Home  //  Historias  //  Historias Reales  //  El infierno de Pol

Pol era un chico normal (dentro de lo que cabe). Tenía tres hermanos. Todos mayores que él. Pol Iba al colegio como los demás niños. Tenía unos padres, que aunque le gritaban y le soltaban algún que otro golpe con frecuencia, le querían a su manera... Sus amigos, que se podían contar con los dedos de una sola mano, eran buenos con él.

 

Tal vez sus
amigos eran lo mejor de su patética vida. Por lo menos él así lo veía.
Estudiaba segundo de E.S.O. Iba a la clase de 2ª. Pero no estaba muy a gusto con ello.
Las clases no empezaban hasta las ocho y treinta. Sin embargo, él se tenía que
levantar a las siete cada día porque tenía que medicarse inhalando a través de un
aparato y, la inhalación duraba una hora más o menos. Debía hacerlo por la mañana al
levantarse y por la noche después de cenar. Aunque eso no era lo único malo de su
enfermedad. También tenía que tomarse, aproximadamente, unas veinte pastillas
diarias. Y para rematarlo. Durante treinta minutos diarios expectoraba para sacar
las flemas de su cuerpo. Si no lo hacía en varios días, su pulmón sangraba. Cuando
eso ocurría, se pasaba dos semanas enteras en el hospital. Y el odiaba ingresar
allí. Sin poder moverse, solamente para ir al lavabo. La enfermera viniendo cada
media hora para molestar: Le tomaban la presión., le ponían el termómetro,
comprobaban los aparatos y mil cosas más con tal de no dejar descansar al paciente.
Si tenía suerte y salía en dos semanas, tenía que llevar una aguja clavada en el
brazo para inyectarse medicación vía intravenosa. ¿Parece triste verdad? Pues para
él, eso era lo mejor de todo lo peor que le ocurría con frecuencia.
Para ir a clase iba con el almuerzo que le había preparado su madre con descuido y
el pan pasado. Pero al menos le preparaba el almuerzo, y eso ya era algo.
Llegaba a la parada de autobús a las 8:20. Si tenía suerte no pasaba por delante de
unos chicos que le insultaban, por el simple echo de divertirse. A el le aterraba. A
mucha gente no le importará mucho que se rían de él/ella. Pero a Pol si.
Cuando se metían con él, le insultaban, increpaban o se burlaban de él. Un
cosquilleó repulsivo le subía por el estómago. Le debilitaba las fuerzas, lo hacía
entristecer y le producía una sensación de miedo al a vez. Ese era uno de los
motivos de que odiara la parada de autobús. Siempre intentaba alejarse, intentando
pasar desapercibido a los crueles ojos de los otros niños que se metían con él.
A veces daba la vuelta a toda la manzana, caminando el triple de lo necesario para
que no le vieran, y como resultado, no se metieran con él.
La verdad es que eso era el paraíso comparado con lo que le ocurría en el instituto.
El autocar llegaba al instituto sobre las ocho y veinticinco. Conseguía pasar
desapercibido y entrar a clase por lo general. No obstante, cuando la puerta de
clase estaba cerrada. Eso era un auténtico calvario. Lo odiaba con toda su alma.
¿Por qué? Porqué los alumnos se aglomeraban alrededor del pasillo, y como era
pequeño lo ocupaban horizontalmente a dos bandas.
El alumno menos popular. El que era motivo de mofa con regularidad. Ese se convertía
en el blanco. Entre varios le cogían y lo empujaban al centro del pasillo. Allí lo
propulsaban de lado a lado. Pateándolo y golpeándolo. El intentaba deshacerse
corriendo rápido hacia un rincón donde no hubiera gente. Corría hasta quedar a
salvo.
Luego se quedaba con al cara roja, los pantalones que le gustaban tanto sucios de
patadas, la camiseta también sucia y medio cuerpo de moratones. Encima tenía que
contenerse las lágrimas para no llorar. Si tenía suerte y mostraba un rostro lo
suficientemente melancólico. No le volvían a empujar en un buen rato. Pero muchas
veces tener la cara roja y los ojos humedecidos no bastaba. Le volvían a coger y lo
empujaban de nuevo, riéndose de él.
¿Saben qué es lo más cruel de todo? A veces llegaba el maestro en pleno apogeo y no
decía nada. Los alumnos se detenían enseguida cuando lo veían venir, pero el
profesor no era ciego. Lo veía. Veía tanto fuera como dentro de clase como se
mofaban de Pol y de algún que otro chico.
Había dos chavales más en clase que también eran motivos de burla.
Uno era comprensivo y no se mofaba de los demás. Sin embargo, él otro. Podría
decirse que es el tipo más estúpido que te podías echar en cara.
Si a él le pegaban se entristecía. Pero si unos segundos más tarde pegaban a Pol, él
sonreía i era partícipe de la agresión.
Pol no era así. El evitaba burlarse de los demás. No toda la clase le pegaba, solo
unos cuantos chicos y alguna que otra chica presumida.
Alguna vez lo habían defendido, pero muy pocas. Y no podía chivarse al profesor,
porque en ese caso lo dejarían en paz, tal vez durante un tiempo. Pero después
volverían las agresiones, y con más fuerza. Como si se vengaran del chivatazo. A
veces ni eso. Si se chivaba un agredido, los otros le agredían aún más y le
amenazaban. Por eso tenía que callármelo. Encima, se exponía a la posibilidad que el
profesor no hiciera mucho caso y solo advirtiera en general a la clase, y lo único
que conseguía con eso, era triplicar las agresiones.

