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Lleva miles de años así...
Cada luna llena el aparece portando esa mascara completamente blanca y sus ropas antiguas y desgastadas, piel pálida como mármol, cuerpo pequeño como el de un niño. Camina sobre el lago, lo cruza hasta cierto punto donde se pone de rodillas y comienza a llorar desesperadamente. "¡lo siento!" grita una y otra vez con un llanto que desgarra el alma y un pesar tan nostálgico que casi provoca ternura...

 

Así como todos en este mundo también tengo una historia...
Fue en un reino antiguo, cuando las espadas regían el mundo y los castillos se erguían como símbolo de poderío y fuerza. Nuestro rey, un gran hombre. Defendía el pueblo de cuanta invasión se le presentaba, tantas luchas y tantas victorias que era considerado descendiente del propio fergus. Fue en una campaña por las elevadas tierras de mi patria; cuando algunos ingleses decidieron invadir nuestro reino que una vez más aquel hombre partió a la guerra.

Como siempre una gran batalla seguida de una honorable victoria. Aunque en esta ocasión su rostro quedo demacrado... quemado; nadie sabe como paso ni por que. Solo se encontró a nuestro rey tirado a medio campo de batalla cubriéndose el rostro como si esto aliviara su dolor.

La locura pronto toco las puertas del reino y nuestro rey acomplejado por su rostro retiraba cada espejo a su paso y asesinaba a quienes se quedaran observándolo por más de un par de minutos. Tantas muertes hubo y rumores corridos que al fin cuando la cordura le abandonó por completo decidió usar una mascara... como si fuese de muñeco, una mascara de porcelana que cubría su rostro y no daba cabida a imperfecciones. El decreto recorrió todo el reino; todos los habitantes debíamos usar una mascara similar. Quedo estrictamente prohibido quitarse la mascara ante cualquier circunstancia.

El reino era un desfile de muñecos andantes gente sin alma cuya identidad había sido robada, arrancada. Como todos ellos yo, quien usaba una mascara blanca, de labios rosados y con unas casi imperceptibles mejillas rosadas.

Durante algunos años así fue, la mascara era mi compañera y casi mi amiga, todos en el reino ahora estaban acostumbrados a las tétricas identidades impuestas por nuestro rey.

En una ocasión se me dio conocer a un par de niños, ambos de mi edad quienes Vivian del otro lado de la iglesia. La amistad surgió como si fuese una semilla de trigo en los calidos días de verano. Nos divertíamos, platicábamos, jugábamos, cantábamos y bailábamos siempre con nuestras respectivas mascaras... parecíamos hermanos decían todos los del pueblo.

Una de todas estas noches cuando yo rozaba mis 12 años decidimos que ya teníamos una edad suficiente, que no necesitábamos a nuestros padres para hacer ciertas cosas por lo que salíamos sin avisar o pedir permiso así como robamos en repetidas ocasiones y demás actos que aunque eran impropios eran simples travesuras de chiquillos. Pronto entre todas estas actividades nos preguntamos un día como lucia nuestro rostro; como era nuestra nariz o el color de nuestra piel... durante semanas estas ideas rondaron nuestras mentes distrayéndonos de todas nuestras actividades.
La respuesta no estaba lejos... bastaba con quitarnos las mascaras para saber quienes éramos. Pero no era tan sencillo pues los alguaciles asesinaban a cualquiera que vieran sin mascara... por lo que decidimos hacerlo una noche en el lago que quedaba en las afueras de nuestra ciudad. A la luz de la luna llena nos quitaríamos nuestras mascaras y averiguaríamos quienes éramos.

Por fin llego la esperada noche... tome mis ropas que aunque estaban desgastadas me parecían sumamente cómodas y abrigadoras y partí camino hacia el lago. Allí encontré a mis 2 compañeros de toda la vida, quienes no me abandonaban ante ninguna circunstancia ni me dejaban solo cuando les necesitaba.

Tras unas horas de charla y bromas decidimos que era el momento... inclusive nos pusimos a imaginarnos como era nuestro rostro...

Yo fui el primero que se la quitó; tenía una cara blanca con algunas arrugas, imagino que por la falta de sol... mi nariz era respingada y mis ojos ligeramente saltones, los pómulos de mi rostro no sobresalían, mi piel era blanca y pálida con unas pecas casi imperceptibles, un par de labios finos y rosados complementaban mi verdadera persona.

El segundo y el tercero hicieron lo mismo presentando rostros similares uno con la nariz mas grande y el otro con una cara mas delgada casi tétrica.

La emoción se hizo incontenible, jugábamos y brincábamos a la orilla del lago. Hasta que entre ellos se empezaron a empujar cayendo ambos al lago...
Pues ya estando ambos en el agua decidieron nadar durante un rato a lo que yo decidí observarlos desde la orilla pues nunca aprendí...

Algunos minutos intentando animarme, prometiendo que ellos me enseñarían y que nada malo pasaría, al notar que yo no me disponía a entrar ambos salieron y se colocaron tras de mi. después de algunos instantes de forcejeo que parecieron eternos... aun recuerdo los alaridos y la manera en que mis esfuerzos resultaban inútiles, el fango en mis pies así como el momento en que la gravedad comenzó a jalarme, el agua fría que comenzó a inundar mi cuerpo como un gélido espíritu acompañado de un pánico incontrolable.

Tras un par de segundos ya me hallaba sumergido y cuando se dispusieron a jalarme a la superficie noté que una cuerda o un alga... algo en el fondo del lago se había enredado con mi pierna durante el forcejeo. Estaba a solo unas palmas de la superficie; tan cerca pero tan lejos...

Pronto el pánico se hizo general. Comencé a moverme desesperadamente como si con eso pudiera desenredarme, aun tenia mi mascara en la mano y la desesperante impotencia en la otra. Mi fuerza comenzó a agotarse y mi vista se nublo por completo. Sentí como el agua penetraba por mis oídos así como mi nariz hasta mis pulmones. Una última bocanada de aire surgió de mi boca indicándome que era el final.

Pronto dejé de sentir aquellos brazos que me sujetaban tan firmemente y durante mis últimos instantes de vida escuche como salían del lago y me abandonaban a mi suerte.

Aun sigo arrepentido por haberme quitado la mascara aquel da, por haberlo planeado
Aun sigo presentándome a ese sitio cada noche de luna llena...
Cada noche busco a aquellos que me abandonaron. Porto mi mascara y mis ropas desgastadas. Cruzo el lago, la sensación de arrepentimiento me acompaña durante todo el trayecto. Aumenta conforme intento cruzar ese lago, se hace cada vez más insoportable. Finalmente hasta el lugar donde caí, no lo soporto y permito que el llanto se apodere amargamente de mí. Ya es tarde para; ahora estoy muerto a pesar de conocer mi destino sigo esperando, quien me rescate, quien salve mi alma de este castigo eterno.
Por desgracia no será así, por siempre apareceré tras un grito de desesperación que retumba en el cercano bosque, creando una presencia tal que me provoca terror aun sabiendo que es mi reflejo en el agua...

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