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Lo que les voy a contar me sucedió en primera persona. Hace ya algunos años salimos a pasar un fin de semana de acampada en la orilla de un embalse, un pareja de amigos, mi chico y yo.

La zona era un marco incomparable, un espeso pinar y un jaral enorme hasta llegar a la orilla del agua.

El primer día montamos nuestras tiendas al lado de dos enormes troncos puestos a modo de banco entre los que había situada una piedra grande de pizarra sobre la que descansaba un velón de cera medio derretido. Imaginamos que lo habrían dejado quienes estuvieron antes que nosotros. El caso es que a mi me pareció bonita y la cogí para ponerla sobre nuestra mesa de camping.

La primera noche transcurrió tranquila, a no ser claro por la enorme borrachera que agarramos los cuatro. Baste decir que a las diez de la mañana me levante con un hambre increíble y sin resaca (normal, aun quedaban en mí efectos del alcohol), la vela había quedado en el suelo y yo medio dormida al levantarme la pisé. Una lamentable pérdida que acabó con el resto de desperdicios en la bolsita de basura.

Esa misma mañana nos bañamos en el pantano, el calor era sofocante. Durante el medio día cayó una granizada de aupa, sólo contaros que el tamaño del granizo era del tamaño de pelotas de ping-pong, que temimos por las lunas del coche, y que con ellos llenamos la nevera de hielo. Hasta aquí todo bien, pero llegó la noche. Cenamos y nos acostamos, no quedaban ganas de guasa, la verdad.

Cuando mi pareja y yo ya estábamos medio dormidos, nuestro amigo nos dice a voces desde su tienda, que hiciéramos el favor de dejar de hacer coñas. La verdad no le hicimos caso, pero el continuó increpando que dejáramos de dar golpes a su tienda, a lo que le respondimos que nosotros estábamos acostados desde hacia rato y que no estábamos haciendo nada.

Asustado dijo que allí había alguien. Ellos dos salieron para ver que pasaba, pero allí no había nadie. Sin hacerle caso de nuevo le dijimos que todavía estaba borracho y que se acostara que allí no pasaba nada.

No pasaron ni cinco minutos cuando fue al lado de nuestra tienda cuando comenzamos a escuchar pasos avanzando por el lateral de nuestra tienda y notamos como se frenaron en seco justo delante de la entrada. Evidente, pensamos que era él devolviendo la supuesta aroma. Mi chico abrió de golpe la cremallera, pero allí no había nadie.

Asustados, le llamamos diciéndole que efectivamente alguien andaba rondando por allí. Salió de la tienda con la escopeta de perdigones en la mano y nos dijo de echar un vistazo por la zona para encontrar al gracioso en cuestión. Su novia se vino conmigo a la tienda mientras ellos hacían la ronda. No pasó mucho tiempo cuando notamos como una mano hundía la tela de mi tienda hacia adentro. Ambas nos pusimos a gritar como locas.¡Esta aquí, esta aquí!,. Desde la distancia, donde ellos se hallaban veían nuestra tienda, el hundimiento de la tela, pero allí no había nadie.

Corrieron hacia nosotras y nos contaron lo que habían visto. Justo es decir que me entró el peor miedo de toda mi vida.

Decidimos largarnos cuanto antes de allí. Yo propuse irnos tal cual, por mi lo habría dejado todo como estaba, hasta los zapatos, pero ellos se empeñaron en recogerlo todo.
Pues bien, con mas miedo que vergüenza comenzamos a desmontar tiendas, el uno frente al otro para así cubrirnos las espaldas; por lo que pudiera pasar. En realidad para entonces pensábamos que habría por allí algún chalado con ganas de fastidiar. De pronto comencé a oír susurros a mi espalda, se me erizó la piel y me quedé paralizada, ni siquiera fui capaz de gritar del miedo que tenía. Pregunté a mi chico si también lo había oído, me contestaron los tres que sí. Al menos no estaba sugestionada, todos lo habíamos escuchado. Me entró verdadero pánico y casi tuvieron que arrearme para que reaccionara.

Casi terminando de recoger y de meterlo todo dentro del coche oímos música heavy como de fondo, como si saliera de algún coche cercano, nos quedamos escuchando unos segundos y comenzamos a ver luces que se encendían y apagaban de modo intermitente a ambos lados de nosotros, pero no había nadie que lo hiciera.

Cuando ya estaba todo listo para largarnos, nuestro amigo nos comenta que se ha dejado las cañas de pescar echadas en la orilla, que va a ir a por ellas, que le esperemos en el coche.

Ni de coña, que luego pasa lo que en las pelis americanas, que nos descuartizan uno por uno, a si es que se lo dije y decidimos ir todos juntos. Pues igualito que la santa compaña, y en fila de a uno con mi chico cerrando fila escopeta en mano bajamos hacia la orilla. El último tramo estaba en pendiente y cubierto de jaras, así que bajo solo y nosotros nos quedamos arriba, observándolo, al fin y al cabo nos veíamos los cuatro perfectamente. Pues bien según él bajaba pudimos ver como las jaras se movían tras de si en zig zag, como si hubiera un jabalí tras él, pero no había nada.

Después de los gritos el susto y el miedo volvíamos juntos al coche, subimos y sorpresa, no arrancaba. Nos habíamos quedado sin batería por mi cabeza pasaron desde la matanza de Texas hasta kilómetro 666. Pensé que de salíamos vivos, cuando de pronto y tras forzarle mucho decidió arrancar.

Con los nervios destrozados montamos en el coche, pero...., no podía con nuestro peso, cuesta arriba y todo embarrado por el granizo caído a medio día. Asi es que mi amiga, mi chico y yo bajamos del coche y su novio se quedó al volante. Caminamos delante del coche, poco a poco, alumbrados por los focos. Ese corto trayecto se me hizo el más largo de toda mi vida. Según íbamos andando veíamos como se movían las jaras y escuchábamos susurros, me sentía igual que el condenado, recorriendo la milla naranja.

Afortunadamente no nos ocurrió nada, por fin salimos a la carretera y nos dirigimos a casa. No sin antes, y para colmo pararnos la guardia civil y hacernos un control de alcoholemia, pero al ver las caras que llevábamos nos preguntó que ocurría le contamos vagamente lo ocurrido y nos dijo que nos fuéramos a casa. Cosa que no seria de extrañar de no ser porque el conductor tenía el carné de conducir retirado por alcoholemia.

Al día siguiente riéndonos de nosotros mismos decidimos volver al mismo sitio, con el miedo y las prisas nos habíamos dejado muchas cosas y cual fue nuestra sorpresa al descubrir que donde habíamos estado acampados habían grandes círculos de piedras en el suelo. Andamos un poco más por la zona y vimos que a alguien le había ocurrido lo mismo que a nosotros, sólo que éstos dejaron todas sus pertenencias en el sitio, la tienda de campaña montada, las deportivas en la puerta y la ropa dentro.

Desde entonces no he vuelto por allí, pero indagando por internet y por lo que cuentan los viejos de los pueblos, frente a nuestro emplazamiento había una ermita derruida de la que sólo vimos un montón de piedras maltrechas, en la que dicen se celebran ritos de sectas y cosas extrañas. También supimos que cerca había un manicomio.

Quien sabe si había algo sobrenatural o sólo un montón de chiflados con ganas de fastidiarnos, que de ser así lo consiguieron.

Lo que si es cierto, es que hubo muchos mayores que nos avisaron de que no fuésemos por allí de noche, pero no quisieron decirnos el porque. Desde luego no volveré en lo que me resta de vida.

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