Si en el pasillo era agredido y le quedaban moratones frecuentemente, en clase se
burlaban de él. Incluso el maestro se rió alguna vez.
Una vez, debido a su enfermedad, estornudó y con tan mala suerte que le cayó en la
gabardina del maestro. El profesor era conocedor de su enfermedad, y sabía que podía
estornudar una flema sin querer.
Pero el profesor lo ridiculizó. Lo que le hizo no tuvo nombre. Y aún más sabiendo
que Pol tenía esa dificultosa enfermedad.
El maestro bramó:
—Eeeecs. ¡Has el favor de quitármelo ahora mismo! —naturalmente toda la clase se
rió. Menos una muchachita. Que estaba enamorada en secreto de Pol.
Pol no sabía con que quitarlo. No se le ocurría con que
— Lo siento. No se con que quitarlo —Esa situación le incómodo y le produjo un
cosquilleo repulsivo que le aferraba todo el cuerpo.
— ¡Quítamelo ya!
— ¿Con que? —Preguntó Pol nervioso. No sabía que hacer. Estaba avergonzado de lo que
había echo. El profesor le hizo sentirse culpable de su enfermedad y de su
estornudo.
— Con tu Camisa. O lo que tengas. ¡Pero quítamelo ahora mismo! ¡O te quedarás
expulsado! —Las amenazas parecían acompañarse con un tono burlón. Pol no lo notó.
Pol nervioso. Sonrojado y con un mal estar terrible. Cogió su camisa, se acercó al
maestro, y le limpió el moco que se le había quedado pegado en la gabardina.
Se le incrustó el moco en la camisa. Se lo limpió todo lo bien que pudo y en
consecuencia se le pegó en la camisa como una pegatina.
La clase emitía estruendas carcajadas y reían como bárbaros. Se reían de Pol. Todos,
excepto la chica que estaba enamorada de Pol.
— Vale. Esta bien —Los labios del profesor no pudieron disimular la sonrisa— vete a
limpiar. Guarro. Y no lo hagas nunca más.
Pol no pudo aguantar el llanto y salió con las lágrimas esparciéndose sobre sus
mejillas. Esa reacción provocó más carcajadas. El propio maestro no se reprimió.
Mientras Pol salía por la puerta y se dirigía al lavabo para limpiarse la camisa. El
maestro sonreía.
— Ecs. Que asqueroso —Y los alumnos rieron de nuevo.
Incluso comentaron la jugada mientras Pol estaba en el baño.
Indudablemente se rieron durante muchos días, incluso meses, por haber echado encima
una flema al profesor.
Incluso en la actualidad, aún le echan en cara lo ocurrido hace tantos años.

Tras pasar un día de colegio bajo la mano cruel de los alumnos, llegaba a casa.
Su madre siempre le gritaba. Aunque el motivo fuera idiota.
Si se le caía un palillo en el suelo. Le gritaba. Si no se había comido el bocadillo
porque se encerraba en el váter a la hora del patio para que nadie le pegara o le
increpara. Le gritaba.
Tenía un ordenador, bueno... más o menos.
Su padre se había comprado un buen ordenador, ya que era médico y tenía mucho
dinero. Lo puso en la Consulta. No trabajaba nunca con él. Solo jugaba o chateaba.
No obstante, raramente dejaba jugar a Pol. Como mucho, lo dejaba mirar mientras él
jugaba.
Los fines de semana, se sentaba a su lado. Viendo como su padre jugaba hasta altas
horas de la madrugada. No le gustaba en absoluto permanecer allí inmóvil viendo como
su padre jugaba. Pero era una forma de esperar.
Su padre sabía que solo lo hacía para poder jugar al ordenador.
Normalmente terminaba de jugar entre las 3 i las 5.
Pol aguardaba ansiosamente ese momento. Si tenía suerte, su padre lo dejaba jugar.
Sino, le ponía un password en el ordenador y se iba a dormir. Cuando le dejaba
quedarse a jugar, siempre lo hacía quejándose. Diciéndole que era un viciado. Por el
motivo que fuera, no le gustaba que su hijo jugara con su ordenador. Pero tampoco
quería, ni de lejos, comprarle uno a su hijo.
Aunque hubiera sido la única alegría en la vida de Pol.

