba viendo como ciertos elementos del paisaje que iba tocando, desaparecían como setas, árboles, ramas... y otros no. Comprendí algo, aquel paisaje no era el de la actualidad. Otro hecho que me costó más entender era por qué había cosas que desaparecían al tocarlas. La vegetación que al tocarla desaparecía era vegetación que ya había desaparecido en su día, ¿Vegetación fantasma? Por qué no, son seres vivos después de todo ¿Le ocurriría lo mismo a mis amigos si los tocaba? Desde luego no quería averiguarlo, aún necesitaba respuestas.
Con estas meditaciones, llegué a lo que esperaba encontrar, un coche siniestrado y los cuerpos de tres niños en el asiento de atrás, muertos, sin ningún rasguño pero sin expresividad ni color en sus rostros. Me asomé por la ventanilla derecha, estaban colocados en el siguiente orden de derecha a izquierda: la niña, a la cual podía ver nítidamente, el niño, cuyos rasgos me costaba vislumbrar y una tercera figura de la que solo se podía intuir su silueta. La escena dio paso a la misma escena pero en la actualidad, la herrumbre cubría el coche y donde antes había niños ahora se situaban solamente sus desnudos esqueletos de los que al menos pude ver dos.
Desde aquel día mi vida cambió, veía a la niña constantemente, nunca hablaba, pero su mirada lo decía todo, se sentía a gusto conmigo, me quería y a mi me reconfortaba la idea de sentirme querido. No existía atracción entre nosotros, no podía haberla, era tan solo una niña aunque hubiera pasado tanto tiempo. En cuanto al niño, siempre observaba la escena desde la oscuridad, pero ahí estaba, en silencio.
Estaba en el patio de mi casa, por la noche (como no), cuando se produjo otra escena que arrojó algo mas de luz a esta extraña sucesión de acontecimientos. El niño y la niña estaban dándose un beso apasionado (al menos por parte de el niño). El niño estaba situado de espaldas a mi y la niña de frente. A pesar del beso, la niña no me quitaba ojo. Decidí alejarme, no sin antes mandarle un beso con la mano a mi pequeña amiga. Ella me respondió con una sonrisa que me derritió el alma. Después de todo, yo también la quería.
Empecé a comprenderlo todo. Recordé lo bien que ella y yo nos entendíamos y compenetrábamos. También recordé al niño. El también la quería, pero él era de un carácter diferente y con el paso del tiempo y la soledad del mundo de las ideas ese amor se convirtió en obsesión. Si yo podía verla era porque ella me estaba buscando pero inevitablemente tenía que verlo a él, porque él estaba unido a ella, sin embargo su visión era difusa porque él no quería verme a mi, creí entender. Parece complicado, pero el más allá estaba cargado de lógica. Si algo pensabas que pudiera explicar lo que vieras probablemente seria cierto. Al fin y al cabo, todo estaba dentro de mi mente.
No pasó mucho tiempo de aquello cuando por fin pude oír por primera vez en mucho tiempo la voz de mi amiga, pero no fue de otro modo que con un desgarrador grito. Corrí hacia el patio, que era de donde venían los gritos, allí estaba la niña, mutilada salvajemente por un tigre, un tigre bastante extraño, con la cabeza y los ojos inusualmente grandes, lo que le confería un aspecto realmente atroz. Dentelladas y zarpazos se sucedían sobre el frágil cuerpo de mi amiga, que se deshacía entre gritos de dolor e impotencia. Y mientras yo, horrorizado ante tal escena, halle un momento de frialdad para llegar una única conclusión lógica. Solo yo sabía del martirio eterno al que mi amiga estaría sometida, además, la quería demasiado como para dejarla sufrir, tenía que intervenir, pero jamás podría mientras perteneciéramos a dos mundos diferentes.
No logro recordar si fue una decisión difícil o fácil, tampoco puedo recordar de qué modo lo hice y prefiero no hacerlo, creo que no sería un bonito recuerdo. El caso es que allí estaba yo, yo la quería, ella me quería, y aunque en cierto modo compadezco a la criatura, no tenía derecho a usurpar nuestro amor de aquel modo. Tenía que haber sabido cuando retirarse, aunque nunca lo habría hecho, ahora lo sé. Al momento de pasar al otro lado no se evoluciona mentalmente, y aunque sí que se pueda razonar, hay sentimientos que tardan en aflorar. Me acerqué ellos.
La rabia que sentía se materializó en una lanza que apareció en mi mano y que hundiola en la carne de la bestia, que rugió de dolor y que cuando quiso darse cuenta, estaba ensartada en decenas de lanzas que fueron apareciendo sucesivamente en mi mano según yo se las iba clavando con un fulgor que no se describe con palabras. La bestia, abatida, seguía emitiendo unos potentes rugidos de dolor. Jamás acabaría con ella, pues ya estaba muerta; así que até su pata derecha con una soga y la icé a dos metros del suelo, donde permanecería para siempre.
Por fin allí estábamos ella y yo, a todo color, con la seguridad de nuestro amor, que duraría para siempre, pues nuestros sentimientos no cambiarían. Teníamos una eternidad por delante para disfrutarlos.
En cuanto al tigre, allí sigue, rugiendo de celos y de dolor, a dos metros sobre el suelo con su cuerpo ensartado en lanzas. Nadie le escucharía jamás pues no pertenecían sus lamentos al mundo de los vivos. Sin embargo, desde entonces, las paredes de la casa tiemblan.

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