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Me miro en el espejo, y en él se reflejan el peso de las horas de insomnio. Me asusta la palidez de mi rostro, la profundidad de mis ojeras. Detrás del espejo está la cama, ese monstruo que me tienta, que me ofrece un premio que nunca puedo recibir; la odio, en cambio la sigo buscando con anhelo cada noche.

Cierro los ojos, intentando despejar mi cabeza, concienciándome de todo lo que voy a tener que pasar, las pesadillas a las que me voy a tener que enfrentar.
Tengo miedo, lo reconozco; ¿pero cómo no tenerlo cuando sabes todo lo que vas a ver, todo lo vas a sentir? Siempre me consideré una persona fuerte, ahora me asusta mi debilidad.
Voy hacia la cama, y siento como el peso de mis pies se incrementa cuanto más me acerco a ella. La adrenalina invade mi cuerpo, mi corazón se acelera y sus latidos me martillean la cabeza; tengo que morderme el labio inferior para no marearme. Cada día me cuesta más. Cuando consigo acostarme el sudor perla mi cuerpo y los músculos de mis piernas se quejan por el trabajo realizado. Recupero el aliento poco a poco antes de meterme entre las mantas.
Ya estoy; tendida con la mirada fijo en un techo que me conozco de memoria. Mi mano busca el interruptor, pero mis dedos no lo quieren pulsar. Siento como la desesperación crece dentro de mí. Apago la luz.
Me quedo escuchando el silencio de la noche, dejando que mis ojos se acostumbren a la oscuridad que me rodea para que cerrarlos no me resulte tan complicado. Es un truco que por ahora engaña a mi mente, pero cada día me cuesta más hacerlo. Siento como mi cuerpo se sume en un estado de falsa tranquilidad, mi ritmo cardíaco decelera, la sangre fluye más lenta entre mis venas, mis pulmones cogen más aire y lo aguantan más tiempo. Ahora o nunca.
Cierro los ojos ante la protesta de mi cabeza, que me pide que los abra para no ceder a las pesadillas; pero tengo que hacerlo, llevo tres días sin dormir y necesito descansar. Esa guerra interior dura más que de costumbre y a punto estuve de ceder, pero conseguí mantener los ojos cerrados.
Ahora solo me queda esperar a que el sueño venga a mi encuentro, y con él las pesadillas que ahogan mi alma. Siento como voy perdiendo la razón de forma lenta, como si me estuvieran avisando de que me están esperando.
Y llego a junto a ellas.
Estoy sola en un campo totalmente llano, donde mi vista se pierde en un horizonte que está a miles de kilómetros. Mire hacia donde mira solo veo verde y azul. Tampoco se escucha nada; ni el cantar de un pájaro, ni el respirar de una lagartija, ni el aleteo de una mariposa. Un silencio infinito que se extiende ante la nada.
Empiezo a andar buscando la más mínima señal de vida, todo es en vano.
Entonces empieza, ya está aquí, me encontró. Echo a correr aún cuando no soy capaz de mirarlo, siento como grita de júbilo por hallarme. Corro como si se me fuera la vida en ello, como si la posibilidad de despertarme no existiera.
Freno en seco, ante mí acaba de aparecer un bulto, lo miro lejos, en la distancia; pero en dos zancadas llego a su lado. Tiene forma humana y me agacho a su lado para suplicarle que me ayude; las palabras se mueren en mi boca. Es él. Su enorme sonrisa me recibe y sus dientes podridos me dan la bienvenida. Grito y él se ríe en una carcajada que me perfora los tímpanos.
Vuelvo a correr, más rápido que antes si cabe. Su carcajada quedó suspendida en las manos del eco y por mucho que me tapo los oídos no puedo dejar de escucharla. Giro la cabeza intentando calcular la ventaja que le llevo pero el ya no está allí, aunque siento como sus ojos me están espiando desde todos los ángulos.
Cuando vuelvo a mirar al frente su cara vuelve a estar delante de la mía, sus ojos vacíos de vida se clavan en los mismos y siento como mi temperatura corporal desciende. Caigo al suelo y escucho como mi brazo se rompe al caer debajo de mi cuerpo. Grito de dolor, mas no me despierto. Reculo como puedo, preguntándome porque no me despierto, porque sigo en el mundo de los sueños. Mis preguntas no tienen respuesta.
Él me mira, se está divirtiendo, lo sé; y esa certeza hace que aún tenga más miedo y que la idea de despertarme de pronto me parezca imposible. En un último intento me vuelvo a tirar encima de mi brazo y, aunque el dolor hace que me salten las lágrimas, sigo estando en el mismo sitio y él sigue estando delante de mí.
Se agacha y siento como sus manos agarran mis tobillos. Pataleo, pero eso solo consigo que gire el brazo de forma brusca y que mi tobillo se rompa. Grito de nuevo, suplico que me despierten, pero sé que nadie va a hacer nada. Sus manos se cierran entorno a mi cuello y aprietan despacio, privando de aire a mis pulmones con demasiada lentitud. Siento como la vida se me escapa, como mi último aliento se acerca. Me pierdo en sus ojos y miro su satisfacción antes de que se me cierren para siempre.

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