Un sábado noche, en la casa solo estaban Pol, su hermana mayor ( que era 5 años
mayor que él), y su padre.
Pol espero sentado al lado de su padre como siempre. Su padre terminó antes de lo
previsto: A las 2 de la madrugada.
Pol quiso ponerse en el ordenador, pero su padre quería que viera la televisión con
él y le dijo:
— ¡Ya esta bien de tanto puñetero ordenador!
Pol había esperado durante dos horas, mientras su padre se rompía el coco intentando
resolver un puzzle de un juego del ordenador. Y ahora a su padre no le daba la gana
dejarle jugar.
Pol renegó. Su padre lo dejó estar y se fue al baño a hacer sus necesidades.
Cuando salió del baño, Pol estaba jugando a un juego de estrategia.
Su favorito: "Starcraft". El chico estaba sonriendo (Rara vez lo hacía).
Su padre volvió a advertirle que viniera a ver la tele.
Pol hizo caso omiso. Se lo estaba pasando en grande jugando.
Transcurridos apenas cinco minutos su padre volvió.
—Ven a ver la tele o te pego una ostia.
—Pero, jo... papa, me lo estoy pasando muy bien. Déjame quedar aquí por favor —le
suplicó mientras intentaba no perder la concentración en el juego.
Su padre, iracundo, y al parecer indignado. Ando hacia él y le propinó un fuerte
puñetazo en el hombro. Lo cogió y lo lanzó al suelo. Le asestó una patada. Lo
levantó con ambos brazos y lo dejó caer al suelo. Lo levantó de nuevo y lo abofeteó
con fuerza tres veces, lo empujó y lo hizo saltar por encima de una camilla que
tenía puesta en la consulta.
Pol se levantó como pudo y al hacerlo su padre le golpeó varias veces por la espalda.
Su hermana oyó la paliza y entro en la consulta rápidamente.
Al ver el estado de Pol, se puso a llorar y se interpuso entre él y su padre.
— Basta Papa. Déjale ya.
Pol lloraba. Estaba magullado y cansado. Físicamente y psíquicamente. Estaba harto
de los abusones, las agresiones. Todo. No lo soportaba más.
La ira inundó su rostro. No controlo su reacción.
— Ya estoy harto. ¡No vas a pegarme nunca más!
Pol se encamino con rabia hacía su padre, con los puños en alto. Tenía sangre en los
ojos. Todos los párpados irritados de tanto llorar, y las mejillas enrojecidas.
— ¿Tú me vas a pegar? Imbécil —Su padre se mostró firme y se dirigió amenazador en
dirección a su hijo.
Pol desató toda su rabia acumulada. Que era mucha. Jadeaba frenéticamente con
fuertes sollozos. Topó con su padre y lo intentó golpear. Pero éste, con toda
facilidad lo abofeteó y lo empujó hacia tras. Pol cayó de espaldas. Su padre iba a
pegarle pero su hermana lo sujetó.
Pol jadeó y se retorció de rabia en el suelo mientras lloraba. Su hermana lloraba
también.
Su hermana tranquilizó a su padre y se llevo a Pol a su habitación.
Por increíble que parezca, su hermana le daba un poco la razón a su padre. Acusaba a
Pol de no ver la tele junto a su padre.
Pero Pol solo quería jugar un rato.
Si no quería ver la tele, su padre tampoco tenía porque pegarle.
El agresor subió al cabo de un rato. Lo sermoneó. Estuvo media hora dándole la
charla y tratándolo como si hubiera puesto una bomba en la casa, cuando lo único que
Pol quería, era jugar un poco.
Su padre le gritaba y sermoneaba. Se iba y volvía cada dos minutos para sermonearlo
de nuevo. Al final. A las cinco de la mañana, lo dejó en paz. Consiguió que Pol se
sintiera un poco culpable a pesar de que no había echo nada malo.
El día siguiente volvió su madre. Se había ido cinco días a arreglar un chalet que
tenían. Pol le contó la disputa con su padre, y ella no dijo nada. No le dio mucha
importancia.
En esa temporada, entre segundo de eso y cuarto de eso, Pol pasó un verdadero
infierno. Intentó suicidarse varias veces. Muchos días lloraba desconsoladamente.
Odiaba la vida que llevaba y quería morirse, pero, lamentablemente no tuvo nunca el
valor para suicidarse.
En cuarto de ESO cesó el infierno. El motivo fue la madurez de los alumnos. Ya no
eran tan infantiles. No lo empujaban en el pasillo ni se reían de él. También maduró
Pol. Por eso quizás su padre ya no se atrevía a pegarle. Ahora se enfrentaba a un
chico de metro setenta capaz de devolverle perfectamente los golpes.
Ahora Pol es feliz. Vive con su novia en Bellaterra y no guarda mucho rencor a sus
padres ni a los alumnos que le hicieron la vida imposible.
A causa de mi lúgubre infancia, no soporto a la gente que se burla de mí. Me pongo
furioso y soy capaz de darle una paliza a cualquiera que me diga algo ofensivo.
¿Secuelas? ¿Me han quedado? Desgraciadamente si.
Por si no lo había dicho... Pol, soy yo.
Me creaste
Me maltrataste
¿Para eso me creaste?
Me quería suicidar
Ahorcar
No tuve valor
Y ahora no te guardo rencor.

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