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Historias espeluznantes

Los dados del desván olvidado

Las décadas de los setenta, los ochenta y los noventa vinieron marcadas por historias inquietantes e inverosímiles que actualmente todavía se desconoce si fueron ciertas o no. Sin embargo, hoy en día la mayoría de los jóvenes se entretienen mirando a una pantalla, no necesitan imaginación ni tienen ese espíritu aventurero del que hacían gala los niños de antaño. Quizá se trate de una vida menos emocionante, pero sin lugar a dudas, mucho más segura.

Fue un verano de 1973 cuando sucedió la tragedia de Rosita y Luis, quienes buscando pasar un buen rato encontraron una caja polvorienta en el fondo de un baúl escondido. Jamás pensaron que este no sería como cualquier otro juego de dados

Por aquel entonces, la localidad de Tequila, en el estado de Jalisco, México, era más parecida a un pueblo de lo que es ahora y las familias eran más humildes. Rosita y Luis eran los hijos de un panadero local y nietos de un abuelo que acostumbraba a coleccionar antigüedades y objetos extraños. Era un señor agradable, aunque muy misterioso, y siempre bromeaba con perderse entre las ruinas aztecas cuando ya no le quedasen ganas de seguir viviendo. El invierno de ese mismo año, 1973, desapareció sin decir nada a nadie y ni siquiera la policía pudo encontrar rastro de él.

Durante el verano, los niños de Tequila acostumbraban a disfrutar de la libertad que les otorgaban las vacaciones de la escuela y buscaban aventuras con sus amigos, montaban en bicicleta, visitaban ríos cercanos, jugaban en las plazas y hacían todo tipo de travesuras. No obstante, este sería el primer verano en el que no estuviera el abuelo de Rosita y Luis a quien solían visitar todos los agostos a su casa de campo.

La familia dio por hecho que el anciano había cumplido su “amenaza” después de tantos años y partió a perderse entre las ruinas aztecas. Tras este aparente fallecimiento, su padre decidió que restaurarían aquella vieja propiedad y la venderían. Emprendieron un viaje que duraría un par de semanas para recoger todos los recuerdos valiosos, tirar la basura y adecentar el inmueble de cara a posibles compradores.

En aquella casa, sin el abuelo para contar historias espeluznantes, todo parecía más aburrido y oscuro. Los padres de Rosita y Luis estaban ocupados durante el día tratando con interesados en comprar la propiedad y recogiendo, limpiando y reparando todas las habitaciones.

– Me aburro, Luis – Confesó Rosita a su hermano, tirada del revés en el mullido sofá.

– Papá dijo que no podíamos salir de la casa mientras estuviéramos solos, pero no dijo nada respecto a explorar el viejo desván. ¡Seguro que hay muchos trastos viejos! – Respondió Luis meditabundo.

El chiquillo prendió con cuidado una de las velas que había en la sala de estar y se dirigieron hacia el último piso del hogar, al que se accedía a través de una escalera desplegable. Rosita se tuvo que subir a los hombros de Luis para poder alcanzarla.

Una vez dentro, la tenue iluminación de la llama revelaba objetos envueltos en telarañas y polvo, antigüedades de origen azteca, y muebles mellados por el paso de tiempo. En el interior de uno de ellos encontraron una caja que contenía dos dados y unas instrucciones en un idioma que no hablaban. El papel estaba lleno de números y símbolos extraños.

– Creo que es azteca, el abuelo siempre contaba historias de por aquel entonces. Le encantaba todo lo relacionado con las tribus – La voz de Rosita denotaba miedo.

– Pero… ¿Y cómo jugamos si no podemos entender las reglas? – Luis le pasó las instrucciones a su hermana y ésta se sumió en un incómodo silencio.

De repente, una ráfaga de viento sopló ahogando la vela que sostenía el muchacho tembloroso y quedaron totalmente a ciegas. Luis escuchó los dados rodar por el suelo y las tablas huecas de madera crujir bajo las pisadas de alguien más pesado que su hermana. Él permaneció quieto como una estatua.

– ¿Rosita? – Llamó, pero nadie contestó.

Muerto de miedo y sumido en la completa oscuridad, Luis dejó caer el candelabro y trató de encontrar de nuevo la entrada a aquella buhardilla palpando con sus manos todo lo que le salía al paso. Al principio reconoció los mismos muebles que antes, pero cuando empezó a palpar el suelo en busca de la compuerta, en lugar de tablas de madera, le parecía estar tocando hierba y lodo. Siguió tratando de ver con las palmas de sus manos, pero solo apreciaba árboles, arbustos y maleza a su alrededor. Si lo que podía percibir con el tacto era cierto, ¡se encontraba en una selva!

A partir de cierto punto, notó el comienzo de una escalera de piedra, también paredes con relieves simétricos que le inducían a pensar en los símbolos que acababa de ver en aquellos dados. Parecía el interior de una construcción azteca. Siguió palpando con sus manos hasta que notó algo blando. Era un rostro, un rostro viejo y arrugado. Recorrió el contorno de aquella cara, la barbilla, los labios, los pómulos. Era su abuelo quien yacía entre sus brazos.

Luis saltó hacia atrás de la impresión y, en aquel preciso instante, la vela se volvió a encender de nuevo. Volvía a estar en el desván de aquella vieja casa, en donde los dados parecían mirarle desde el suelo. Parecían susurrarle en aquel idioma que no comprendía.

Aquel verano de 1973, la familia vendió su propiedad, pero nunca más volvieron a saber de Rosita. Desapareció de igual forma que su abuelo, sin decir nada a nadie y sin dejar rastro. Esta es solo una historia más de cuando los niños todavía vivían aventuras.