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Todo llega relato de Terror y Miedo escrito por Norma.



Llevaba dos horas en aquella discoteca, acodado en la barra esperándola y ella no se dignaba a aparecer. Recordaba el primer día que la vio, era tan hermosa…. un cuerpo de infarto, vestida de negro absoluto con unos pantalones y un top que se acoplaban a su figura como una segunda piel, los tacones de vértigo y la melena, negra también, suelta. No pudo apartar los ojos de ella en toda la noche, hasta que al final la vio marcharse con un imbécil que debía llevar veinte copas de más entre pecho y espalda.
La semana siguiente acudió a la misma discoteca con la esperanza de volver a verla, sólo eso, ni siquiera se planteó el abordarla, le intimidaba demasiado, tan solo quería verla de nuevo y allí estaba, otra vez de negro pero ahora con una minifalda que tenia mucho de mini y muy poquito de falda, unos tacones imposibles y un suéter que le dejaba un hombro al descubierto haciéndola más deseable todavía, como si tal cosa fuera posible. Ese día vio el color de sus ojos… verdes, como el océano mas profundo, como la selva más misteriosa, como la esmeralda mas fría. Ese día ella le miró y pareció como si una sonrisa tentadora y maliciosa quisiera aflorar a sus labios, o eso creyó él.
Desde entonces habían seguido un juego tácito en el que él la esperaba todas las noches, la miraba como un naufrago al ultimo pedazo de madera con el que poder mantenerse a flote, ella, siempre de negro, le miraba y la sonrisa afloraba a sus labios, una sonrisa que tenia algo de malvada, tenia que admitirlo, y quizás por eso le excitaba aún mas. Cuando él intentaba abordarla ella acababa desapareciendo detrás de una columna, de una puerta, de una nube de humo…. No lograba alcanzarla, sólo la volvía a ver cuando se marchaba con el idiota de turno que nunca era el mismo, aunque siempre eran estupidos que habían bebido demasiado o buscaban bronca o seguro que se habían metido algo.
La noche anterior había sido diferente. Ella le había mirado y se había acercado, “no desesperes” le dijo en un susurro “todo llega”. Su voz era dulce como la miel, suave como la seda, cálida como una manta en invierno…. Un escalofrío recorrió su cuerpo y deseó tenerla a su lado y que le hablase de esa forma, deseó acariciarla y besarla y decirle lo hermosa que era. De nuevo había desaparecido y de nuevo la vio marcharse con un tipejo absurdo que cantaba “Asturias patria querida”.
Y ahí estaba él esa noche, esperándola de nuevo pero no aparecía. Precisamente ese día, que se sentía más valiente, más audaz, más seguro que nunca de que hablaría con ella y que ese seria el día en ganaría por fin.
“Hola cariño”. Esa voz... estaba junto a él, acariciándole el oído, “¿te apetece acompañarme esta noche, cielo?” Por fin. Por fin el universo había girado a su favor, por fin ella le pedía que le acompañase. No pudo ni hablar, sólo le cogió la mano y salió con ella. Esa noche iba espectacular, unas mallas que delineaban sus piernas perfectas, sus maravillosos tacones que la hacían casi tan alta como él, aquel suéter que tanto le había gustado, el que le dejaba el hombro al descubierto, un hombro níveo y suave, la melena suelta como siempre y esos maravillosos ojos mirándole a él, solo a él… era como un sueño.
Subieron al coche pero antes de arrancar quiso hacerle una pregunta:
Dime una cosa… ¿Por qué has jugado tanto conmigo todo este tiempo?
No cariño, le contestó ella con esa voz melodiosa y encantadora, has sido tú el que has jugado conmigo, el que has acabado tentándome, y ahora….
Un dedo recorrió su pecho hasta pararse a la altura del corazón. En ese momento sintió un frío espantoso, un dolor increíble, un miedo paralizante… la miró de nuevo y pese a seguir siendo la mujer mas hermosa que había visto jamás había algo realmente aterrador en esa mirada verde, en esa piel blanca casi transparente, esa boca oscura que se abría hasta que sintió que el último hálito de vida se marchaba por ese agujero sin fin.

El agente de atestados le cubrió el rostro con la sábana en espera del juez. No pudo evitar un sentimiento de tristeza al hablar con su compañero.
Estos jovenzuelos se creen los reyes del mundo, – le dijo, se pasan la noche bebiendo, metiéndose de todo y luego cogen el coche como si nada para acabar estampándose en cualquier pared
Sí, respondió el otro, – No se dan cuenta que lo que hacen es jugar con la Muerte tentándola continuamente hasta que al final ésta acaba por llevárselos.

Norma
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